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Mirando pasar la vida
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Blog Mirando pasar la vida - Edu Arding

Edu Arding

Un cronista ocasional y distraído que mira pasar la vida y a ratos perdidos, o encontrados, se sienta a contar sus impresiones.

Sobre este blog de Sociedad

Serán cuatro letras volanderas que no llegarán muy lejos...


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  • 14
    Enero
    2012

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    La Procesión

     

    Una de estas mañanas del enero frío y luminoso que nos toca sufrir o disfrutar, según se mire, andaba este cronista ocasional, muy bien acompañado de su perro, correteando el monte por un paraje solitario y hermoso de esta tierra, aunque tristemente sustraído de robles, hayedos y castaños, sustituidos, no sé si para siempre, por deslucidas matas de eucaliptos.
    Cogimos hacia abajo una ladera y calamos a una carretera comarcal estrecha y escoltada, a ambos lados, por tupidas arboledas que dibujaban filigranas de luz en el asfalto. De trecho en trecho la espesura clareaba en prados bien cerrados, en los que pastaban pequeños rebaños de ovejas, guardadas celosamente por atentos mastines. De vez en cuando, en la ladera solana, resguardado de vientos y apartado de antiguas torrenteras, con la fachada encendida por la luz del mediodía, se veía un caserío blanco y humeante, siempre con el hórreo compañero.
    Traspuesto un recodo, observo en el asfalto una serie de líneas paralelas que lo cruzan de izquierda a derecha, llegando aproximadamente a la mitad. Según me voy acercando, percibo que se mueven, y ya un poco más cerca, veo que son procesionarias del pino, que siguiendo un impulso pegado a su ADN reptan desde un pequeño pinar hacia el lado contrario, donde una sebe delimita una buena extensión de pradería. Son siete u ocho filas que cruzan paralelas el asfalto, a un metro aproximadamente una de otra. Al pasar, el perro pisa a dos individuos de una fila, descomponiendo ésta. Inmediatamente cesa el movimiento en toda ella: han resultado afectadas la segunda y la tercera unidad; la primera, permanece inmóvil tras dejar de sentir el contacto de la segunda, y ésta y la compañera que la sigue se retuercen por el pisotón del bruto que les ha pasado por encima. La cuarta, tras un instante de duda comienza a moverse buscando el contacto con una compañera y encuentra a la tercera, la empuja, parece que la anima y le transfiere una dosis de energía que la revive y la incorpora a la fila, y comienza a moverse, cabecera de todas, en busca de la segunda, la más afectada, la que parece muerta, que hecha un ovillo, no quiere responder a los estímulos. Pero la fila empuja y comunica, y consigue que la moribunda recupere. Se estira poco a poco, coloca su cola delante de la cabeza de la de atrás y busca con la suya, la cola de la primitiva capitana que ha esperado en su sitio. Contactan y siguen su camino, perpetuando el rito que a su especie le corresponde oficiar en la gran ceremonia de la vida.
    Yo continúo la marcha con mi perro, procurando que no vuelva a causar estropicio en las filas siguientes, y me distraigo pensando en ese impulso admirable y misterioso que lleva a los animales a completar las etapas que tienen marcadas en su libro de ruta, venciendo cuantas dificultades encuentren a su paso. Pero de repente aparece, saliendo de una curva, una furgoneta que se acerca hacia nosotros, nos sobrepasa y sigue renqueante carretera arriba. La mayoría de las orugas no va a poder superar esa dificultad, me temo; su procesión acabará en pasión antes de tiempo. Prosigo mi camino con mal cuerpo.  
    Ya sé que la vida en el planeta se perpetúa en sucesiones infinitas de nacimientos y muertes; y que la Tierra no aplaude la vida ni llora la muerte, sino que simplemente las arropa a ambas; y que nosotros, los hombres, no somos más que trazos en el gran dibujo de la vida, aunque a veces nos creamos sus autores. Y que no se debe observar la naturaleza con esa mirada humana sensiblera. Y, además, creo recordar que esas orugas son muy perjudiciales para el pinar. Vale; ya lo sé, pero así y todo, durante un rato, caminé acompañado de la pena.
    Quiero contarlo aquí, en este billete de letras volanderas mal unidas, mirador del paso de la vida; quiero que quede reflejada esta pequeña historia de unas orugas que no llegarán nunca a mariposas, porque su marcha fue aplastada una mañana de enero en que su instinto las impulsó a cruzar una carretera perdida en un paraje remoto de un trozo de tierra llamado Asturias, una tierra situada entre un mar que la acaricia, o la asusta, y una inmensa mole montañosa que la resguarda, o la arrincona. En ella vive un pueblo que se mira en el espejo de la actualidad y sigue viendo la eterna y cansina pelea entre sus hombres principales, una pelea que tiende al infinito en la que no habrá vencedor, sino cansancio y desgobierno. Una tierra que mira a España y ve allá abajo en el Sur a una familia  que ha recibido una sentencia para seguir llorando: aún no les han entregado el cuerpo de la niña y se van de rositas algunos contagiados de asesinato, violación, secuestro, ocultación de cuerpo y falsedad. Una tierra que siente a quien gobierna España decir que sabe bien lo que hay que hacer para crecer, mientras que lo que le ve hacer es rebajar el bienestar de sus hijos. Y si mira más allá, hacia Europa, solo ve anuncios de recesión en 2012. Mal pinta el año para Asturias, parece escucharse el runrún de una furgoneta en lontananza…

     

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