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Edu Arding

Un cronista ocasional y distraído que mira pasar la vida y a ratos perdidos, o encontrados, se sienta a contar sus impresiones.

Sobre este blog de Sociedad

Serán cuatro letras volanderas que no llegarán muy lejos...


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  • 29
    Noviembre
    2011

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    Una reflexión sobre la dieta, en la grada del Tartiere

     

    El domingo fui al fútbol. Siempre me ha gustado y voy de vez en cuando. Viene bien  como terapia para quitarse unos cuantos años de encima; es como retroceder a épocas en las que no pesaba tanto el tiempo, como recuperar olores y sabores que vienen del pasado. Y es una magnífica forma de pasar una tarde de domingo.
    El paisaje tal vez haya cambiado un poco con los años, pero el paisanaje sigue siendo igual que siempre: una masa de gente, más o menos silente y expectante va llegando al estadio y cubriendo los huecos de un inmenso graderío. Sobre ella, como sobrenadando, una serie de grupos o individuos altamente comunicativos, algunos muy bien organizados, se erigen tácitamente en portavoces de supuestas mayorías. Es un grande y hermoso espectáculo de colores y sonidos, mezclados con emociones, expectativas, miedos e ilusiones que sirve de introducción al meollo del asunto, al viejo juego de once contra once, conduciendo un balón, defendiendo un territorio y atacando el del contrario.    
    Y todo ese esfuerzo, esa inteligencia, esa pericia de jugadores y técnicos, será juzgado por el público soberano que dictará sentencia de delirio, entusiasmo, aprobación, enfado o bronca. Es el derecho de la grada a hacer oír su voz. Lo malo es que la voz de una parte de la grada, la que más se hace oír, parece estar gravemente intoxicada por la pasión por sus colores, y la pasión viene a ser como la sal: sin ella, no se encienden los placeres del gusto, pero en exceso provoca grave deterioro en la salud.
     Tal vez no merezca la pena ir al fútbol sin pasión, pero llevar una cantidad desorbitada de ella, enroscada en una bufanda, o embutida en una camiseta, provoca graves patologías del comportamiento en una parte de la  afición que avergüenza públicamente a su club y a su ciudad. Este domingo, que al final resultó de fiesta y alegría pues ganó el Oviedo en el último suspiro del partido, nos tocó ver rizar el rizo del despropósito: algunos desaprensivos increparon gravísimamente a un jugador propio por cosas personales, ciertas o infundadas, pero en cualquier caso pasadas de tiempo y de momento y que nada tenían que ver con el deporte ni con el espectáculo. Nunca acaba uno de acostumbrarse a la estupidez de tantos. Hay muchos a los que convendría una dieta sin sal y de por vida.

     

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