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Mirando pasar la vida
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Edu Arding

Un cronista ocasional y distraído que mira pasar la vida y a ratos perdidos, o encontrados, se sienta a contar sus impresiones.

Sobre este blog de Sociedad

Serán cuatro letras volanderas que no llegarán muy lejos...


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  • 16
    Octubre
    2011

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    Nofre

     

    Se llamaba Onofre, aunque siempre nos sobró a todos la O para llamarlo y él nunca la precisó para atender. Era ya viejo, pequeño, barrigón y cabezudo, y llevaba siempre pantalón y chaqueta de color oscuro, aclarado por el uso, y camisa de color claro, oscurecida por la roña. Dormía en un Seat 1400 negro, con asientos sucios y rajados, que un día fueron rojos, y ruedas reventadas, que estaba abandonado en un camino, comido por los artos, debajo de una coraza de polvo y al amparo de una mata de xabú.
    No trabajaba en nada y vivía de milagro y de favores. Era alegre, campechano y servicial. Su única obligación en este mundo era tirar los voladores, cuando la Comisión de Festejos lo mandaba. Nunca faltaba a esa cita y hacía esa labor con entusiasmo y seriedad, dándonos a los guajes lecciones magistrales sobre cómo prender la mecha, qué orientación debía tener la vara según tirase el viento, y cualquier otra cosa que quisiéramos preguntarle sobre el particular. Lúcido y concentrado, con su farias en la boca, presto a aplicarlo al trozo de mecha que sobresalía de la cabeza de la vara e inmediatamente verla salir, disparada al aire. Siempre se dibujaba una sonrisa en su cara de niño y su mirada viajaba con el proyectil, para acompañarlo después en el descenso e indicarnos certeramente hacia dónde había caído. Parecía disfrutar con lo que hacía y debía creerse el hombre más importante del momento. A nosotros nos parecía poco menos que un general de artillería.
    En los demás momentos, que eran todos los que le dejaba libre su única ocupación, andaba casi siempre borracho, haciendo eses por la calle, saludando a todo el mundo con grandes aspavientos, contando chistes al primero que encontraba o cantando sólo por las esquinas. Comía y bebía donde lo convidaban, y debía comer y beber bastante, pensábamos nosotros, a juzgar por su barriga hinchada y por la moña que no apeaba más que cuando tenía que tirar voladores. Desde luego, la impresión que teníamos por lo que veíamos, oíamos e intuíamos, era que Nofre era feliz y lo quería todo el mundo.
    Desapareció un día, nadie supo bien cuándo. Su ausencia se hizo notar poco a poco en las calles, en los chigres que tanto frecuentaba y en la soledad del viejo Seat que se quedó sin inquilino, y sobre todo, en esos días de setiembre en el que nos llenaba el cielo de ruidos de fiesta y alegría.
    Por algún misterio que este cronista ocasional no alcanza a descifrar, Nofre llegó hoy a visitarle en la memoria, con su sonrisa de niño viejo, el puro ya casi agotado prendido entre los dientes y sus voladores en la mano, bien sujetos. No me dijo nada y se fue enseguida; a mí no me suelen hablar los viajeros del tiempo. Seguramente le habrán mandado tirar unos voladores en el cielo, y habrá confundido su camino, colándose en la memoria de este corresponsal varado en esta playa amable, tan distante de aquellos acantilados abruptos y remotos, en los que coincidimos ambos hace por lo menos media vida. ¿Quién puede entender porqué una realidad tan lejana, tan olvidada ya, vuelve unos instantes, fragmentada, seguramente algo deformada, pero nítida, a llamar a las puertas del recuerdo?
    Vengo a pensar que tal vez Nofre hubiera sido un magnífico comparsa de los señores de los carteles que ahora, una vez más, van a llenar nuestras plazas, calles y caminos, llamándonos a iniciar un nuevo tiempo. Esos que por fin se han podido colocar en las listas que ahora publican los partidos. En su tiempo no había partidos, pero había gente que mandaba y otros que obedecían sin preguntar y sonriendo. Como ahora.

     

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