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Edu Arding

Un cronista ocasional y distraído que mira pasar la vida y a ratos perdidos, o encontrados, se sienta a contar sus impresiones.

Sobre este blog de Sociedad

Serán cuatro letras volanderas que no llegarán muy lejos...


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  • 16
    Noviembre
    2014

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    Los derechos de Imran

     Imran era un niño de dos años, hijo de una mujer marroquí que vivía en Oviedo con un hombre de nacionalidad española. Ha trascendido que este sujeto era toxicómano, maltratador y ladrón, y que un día llego a casa "muy puesto" de drogas y alcohol, y empezó a gritar y romper cosas porque su mujer no le daba más dinero para seguir en sus paraísos paralelos. Ella, Fadila se llama, le tenía miedo porque él, David de nombre, era una mala bestia que ya les había pegado muchas veces a ella y al niño, el inocente... Entonces dice Fadila que escapó de casa, dejando al niño con la bestia desatada.

    No se sabe bien a dónde fue la tal Fadila, huyendo de su hombre y dimitiendo de su hijito, pero cuenta que cuando volvió al hogar, no estaba el niño y el tal David le dijo que lo había llevado a Galicia, con la hermana de él... (?)... Ella dice que lo creyó, aunque sus vecinos sostienen que a ellos les dijeron que el niño estaba en Andalucía, con la familia de ella... Lo cierto es que, de repente, la pareja emprendió una huida urgente, abandonando el trabajo, sin dinero ni destino, ocultando su identidad, prostituyéndose para subsistir de cualquier manera.
    Al final, se entregan y confiesan. Él, que había matado al niño al que sabrá Dios porqué había elegido, desde hacía tiempo, como blanco de sus golpes; tantos, y tan fuertes, que el infeliz presentaba una fractura de fémur antigua, por la que nadie lo había llevado al médico, con lo que duele este tipo de lesión... También presentaba estallidos de vísceras, múltiples fracturas y fuertes contusiones que le habían producido una muerte, que tal vez fue un descanso para el pobrecito. En fin, lo que en expresión forense se puede resumir en "un cadáver muy castigado". Un cadáver que fue metido en una maleta y tirado en un paraje apartado, junto a la vía de un tren.
    Ella dice que no sabía nada, que es inocente de toda inocencia...
    Ahora empieza el proceso judicial y ya el abogado del turno de oficio que correspondió al asesino confeso en el momento de su detención, amparado por el decano de su colegio profesional, ha madrugado para denunciar que no se han respetado los derechos de defensa del detenido; que no se le había permitido insistirle al asesino confeso que era mejor que no declarase, que tenía derecho a guardar silencio; que aunque la policía le había leído sus derechos, no se le había facilitado a él la oportunidad de abundar sobre ello y aleccionar al detenido...
    Estos abogados seguramente harán su trabajo de buena fe. Seguramente creerán firmemente en el espíritu de la letra de una ley de la que viven, y por eso están tan listos a defender los derechos del crimen... Pero los derechos de Imran no los defendió nadie en vida. Su madre lo abandonó a su desgracia y consintió en su martirio, y no sé si tendrá padre...  Pero lo que sí debe tener es justicia. Una justicia implacable, más implacable aún que la saña que su asesino puso en amargarle y arrebatarle una vida apenas iniciada. Una justicia no distraída, ni mareada, por tecnicismos ni amaños. Una justicia pronta que no se pierda en el tiempo. Una justicia que no permita abrir puertas a eximentes, disculpas, ni redenciones de penas... Justicia para la víctima. Justicia para el inocente. Condena para los culpables.

     

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