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Mirando pasar la vida
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Edu Arding

Un cronista ocasional y distraído que mira pasar la vida y a ratos perdidos, o encontrados, se sienta a contar sus impresiones.

Sobre este blog de Sociedad

Serán cuatro letras volanderas que no llegarán muy lejos...


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  • 19
    Marzo
    2012

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    Llueve...

     

     

    Hoy lunes, día del padre, como me acaban de recordar una palabra, una sonrisa, un beso, hay batalla en el cielo: el sol pugna por disolver una cerrada formación de nubes, que de repente y ganándole la espalda, descargan en la tierra su legado de lluvia. Unas gotas atrevidas, que viajan en el viento, salpican los cristales tras los que puedo ver esta contienda entre la luz y el agua. Yo también me acuerdo de mi padre, y le felicito el día en un abrazo que sigue la dirección de la tormenta; y me acuerdo también de aquella lluvia que veía caer de niño en aquel mundo, que era otro mundo, sin duda, y otra lluvia…
    Dicen que ahora llueve menos y seguramente será cierto. Todos los años escucho decir lo mismo o lo contrario, y en algunas ocasiones las dos cosas en el plazo de unos días, pues el hombre ha maldecido siempre al tiempo porque nunca ha sido capaz de controlarlo.  
    Yo no sé ciertamente cuánto habrá llovido menos que otros años, pero sostengo que lleva años lloviendo diferente. En esta tierra, en la que ya bien podría haberme ganado una medalla, si las dieran por dejarse resbalar por la existencia, he visto llover suave y pausadamente durante largos períodos de tiempo, con la monótona cadencia de un goteo fino y persistente, he pasado muchas horas de infancia asomado a la ventana, absorto, como ido, contemplando ese orbayu que llegaba discreto y se agarraba a las horas del día y de la noche, durando y perdurando, acariciando el paisaje y tiñendo de gris oscuro el horizonte.
    Ahora llueve más aprisa y más fuerte; como si la lluvia tuviera apremio por partir hacia otros valles y otros montes, y quisiera dejarnos su recado en poco tiempo, casi de cualquier manera. Y a la tierra, que no está acostumbrada a esta entrega de urgencia, no le aprovecha el agua, que más que como caricia, llega como bofetada.
     No, ya no llueve como antes en Asturias. Y los niños, que aún no tienen esa prisa por llegar a ningún sitio que adquirirán según vayan creciendo y pueden perder el tiempo mirando tranquilamente al cielo, no pueden ver llover como llovía. Menos mal que el gran Camilo sí lo vio, en un valle primo hermano de los nuestros, y lo dejó escrito en su Mazurca: Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida, llueve sobre la tierra que es del mismo color del cielo, entre blando verde y blando gris ceniciento…
    Siempre podrán leerlo nuestros niños y así sentir, casi, la humedad, la quietud y la monotonía que vienen de la mano del orbayu, pero ojalá volviera a llover así por esta parte del mundo, para que puedan verlo, sentirlo por completo y poder contarlo en su momento.

     

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