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Mirando pasar la vida
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Edu Arding

Un cronista ocasional y distraído que mira pasar la vida y a ratos perdidos, o encontrados, se sienta a contar sus impresiones.

Sobre este blog de Sociedad

Serán cuatro letras volanderas que no llegarán muy lejos...


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  • 20
    Agosto
    2013

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    Fenómeno Barsa

     Como tantos niños de aquel tiempo, el cronista ocasional que rellena este billete tuvo su tiempo de adhesiones sin causa ni motivo y una de ellas fue el Barsa. Existía entonces, como ahora, una polaridad bien marcada en los patios, parques y descampados donde se libraban largas batallas incruentas (o no del todo…): unos eran blancos y otros, azulgranas; aunque la adscripción a esos colores era virtual pues nadie tenía equipaciones de los clubs de sus amores.

    El tiempo se encargó de atemperar fervores y muchos años después, este domingo pasado, acudí al Camp Nou para ver en vivo lo que nunca había visto y para comprobar si en la mirada de mi hijo, con las mismas adhesiones futboleras pero aún sin pasar por el tamiz de los años, se dibujaba la emoción de ese sentimiento inexplicable.

    El día había amanecido abrazado al sol, que iba dejando en las calles de Barcelona un calor de justicia y un bochorno de respeto, la mañana se fue estirando hacia la tarde, que llegó sin retraso y siguió su curso hacia las siete en punto, hora de comienzo del partido en que el equipo local iba a dar cuenta del modesto Levante, que acudía como víctima propiciatoria al templo del tiki taka. La ciudad era un crisol de gentes de etnias muy distintas, que hablaban en voz alta decenas de lenguas, pero que muy mayoritariamente llevaban en su indumentaria símbolos y prendas de este Barsa, catalán e internacional en proporción variable y discontinua, según el criterio establecido por la inteligencia que lo dirige y gestiona.

    La liturgia empezó mucho antes del fútbol y ambas cosas rayaron a gran altura. No sé si fueron las cerca de cien mil gargantas quienes consiguieron hacer despegar del suelo a los once chicos vestidos de azulgrana, que se hicieron grandes en el juego a la vez que sus rivales se iban haciendo pequeñitos, o fueron ellos quienes despertaron la pasión de los espectadores, que se entregaron a su juego de forma total, absoluta, atronadora e incondicional. En cualquier caso, impresionante… Hasta mi mujer, cuyas adhesiones infantiles nunca giraron en torno a la pelota, se sumó enseguida a la inmensa formación coral del graderío. El chaval ya venía sumado de antemano…

     

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