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Mirando pasar la vida
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Edu Arding

Un cronista ocasional y distraído que mira pasar la vida y a ratos perdidos, o encontrados, se sienta a contar sus impresiones.

Sobre este blog de Sociedad

Serán cuatro letras volanderas que no llegarán muy lejos...


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  • 05
    Enero
    2012

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    Gremios

     

    Mientras desayuno se me queja amargamente una maestra madrileña de que ya está cansada de que los funcionarios sean los paganini de los desbarajustes económicos que hacen los políticos y los grandes financieros. Que a ella nadie le regaló nada, que tiene un trabajo, al que accedió tras cursar estudios y superar oposiciones, por el que recibe un salario más bien justito, y que ya está bien de hacerla pagar a ella la cuenta de la crisis. Apago la radio y salgo a dar una vuelta. Luce un sol espléndido y distante que acaricia la piel sin apretarla, la mañana es hermosa, y más lo será aún la tarde para los que todavía no han perdido la inocencia. Pensando en aquellas tardes, tan lejanas, ya colgadas del tiempo tan arriba que casi no las alcanza la memoria, voy caminando, sonriendo a enero primerizo.
    Por la calle encuentro a un conocido que se dedica al transporte, le pregunto qué tal anda, y rápidamente me relaciona una serie de circunstancias que configuran un panorama dantesco para el sector: la reducción de la carga de trabajo, el coste de mantenimiento del vehículo, los precios del combustible, las multas de tráfico y esa maldita hernia discal que tiene por llevar tantos años al volante. El presente es horrible y el porvenir no lo veo, me dice. Me quedo con mal cuerpo, mientras lo veo alejarse y subir a un flamante y elegante coche que me había llamado la atención mientras hablábamos.
    Un poco más adelante, paro en un bar a tomarme un café y coincido con un amigo que tiene una tienda. Me invita, y me da el parte de desastres que se avecinan para el sector del comercio: menos ventas y menos margen en todas ellas, costes más altos y más impuestos, competencias desleales, horizonte cierre, futuro negro negrísimo. Después me cuenta el viaje que acaba de realizar con su familia, en esas peligrosas condiciones del todo incluido, donde siempre se come más de lo debido y se bebe más de lo que el cuerpo aguanta. Justo en ese momento se nos acopla el dueño del bar, diciendo que de ésta, la hostelería no sale, que ya lleva en el suelo desde hace tiempo y que ahora se está enclavando cada día más, que no hay futuro. Al fondo, en el restaurante se ven casi todas las mesas con el cartelito de “reservada”.
    Salgo pensativo. El pulso de nuestra sociedad late demasiado acelerado y la temperatura está empezando a subir, eso es indudable. Pero por mucho que midamos cada doce horas las constantes vitales de nuestro gremio, no van a normalizarse. Hace falta alguna terapia. Entre otras, cohesión social, entendimiento entre sectores, reconocimiento del valor de lo que aportan y padecen otros, voluntad y disposición a trabajar en lo propio, más si cabe, y confiar en el gobierno, que no está ahí por casualidad, ni por oposición, sino por sufragio libre y universal. Y esto obliga a todos: a quienes debemos obedecer y a quienes tienen la potestad de mandar. De que todos sepamos cumplir con esmero, eficacia y contención nuestro cometido, dependerá ese futuro que ya tantos niegan, incluso antes de haber terminado el pasado.     
    Me temo que estamos demostrando más disposición a enumerar y describir los problemas que a encarar resueltamente su solución. En fin, iba a pasar por el oculista, pues llevo un montón de revisiones atrasadas y los cristales de las gafas pasan más tiempo en mi cabeza que delante de los ojos, pero decido esperar a una ocasión mejor, porque seguro que me cuenta el desbarajuste de la sanidad pública y la ruina hacia la que camina la privada. Mejor me vuelvo a casa y salgo a dar un buen paseo por el monte con mi perro, que sabe como nadie apurar hasta el hueso los presentes.
    Que M, G y B nos sean propicios…

     

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