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Edu Arding

Un cronista ocasional y distraído que mira pasar la vida y a ratos perdidos, o encontrados, se sienta a contar sus impresiones.

Sobre este blog de Sociedad

Serán cuatro letras volanderas que no llegarán muy lejos...


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  • 07
    Enero
    2012

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    De príncipes: de antes y de ahora

     

    Quiso el azar, que siempre impone su capricho a los humanos, que este tiempo, indeciso de clima, y fronterizo entre años, pillara a este cronista ocasional con las manos enredadas en dos libros de épocas distintas y distantes. Uno, es compañía antigua, los años han dejado en sus hojas constancia de su paso, al igual que en las manos que ahora lo han rescatado del rincón perdido de un estante. El otro, por el contrario, huele a nuevo y sus páginas tienen la rumorosidad y el vigor del papel joven. Son “El príncipe”, de Maquiavelo y “El precio del trono”, de Pilar Urbano. Un pasado lejano y otro, mucho más próximo coquetean entre sí, proponiendo y exponiendo dos formas bien distintas de empuñar cetros y ceñir coronas.
    En las páginas que amarillean por los bordes, se sostiene que todo príncipe viene obligado a descubrir a tiempo los males de su estado, y a curarlos enseguida, antes de que crezcan hasta el punto de que todo el mundo los vea, pues entonces ya no tendrán remedio; y que jamás debe dejar que un desorden siga su curso, ni siquiera para evitar una guerra, pues toda postergación ha de redundar siempre en perjuicio propio.   
    Por el contrario, entre las páginas más blancas y turgentes, que cuentan secretos a voces de tiempos más recientes, se traslucen príncipes cautos y pasivos, unos más que otros, que dejando cocerse los males en el jugo de presentes dilatados de silencios y quietudes, esperan llegar hasta las mismas puertas de futuros inciertos.
    Esta confrontación, entre las debidas formas de proceder de un príncipe, se ofrece ante el lector, que puede erigirse en juez de la contienda y dar o quitar razones a su antojo, en el reino inviolable de su casa, sentado en el trono de leer, que nadie le disputa y puede disfrutar a su albedrío. Pero como no se puede atar la imaginación al texto, en este punto se escapa a un presente inmediato poblado de tantas amarguras para un príncipe real en un estado bien próximo, un presente aún no recogido en ningún libro pero que dará sin duda para varios. Y este juez sin juzgado, desprovisto de toga y de mazo, lector desordenado y corresponsal ocasional de nadie, se siente inclinado de dictar su sentencia en favor de las tesis recogidas en las páginas sepias que huelen a humedades añejas bien guardadas: tal vez hubiera sido preferible erradicar el mal a tiempo, antes de que todo el mundo se enterara, a dejar que los problemas se cocinaran con el caldo espeso de la espera indecisa. Si es que en realidad fue así, como nos lo están contando los notarios virtuales de este principado…
    En fin, ese es el gran privilegio de viajar por la vida con algunos libros en el baúl y el recuerdo bien atado a la memoria, para que no se nos pierda en cualquier estación o apeadero: ver interactuar al presente de más rabiosa actualidad con un pasado remoto… pero quizás no tan lejano.

     

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