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Edu Arding

Un cronista ocasional y distraído que mira pasar la vida y a ratos perdidos, o encontrados, se sienta a contar sus impresiones.

Sobre este blog de Sociedad

Serán cuatro letras volanderas que no llegarán muy lejos...


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  • 14
    Octubre
    2013

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    Ultras y separatistas, una gente ya muy vista

     

    Que España se ha quedado atascada en su desarrollo económico y que está viendo quebrar el llamado estado del bienestar, es algo ya casi viejo, ya casi asumido, y que se dice en menos veinte palabras. Vale. Pero que su paisaje urbano y su tipología social estén volviendo por los lugares más cutres de un pasado aún no tan lejano, eso es algo que mola nada y que nadie hubiera comprado... hasta ahora. 
    Ahora resulta que la calle, que fue de aquel Fraga tremebundo que defendía con las porras de los grises su derecho, y que tras no pocos trabajos volvió a su condición originaria de “res publica”, está siendo tomada -de forma aún incipiente, pero que irá a mayores y volverá a poblarse de golpes y carreras, de gases y pelotas, de miedo y de barbarie- por dos grupos que confrontan, siempre violentamente, llevando mapas y fronteras en pendones y banderas: unos, de un territorio chico y otros, de un territorio grande. Estos últimos parecen despertar de un largo letargo y vuelven por donde solían, mirando a los demás por encima de sus hombros de gimnasio y contaminando el mensaje con el tono. Los primeros llevan ya un tiempo reclamando lo que no cabe en la ley, con palabras vestidas de insolencia en muchos casos y dirigidos por políticos que incurren en delito flagrante y evidente... a los ojos de todos, menos a los de los fiscales y jueces, puesto que ninguno de ellos los acusa.  
    Nada hay más odioso que una ley cuyo incumplimiento resulte impune a algunos. La ley debe obligar a todos y la gente debe percibir claramente esta obligatoriedad. Es el primer requisito de una nación que quiera pertenecer de pleno derecho al primer mundo, de un pueblo que aspire a que sus habitantes sean todos ciudadanos. A este cronista ocasional le gustaría que todos, absolutamente todos, además de vernos obligados por la ley, fuésemos efectiva y verdaderamente iguales ante ella... pero esto está aún lejos en el camino de progreso emprendido por nuestra sociedad hace ya tantos años. Sin embargo no debemos retroceder ni un paso en el camino andado. Que la ley actúe siempre, que todos debamos responder ante ella, aunque algunos acudan a su llamada con corazas de afamados defensores y con carteras repletas de bulas y chantajes. Que tengan que acudir en cualquier caso. Que siempre sean acusados todos los que infrinjan la norma...
    De no ser así la democracia se resquebraja por la base. Y además la dejación de funciones por parte del Estado propicia voluntariados peligrosos y patéticos... Solo faltaba que ahora tuvieran que defender la Constitución los herederos de quienes otrora fueron sus más violentos detractores, aquella muchachada que miraba al sol de cara y gustaba de camisas bordadas por recatadas doncellas, los cachorros de los que en otro tiempo tanto miedo nos metieron a todos en el cuerpo, amenazando siempre con el ruido de aquellos dichosos sables... 

     

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