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Edu Arding

Un cronista ocasional y distraído que mira pasar la vida y a ratos perdidos, o encontrados, se sienta a contar sus impresiones.

Sobre este blog de Sociedad

Serán cuatro letras volanderas que no llegarán muy lejos...


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  • 23
    Octubre
    2015

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    SOCIEDAD Oviedo

    De premios, princesas y alborotos

    Oviedo es una ciudad que, como tantas, ha adornado su escudo con adjetivos que hacen honor a lo mejor del carácter de sus habitantes, llevado quizás a extremos un tanto alejados de la cruda realidad de este mundo canalla en el que se nos va la vida a los mortales...

    Muy noble, muy leal, benemérita, invicta, heroica y buena, reza el cartel... No sé si será mucho, la verdad...

    El caso es que un Oviedo vibra, un año más, con los Premios Princesa de Asturias, y otro Oviedo, no sé si más numeroso o menos, grita contra esa parafernalia de las élites, aún reconociendo la labor y la significación de algunos de los premiados. Gritan y encierran su grito y su protesta en el Ayuntamiento, o sus anexos -otrora bastión inexpugnable donde imperaba el rancio protocolo con el debido respeto-, convirtiendo ese sacro recinto de la ortodoxia en cuartel general de la algarada y el alboroto, que dicen viene a ser manifestación del sentir ciudadano.

    Hay en la protesta, y en el asalto a la noble sede consistorial, un regusto que amarga sobremanera el paladar de lo que se ha dado en llamar la buena sociedad ovetense y hace torcer el gesto con disgusto, enojo y repugnancia a jóvenes y mayores, entre los que circula soto vocce el runrún de que el alcalde y los munícipes principales, tantas veces confesos de populismos varios, han mirado hacia otro lado en la invasión. Y hay, también, en el otro plato de la balanza que pesa el sentir del ciudadano, muchos que aplauden ese gesto y los que vengan...

    Lo de siempre, dos Españas, dos Asturias, dos Oviedos... En fin, el Presidente del Principado sostiene que los Premios Princesa son un intangible de especialísima importancia para la ciudad y para la Comunidad, antes llamada región; y unos cuantos individuos, erigidos en plataforma ciudadana, predican que ya le vale a esta gente guapa de financiar con dinero público fastos para VIP.

    Este cronista ocasional, que reconoce cierto desapego y algún hartazgo de estas ceremonias, tal vez debido a las dosis más que a los ingredientes, tiene necesariamente que reconocer también -y así lo hace en este billete de reconocimientos íntimos- que todas las comunidades han necesitado, a lo largo del tiempo, un día a la semana para descansar, a todo obrero le ha venido bien tener un traje para cambiar de aspecto los domingos, todos los pueblos han tenido un teatro o un cine para mirar un poco afuera, y que el hombre, en fin, necesita mirar de vez en cuando a un escenario, aunque no piense nunca en subirse a él, pero conviene que sepa que hay otros mundos, otras formas de vida, otras posibilidades para que quien quiera, y tenga recursos y suerte, pueda intentar el vuelo. Cerrar los escenarios y quemar las sastrerías es reaccionario, hágalo Agamenón o su porquero. Basta con elegir otra alternativa para pasar el tiempo...

     

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