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Edu Arding

Un cronista ocasional y distraído que mira pasar la vida y a ratos perdidos, o encontrados, se sienta a contar sus impresiones.

Sobre este blog de Sociedad

Serán cuatro letras volanderas que no llegarán muy lejos...


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  • 19
    Octubre
    2011

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    Groucho y el tigre

     

    Dos amigos caminaban relajadamente por el parque. El sol lucía tímido en una fría mañana de invierno. Hacía años que no se veían y disfrutaban de esa sensación tan agradable de saberse con tiempo suficiente para hablar de todo lo que pueda alcanzar el recuerdo. Poco a poco, paso a paso, fueron adentrándose en una zona umbría, donde los árboles de una margen del paseo rozaban con sus ramas más exteriores a las de los árboles del lado contrario, formando una especie de arcos de medio punto, imperfectos y bellísimos, por los que la luz se filtraba para dibujar el aire.
    De repente ven venir hacia ellos, en alocado galope, un enorme tigre, que generaba a su alrededor, una gran confusión de gritos y carreras. Uno de los amigos emprende la huída a toda velocidad, pero el otro permanece impasible sin apartar su mirada del felino. Cuando estaba a punto de saltar sobre él, el tigre cae abatido por los efectos de un dardo anestésico que su cuidador le había disparado. Al parecer se había escapado de un circo instalado en una zona próxima del parque.
    Poco a poco comienza a arremolinarse mucha gente en torno al tigre, inerme, y a los empleados del circo que respiran aliviados. Los dos amigos se reúnen, y el que huyó le pregunta al que permaneció inmóvil la razón de no haber escapado. Éste contesta que no es tan ingenuo como para pretender correr más que un tigre. El otro le mira detenidamente y responde que, por su parte, solo esperaba seguir corriendo más que él.
    Un rictus de incomodidad parece dibujarse en la cara del amigo que quiso ir de filósofo, tal vez como terapia de haber pasado tanto miedo. Pero enseguida pasa. Y siente cómo el sol de invierno, filtrado en verde, le calienta la cara; y nota que en su boca se dibuja una sonrisa; y le dice al otro:
    -Venga ya, dímelo Groucho
    El de los pies ligeros, echándole un brazo por encima del hombro, replica intentando contener la risa:
    -Es preferible parecer tonto por estar callado, a despejar cualquier tipo de duda por querer hacerse el listo.
    Siguieron caminando por una senda más estrecha y apartada, pisando sobre una alfombra de hojas que entonaban en silencio una triste canción de despedida. La voz de los amigos sonaba fuerte y su risa, franca y contagiosa. Los árboles, que les contemplaban desde arriba, pudieron recordar sin gran esfuerzo a dos muchachos que solían pasar por allí hacía ya muchos años.
    Hay muchos tigres agazapados en la espesura de la vida que se comen el sosiego de los hombres. No hay mejor arma que la amistad sincera ni mejor munición que el humor para defenderse de ellos.

     

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