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Mirando pasar la vida
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Edu Arding

Un cronista ocasional y distraído que mira pasar la vida y a ratos perdidos, o encontrados, se sienta a contar sus impresiones.

Sobre este blog de Sociedad

Serán cuatro letras volanderas que no llegarán muy lejos...


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  • 15
    Diciembre
    2012

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    Viernes, 14 diciembre, otro día de la bestia

     

    En EE UU, en el estado de Connecticut, una ciudad llamada Newton ha ascendido a la cumbre de la actualidad internacional por un camino sangriento sembrado de pequeños cadáveres... En una escuela de primaria, un joven perturbado acaba de escribir otra página negra de la historia de América.
    Mucha gente aún cree que la sensatez y la prudencia les alargan la vida a los humanos, que con ellas se pueden leer muchas señales y evitar muchos peligros. Así nos lo decían nuestros padres, que lo habían oído de los suyos, y así nosotros lo transmitimos a nuestros hijos, porque verdaderamente creemos que solamente con un determinado nivel de sensatez y de cordura individual, que propicie un clima de civismo y un ambiente de sociabilidad, se puede garantizar la convivencia y el tiempo de progreso. Seguramente los padres de esos niños de Newton, apeados tan prematuramente de la vida, les hubiesen dicho a sus hijos algo parecido... si les hubiesen podido ver crecer un poco más. Pero, ahora, seguramente no tendrán tan claro que ninguna virtud garantice a nadie permanecer enganchado al carro de la vida, pues, en un momento, cualquiera, y en cualquier parte, sin aviso ni motivo, puede separarte de un tajo el presente del futuro.
    Un chico de 20 años se viste de terminator, con chaleco antibalas, máscara y cuatro armas de fuego con munición para librar una batalla, mata a su padre en su propia casa y va a la escuela donde trabaja su madre, la mata a ella, a cinco profesores más  y a veinte niños, para terminar suicidándose... No. No hay virtudes ni habilidades individuales, ni estrategias colectivas, que protejan al hombre de este tiempo de sí mismo; nadie parece saber amueblar la mente de miles de jóvenes desnortados, tan propensos a inquilinos inquietantes; nadie parece poder sostener a miles y miles de personas que se sienten desapegadas del mundo y de la vida, y que no valoran para nada los vínculos y apegos que puedan tener las demás, sino que al contrario parecen  molestarles...
    Corren tiempos de revisión de pautas y prerrogativas, de alertas y de itinerarios seguros, el mundo va a tener que establecer barreras a las incursiones de la bestia en la mente de los chicos... Sobre todo, en los que estén armados hasta los dientes.

     

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