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Edu Arding

Un cronista ocasional y distraído que mira pasar la vida y a ratos perdidos, o encontrados, se sienta a contar sus impresiones.

Sobre este blog de Sociedad

Serán cuatro letras volanderas que no llegarán muy lejos...


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  • 23
    Marzo
    2012

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    Mou no es igual

     

    Esta sociedad nuestra andaba hace unas fechas filosofando y debatiendo sobre la idea de igualdad, a propósito de unas declaraciones, quizás apresuradas y por tanto seguramente sinceras, de una alta instancia del tercer poder del reino, en las que venía a decir lo que ya saben, y mejor que nadie, los que menos saben. Ciertamente estamos todos al cabo de esa calle: la igualdad es una idea, bonita, pero tan inalcanzable como una estrella; se puede caminar hacia su encuentro, pero es de ingenuos, o de demagogos, pensar o proclamar que ya hemos llegado o que algún día llegaremos.
    Cuando el domingo pasado se estaba preparando para entregar al lunes la batuta del tiempo, este cronista ocasional luchaba contra el sueño para ver el final del partido entre el Villarreal y el Madrid. Ganaba el Madrid 0-1, y todo transcurría según el orden establecido, cuando de repente marca el Villarreal y empata el partido. Entonces Mouriño pareció desquiciar y desquició a su equipo: empezaron a insultar al árbitro, perdiendo los papeles y el control en el juego, tan rápido, tan secuencialmente, que parecían actores interpretando un papel bien estudiado. Como ya llueve sobre mojado el público dictó sentencia condenatoria ante un equipo que, una vez más, dio una imagen de camorrista empedernido.
    Naturalmente los medios de comunicación explotan encantados esa veta, que vende y cunde tanto, de Mou el terrible; la gente madridista se pone la venda blanca ante los ojos; y sus contrarios se desgañitan gritándoles al oído lo que se niegan a ver. Pero es inútil: la percepción de la realidad la filtra el sentimiento, y cuando éste es muy fuerte, el filtro lo es tanto más.   
    No sé porqué me viene a la memoria una hermosa novela, cuyo título no recuerdo, ambientada en la España rural y profunda de antes de la guerra: se disputaba un partido de fútbol entre dos pueblos vecinos, y había un grandullón, chulo y con malas pulgas, que se ponía hecho una furia cuando marcaban un gol a su equipo. Quería siempre anularlo, poniendo al árbitro a caer de un burro; y como, además, era el dueño del balón y el prado donde se jugaba el partido era de su padre, tenía apabullados a los rivales, que seguramente no consideraban que estuvieran compitiendo en igualdad.
    Tampoco parece, por tantas causas y motivos,  muy entre iguales esta liga nuestra. Lo de Mou es ya para una tesis de las gordas: ¿se trata de un individuo talentoso que enseña a sus pupilos a desenvolverse con éxito en una realidad preexistente y aprovecharse de ella a cualquier precio; o se trata simplemente de un grandullón, soberbio y pendenciero, protegido por un papá cacique que tiene muchos prados, balones e influencias, y secundado por una banda de individuos que “matan” por él?
    En cualquier caso, desde luego, tampoco Mou cree para nada en la igualdad. Sabe que puede hacer lo que otros no pueden.

     

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