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Edu Arding

Un cronista ocasional y distraído que mira pasar la vida y a ratos perdidos, o encontrados, se sienta a contar sus impresiones.

Sobre este blog de Sociedad

Serán cuatro letras volanderas que no llegarán muy lejos...


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  • 19
    Marzo
    2014

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    Independencia y Decencia… en el Día del Padre

     

    Hay un padre en la Puebla de Arganzón que hoy no va a celebrar su día. A su pequeña se la llevó una varicela. Las causas de esta muerte hay que buscarlas en dos frentes: el virus, traicionero, y la gestión de los recursos sanitarios públicos, estúpida y caótica.
    Él, el padre, vive con su familia en Treviño, que es un territorio castellano incrustado en Álava, por mor de una extraña carambola entre un tiempo remoto, de batallas y conquistas, y otro más reciente, de pactos y cesiones. Él, el hombre, seguramente era consciente de esta circunstancia, pero probablemente no le quitaba el sueño, porque hay que estar muy despierto para sacar la familia hacia delante hoy día…
    El caso es que su niña, Anne, de tres añitos, se puso mala. Varicela. Nada grave, le dirían en el Hospital de Álava, al que la llevó por cercanía a su domicilio. Antitérmicos, higiene de la piel con agua jabonosa, alguna crema o loción, un antihistamínico si tiene mucho picor, paracetamol si tiene dolor, y a casa. Lo correcto. Lo normal. Supongo…
    Pero en casa la niña empeoró, y su madre se asustó y llamó a Emergencias. Su madre, la mujer, creía que vivía en un país en el que esta contingencia estaba sobradamente cubierta. Viven en España, en el primer mundo, con unos medios e infraestructuras sanitarias que permiten a una madre pedir una ambulancia cuando a su hijita se la come la fiebre… Pero no. Una voz desde ese teléfono le dijo que no; que llamase a la ambulancia del lugar que le correspondía administrativamente. La madre sabía que ese lugar, Miranda de Ebro, estaba muchísimo más lejos que el Hospital de Álava y temía que, cuando la ambulancia llegase, ya fuese tarde. Por eso llamó a su marido, que abandonó su trabajo y corrió a casa para llevar a su hijita al Hospital. Y la llevó; pero unas horas más tarde, la niña fallecía.
    Ahora muchos llevarán el dolor de esta familia a su molino para defender intereses que nada tienen que ver con una vida perdida apenas comenzada. Es un asunto que respira dolor por muchos costados, y sobre la base del dolor se edifican muy bien torres de demagogia. Unos señalarán la negligencia y la insensibilidad del Sistema de Emergencias. Otros lo defenderán y apuntarán al despropósito de un enclave, perteneciente administrativamente a Castilla, situado en medio de Álava… Ya lo han hecho destacados líderes del PNV que afirmaron que no se habría producido esa desgracia si Treviño estuviese integrado en Álava. Es mucho decir, porque ni siquiera los dirigentes del nacionalismo vasco pueden dibujar caminos paralelos en el tiempo… Y, además, el argumento que vale para quitar la pequeña frontera de Treviño, vale también para quitar la frontera grande de Euskadi, y de paso cualquier otra frontera que separe a gentes que han nacido en la misma nación y deben tener los mismos derechos.
    Y hablando de fronteras, uno siempre ha creído que las “marcas” en la tierra las han puesto los reyes de un tiempo antiguo, por la fuerza de las armas, para delimitar sus posesiones, y en ello han empeñado sin medida las vidas y haciendas de sus súbditos, aunque para la inmensa mayoría de éstos igual les daba quela raya estuviera más allá o más acá, o no estuviera…  Es curioso que tantos años después, cuando los reyes no son tan reyes ni los vasallos somos tan vasallos, persista en tantos, tanta afición a las fronteras… En cualquier caso, nada peor para la ciudadanía que las fronteras de cartón-piedra, porque pueden llamar a engaño… O sin fronteras, o con ellas, pero a todos los efectos. Que el ciudadano sepa dónde empieza el extranjero. Que no se imponga la convivencia forzada en una patria a la que la ciudadanía detesta, pero que tampoco se permita la especulación de unas élites con nostalgias sacadas de historias, leyendas y mentiras, para vender humo tras el que maquinar negocios privadísimos. Que a nadie asuste la independencia... Debería asustarnos mucho más la indecencia.
    En fin… Lo cierto es que al dolor de la pérdida, hay que sumar el agobio de la rabia. Y con una cosa y la otra habrá de vivir esa familia, a la que desde estas líneas, que no leerán, este cronista ocasional adjunta sincero testimonio de solidaridad.

     

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