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Mirando pasar la vida
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Edu Arding

Un cronista ocasional y distraído que mira pasar la vida y a ratos perdidos, o encontrados, se sienta a contar sus impresiones.

Sobre este blog de Sociedad

Serán cuatro letras volanderas que no llegarán muy lejos...


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  • 23
    Enero
    2012

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    Pepe mátalo

     

    Pasaban las once de la noche de ayer, un domingo de enero que ya se iba escapando por los escurrideros del tiempo, cuando, de repente, desde un televisor cercano, se oye el griterío de una muchedumbre enfervorizada que parecía pedir a su gladiador predilecto la muerte del rival. Era en el estadio Santiago Bernabéu, sede oficiosa del señorío en el deporte rey, según sostiene, cada vez que tiene ocasión, el emperador del recinto, gobernante de un club grande entre los grandes; un club que envuelve el sentimiento de muchísimos miles de personas. Y no se trataba de una petición formal, puesto que el gladiador aclamado no estaba en la arena, sino que era más bien un cántico, una profesión de fe en unos principios.
    Siempre he pensado que los actuales recintos deportivos vienen a ser un remedo de los circos romanos de hace veinte siglos, por lo que el Bernabéu de Madrid tendrá que serlo del famoso Coliseo de la ciudad eterna. En aquella época pedir la muerte del artista no hería la sensibilidad de los espectadores. Muy al contrario, encendía sus pasiones, animaba sus espíritus, y además distraía su inteligencia de otro tipo de cuestiones y carencias.
    Pasados dos mil años quiero creer que algo ha cambiado en la sociedad en la que vivo. Pero cuando unos cientos de individuos gritan lo que aquellos salvajes sanguinarios, empiezo a cuestionarme si de verdad ha pasado tanto tiempo para algo.
    Ya sé que en casi todos los estadios hay fulanos que faltan al respeto que deben al rival y al decoro que se deben a sí mismos. Pero el tamaño importa: la estupidez, el fanatismo y la violencia encierran tanto más peligro cuanto más pesa la grada desde la que se expone al mundo. Y también importa el manejo que se hace del asunto. Lo peor del tal Pepe no son sus coces de bruto, al fin y al cabo animal de pocos vuelos y corto recorrido. Lo peor es que alguno, desde una posición más elevada, promueve e impulsa con su método, su actitud y su discurso, ese “todo vale” que ya sabemos a dónde va a llevar; y que algunos, desde todavía más arriba, lo disculpan o deciden guardar reiterados silencios cómplices. Y lo peor de lo peor, es que una buena montonera de zoquetes aplaude, jalea y en cuanto tiene ocasión pone en mala práctica el método y los procedimientos.

     

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