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Mirando pasar la vida
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Edu Arding

Un cronista ocasional y distraído que mira pasar la vida y a ratos perdidos, o encontrados, se sienta a contar sus impresiones.

Sobre este blog de Sociedad

Serán cuatro letras volanderas que no llegarán muy lejos...


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  • 25
    Marzo
    2012

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    Una horita menos...

     

    Hoy el tiempo parece sonreír a esta parte del mundo, pues nos envía un domingo hermoso y soleado. En la radio, una voz, cálida, magnética, llamada María Bozzini versiona una vieja canción de Cole Porter, en la que sugiere que al decir adiós, se muere un poco. Casualmente tengo entre las manos un poema de Buesa en el que plasma el pálpito de la muerte del sueño del amor tras una despedida.
    Sí. Amor casa indudablemente mejor con hola que con adiós, mejor con compañía que con ausencia, mucho mejor con llegar que con partir. Pero también es cierto que el amor resiste muchas muertes, porque está construido con argamasa de vida, que cohesiona y ensambla, permitiendo siempre su libre movimiento, a multitud de proyectos de esperanza. Por eso el amor resiste, y tanto, a tantos vientos de tantos tipos de infortunio, incluso a las tristes despedidas, y a las temibles tempestades de los celos. Y persiste, y dura, agarrado obsesivamente al tiempo, morador eterno de aquellos corazones que tuvieron la dicha de acogerlo.
    Cierto que nada causa más dolor a un corazón que ama, que decir, o escuchar, esa palabra que implica un punto y aparte de la presencia en que se basa todo. Nada duele más que hacerse a la idea del adiós: un mañana sin ella, un enseguida sin él; ese terrible tener que separarse ahora, con el amargor de una triste soledad en la garganta, y sin poder mirar hacia adelante, pues  la vista está nublada por la pena.
    Pero, después, cuando la ausencia se instaura en el presente, el corazón que ama va guardando en sus rincones, poco a poco, unas pizcas de confianza con las que va condimentando el futuro de esperanza. El tiempo permite siempre encontrar salida a la zozobra e ir dibujando el escenario del encuentro.
    Siempre, después de un adiós, puede haber un qué ganas tenía de verte. Siempre, mientras le quede vida al tiempo. Siempre, mientras en la vida no se haya perdido irremisiblemente el tiempo. Hoy tenemos una horita menos para buscarlo.

     

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