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Edu Arding

Un cronista ocasional y distraído que mira pasar la vida y a ratos perdidos, o encontrados, se sienta a contar sus impresiones.

Sobre este blog de Sociedad

Serán cuatro letras volanderas que no llegarán muy lejos...


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  • 20
    Marzo
    2015

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    SOCIEDAD Oviedo

    La Copa del Rey y los reyes de copas

    Hoy es viernes, 20 de un marzo como tantos marzos, a la hora del eclipse total de un sol ausente, como suele, de estas tierras de la Asturias central, la que se extiende en una gran llanura verde, guardada siempre por montañas totémicas, cercanas, a pocos palmos de un cielo plomizo, revestido de algodón de nubes que rezuman agua y nos ocultan todo vestigio del sol y de su eclipse. No. No vemos los eclipses, ni los repuntes de una economía moribunda, como dicen algunos que se ven en otras tierras: el sol aquí anda ausente, casi siempre; y los brotes verdes son de vegetación, que prometen un frugal sustento a los ganados, más que una mejora sostenida en los ingresos de quienes los crían y quienes los consumen...

    En fin... consuélense aquellos, guiados por esos medios de comunicación que tanta paja comunican, que se lamentan de no haber podido ver el dichoso eclipse del sol a costa de la luna. Piensen que, en realidad, aquí lo vemos muchos días, eclipsado por esas nubes que nos borran hasta la cumbre de los montes bajos...

    Por otra parte, el mundo sigue sin detener su paso hacia un destino oscuro. La vida vale nada en demasiados sitios y lugares del planeta. Pululan los apóstoles de dioses que bendicen la muerte, la tortura y el martirio; dioses de otro tiempo que saben penetrar en el corazón de muchos hombres y mujeres de ahora; dioses que siempre han estado ahí, agazapados, esperando el momento propicio para mandar sacar sus estandartes ante millones de potenciales fieles, abandonados hace siglos de toda esperanza de vivir el tiempo que les toca... Sólo cerrando las ventanas al mundo podemos compadecernos de nosotros mismos. Y sólo abriendo esas ventanas podremos encontrar consuelo a las miserias propias y domésticas; y, a lo mejor, quizás, alguna vía de solución a algún problema...

    Mirando hacia dentro, vemos cierto revuelo en nuestro patio... Casi ningún ciudadano, amigo de frecuentar plazas, tertulias o tabernas, ha podido abstraerse del asunto de la dichosa sede donde disputar la Copa del Rey de España en el deporte llamado, precisamente, rey...

    Hay opinantes que defienden apasionadamente el derecho del público a pitar y abuchear los símbolos de la Nación Española y al Jefe de su Estado, y exigen ejercer ese derecho en Madrid, capital del reino, y en el Bernabéu, un foro donde la algarada tendría especialísima resonancia...

    Hay otros, que abominan de esa conducta ofensiva para los símbolos de la patria, de un estado de derecho, de una nación democrática desde hace más años de los que tienen muchos de los que opinan, y argumentan con palabras que compusieron cantares de gestas ya olvidados...

    Lo cierto es que en democracia no puede valer todo. La libertad no puede interpretarse como que cada cual haga lo que le venga en gana. La igualdad no puede significar poder ser igual de brutos, de mezquinos y de intolerantes. Para ser libres es necesario, antes, ser personas. Y a ser posible, educadas y respetuosas, con lo cual se evitaría toda esta parafernalia, cogida de los pelos del absurdo... Pero lamentablemente hay energúmenos que ejercen lo que ellos interpretan como “su” libertad, lesionando gravemente los derechos del vecino...

    Por eso la ley debe prever situaciones y las fuerzas del orden, canalizar comportamientos. No es de recibo celebrar un acontecimiento deportivo que acapara la atención de todo el planeta, y abrirlo con un acto de escarnio al rey de España y a la bandera nacional, allí presentes, y a millones de españoles pegados a los televisores. Son los símbolos oficiales de una nación, con problemas que a los naturales nos parecen enormes, cierto, pero que parecerían minúsculos a mucho más de medio planeta. Sería bueno dejar de mirarnos tanto el ombligo. Y dejar de hacer el ridículo mundial, convirtiendo una fiesta del deporte en una muestra de intolerancia, mal gusto y falta de civismo. No hay ninguna libertad, ni ningún derecho identitario que defender en la grada del campo donde se juegue la final de la Copa del Rey, ni desde otros puntos alejados. Ante el Rey y el himno caben dos posturas: aplauso o silencio. No cabe imponer adhesiones inquebrantables, exigiendo aclamación y entusiasmo, ni permitir befa, burla o insulto. El silencio también se entiende, se oye y se interpreta. Y resulta más digno que el burdo pitorreo. No hay fiesta tras la ofensa, ni en el deporte cabe un prolegómeno de agravio y descortesía. Eso, en ningún sitio, pero en todo caso, fuera del fútbol, fuera del deporte...

    El cronista ocasional que rellena este billete adelanta que no ha sido nunca amigo de saludar banderas, ni entusiasta de músicas militares, pero viene a entender que lo cortés no quita lo valiente, por lo que si tuviera algo que disponer en este asunto, dispondría:

    -      Que los presidentes de los dos clubes finalistas trabajasen con sus aficiones los conceptos de deporte, tolerancia, civismo y educación, e hiciesen lo posible por conducir sus autobuses hacia la estación de la concordia, en vez de dejarlos ir al estrelladero del alboroto y de la vergüenza, aunque este último trayecto resulte divertido a tantos y rentable a algunos...

    -      Que se advierta a los ciudadanos que acudan al evento sobre la responsabilidad administrativa y penal en la que pueden incurrir por agravio público y premeditado a los símbolos del Estado...

    -      Que se eligiese un campo para celebrar la final donde las fuerzas del orden estén en disposición de hacer cumplir la ley y las normas, con los menores efectos secundarios posibles...

    En caso de no resultar viables o aceptables estos planteamientos solo cabrían dos opciones:

    -      Celebrar la final a puerta cerrada

    -      Celebrarla sin Himno ni Rey.

    Cualquier solución sería mejor que la que puede llevar a un escenario en la que España ofrezca la imagen de un país sempiternamente sumido en el exceso, con miles de reyes de copas insultando a un rey constitucional, Jefe del Estado Español, que preside la final de su Copa. Si la ciudadanía pide un cambio, que lo pide, para acabar con la corrupción y las mafias encriptadas en tantas instituciones, acabemos con éstas que se aprovechan de la música del fútbol para cantar sus milongas y montar sus belenes. Ya les vale...

     

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