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Edu Arding

Un cronista ocasional y distraído que mira pasar la vida y a ratos perdidos, o encontrados, se sienta a contar sus impresiones.

Sobre este blog de Sociedad

Serán cuatro letras volanderas que no llegarán muy lejos...


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  • 02
    Noviembre
    2014

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    Macrotrampas

    Si pidiésemos a un grupo de ciudadanos, escogidos al azar, que enumerasen los tres problemas más gordos del momento, seguramente el paro figuraría en el primer lugar en la mayoría de las contestaciones. En el segundo y tercer lugar, lo harían el independentismo y la corrupción, aunque puede que en orden inverso...
    Si le preguntasen al cronista ocasional que firma este billete, cuál de los tres habría que abordar primero, contestaría sin dudarlo que la corrupción, pues solucionado éste, los otros entrarían por sí mismos en vías de solución...
    A muchos españoles se nos viene el futuro encima todas las semanas, por el derrumbamiento de un presente que cede ante el peso de nuevas corruptelas. En realidad se trata de un nuevo capítulo del mismo libro; un libro gordo, tan gordo que intuimos que, habiendo leído tanto ya, aún no hemos llegado ni siquiera a la mitad; un libro cuya lectura nos reblandece el sentimiento de pertenencia al país, nos despega poco a poco de él porque, aunque nos siga enamorando su paisaje, nos avergüenza su paisanaje, y eso duele...
    Pero, a pesar de todo, y con gran esfuerzo, muchos queremos agarrarnos a un cabo que quizás esté amarrado a tierra firme, y pensamos que, si la sociedad es capaz de cambiar la dinámica de aplaudir al dinero y empieza a aplaudir al mérito, y pone en valor el ser sobre el aparentar, habremos dado un paso importante para, en un futuro, ser un país del que los naturales no tengamos que sentir vergüenza o compasión.
     
    Muy recientemente, en un día de montaña y camaradería de la buena, tuve la ocasión de contemplar en vivo, y de pasada, una construcción enorme, desproporcionada para su entorno, su enclave y su cometido, de la que ya tenía referencia, pues anda en los papeles que cuentan los trampeos de esta casta de tahures que juegan, con recursos públicos, partidas en la que tanto ganan a costa de la menguada banca del común. Me refiero al famoso macro geriátrico de Felechosa, perteneciente al Montepío de la Minería. Da grima pensar en cómo se pudo convencer a gente razonable de la idoneidad de construir un edificio tan grande en un sitio tan pequeño, tan recóndito, de clima tan extremado, cuya actividad se orienta al turismo y al deporte de la nieve. Me dicen que sus promotores lo han financiado con los profundos Fondos Mineros, aunque el procedimiento parece haber sido al margen de la normativa establecida... 
    Y parece que está semi vacío, pues su desproporcionada oferta de plazas no encuentra demanda que llegue más allá de cubrir escasamente la tercera parte de su macro capacidad. Quizá por ello sus gestores han puesto en marcha otra linea de negocio para enjuagar el abultado déficit, consistente en la explotación de un macro spa abierto al público... En lo que no repararon es que esta actividad está demasiado alejada del fundamento de la macro obra y no puede tener continuidad... Macro problemón habemus...
    Y macro escándalo, pues parece que su presidente recientemente dimitido, el señor Postigo, además de inaugurar y conducir el proyecto delirante hacia la ruina, colocaba a sus familiares y a los de sus conmilitones, por el mero hecho de serlo, algunos en puestos de función y remuneración que excedía en mucho a sus capacidades y méritos, y encima les blindaba sus contratos... Para que no falte nada, parece que también hubo algún desliz de braga y bragueta en la política de personal impuesta por el mandatario, antaño esforzado minero y bravo sindicalista, y después, y durante muchos años, hombre de aparato y de chequera.
    Y por si aún fuera poco, ha trascendido a la opinión pública que aquel famoso día en el que el señor Villa, el carismático líder del sindicalismo y la política, cuyo poder e influencia llegaban al gobierno del Estado, acudió a una sucursal bancaria de Oviedo, con un maletín, para poner en blanco el dinero negro, probablemente obtenido de forma oscura, iba acompañado de dos individuos: uno, un asesor financiero ligado al Montepío, y otro, el ínclito Postigo, a su vez también pertrechado de maletín, para pasar su dinero negro por el arco blanqueador que el gobierno del PP dispuso para que los defraudadores millonarios trajeran sus fortunas al redil de Montoro. Ese arco que las organizaciones políticas y sindicales, de las que ambos eran militantes y dirigentes, se hartaron de censurar... Efectivamente, en aquel tiempo, Villa andaba liderando grupos de jóvenes mineros que quemaban neumáticos para cortar carreteras, en conflicto laboral porque perdían sus empleos. Iba a su paso, dicen, porque le pesaban los años y los achaques... Digo yo que también le pesaría la conciencia. Aunque tal vez no.
    La nueva dirección del Montepío ha sido contundente y rápida. Cesaron en sus cargos a los principales hombres o mujeres del ex presidente, dicen que por ineficaces, y a él le expulsan de la Mutua, una vez conocida la operación de blanqueo, a la vez que anuncian una investigación exhaustiva sobre su gestión. Asimismo se toman medidas contra el asesor que asistió a ambos amigos en el procedimiento de sacar a la luz de la ley los dineros provenientes, a buen seguro, de esas cloacas de desvíos, propinas y mordidas.
     
    Es notable la rapidez que, en este último tramo de la cronología de la corrupción, tienen los que se sientan en los sillones oficiales por condenar a los antiguos camaradas que salen en sumarios y papeles con el membrete de corrupción en el encabezado. Algunos lo hacen en el mismísimo momento en que el asunto se hace público, como en este caso, y en el de Villa, y en de el señor Granados y los alegres alcaldes de la operación Púnica...
    A la ciudadanía le gusta mucho esta inmediatez. Es evidente. Viene a ser como un poco de linimento en la dolencia... Pero, después, pensando,  caemos en la evidencia de que los que expulsan a los corruptos, llevan muchos años cabalgando junto a ellos... Y no es de recibo la ignorancia, ni la inocencia, ni la ceguera en esas estepas. Para cabalgar por ellas hay que tener los ojos bien abiertos y todos son jinetes avezados... Tenían necesariamente que saber mucho de lo que ahora dicen sorprenderse... Además, tal parece que estaban al cabo de la calle, esperando la ocasión de darles la puntilla, por razones ajenas al honor y a la decencia... Ciertamente se puede aplaudir la decisión, y dudar de la sorpresa... Lo malo es que muchos dudamos también del propósito de enmienda. Por eso cuesta tanto agarrarse al cabo...
     
     
     
     

     

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