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Edu Arding

Un cronista ocasional y distraído que mira pasar la vida y a ratos perdidos, o encontrados, se sienta a contar sus impresiones.

Sobre este blog de Sociedad

Serán cuatro letras volanderas que no llegarán muy lejos...


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  • 24
    Noviembre
    2011

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    Violencia y Censura, un cuento de noviembre ya vencido

     

    Había una vez en un país lejano, mucho más allá de los confines del mar y de la tierra que gobierna el Rey nuestro Señor, que Dios nos guarde, una gran dama, poderosa y terrible, altiva y enlutada, castellana en torre inaccesible, conocida por el nombre de Violencia. A su llamada, los hombres comenzaban a reñir, primero, y a herirse y lastimarse después, unos a otros, hasta la muerte, causando gran mortandad en las ciudades, que quedaban diezmadas, derruidas y arruinadas, con los campos repletos de cadáveres, y el aire lleno de un olor a podrido que perduraba muchos días después de que fueran quemados o enterrados los restos del combate. Era el olor de la muerte, de la ruina, del fracaso de la convivencia, un hedor que proviene del lado más oscuro de la naturaleza humana.
    Cuentan que un dios vengativo del mundo antiguo había impuesto al hombre de aquella tierra, como castigo, esa pulsión a perder la razón para encontrar el cuchillo, esa pasión de morir por matar. Dicen que la gente de aquella tierra tenía en la piel algo así como una llaga que no cerraba nunca y que la llevaba oculta bajo el vestido en tiempos de paz y de progreso, pero que al oír la voz de la gran dama, todos la mostraban entre orgullosos y despechados, entre valerosos y aterrados, lanzándose a matar, hasta la propia muerte. Creían algunos sabios que estudiaron los antiquísimos libros donde se encierra el conocimiento cierto, que doña Violencia era una virreina del aquel dios terrible y vengador que desde otro mundo castigaba en éste, tal era su poder, inmenso e incomprensible.
    La vida fue corriendo, a caballo del tiempo, y allí, como aquí, en nuestro reino que nuestro Señor bien ama y bien gobierna, los hijos fueron sucediendo a sus padres y heredando la carga de penas y alegrías que pudieron dejarles. Más pesaban desgraciadamente las penas, porque aunque las llamadas de doña Violencia se fueron espaciando y las gentes podían vivir y prosperar en ausencia de guerras y matanzas, de cuando en cuando volvía a sentirse el grito de la torre, por una u otra causa, contra uno u otro enemigo, y otra vez volvía al trigo de la guerra, la burra del pueblo, atada siempre al ramal de su hado funesto e implacable de teñir de sangre los campos donde debía florecer el fruto de la siembra.
    Pero un día, un osado explorador se atrevió a escalar la alta torre que habitaba Doña Violencia y la encontró vacía, con señales de llevar largo tiempo abandonada. Nadie había pues que pudiera llamar a los hombres a matarse unos a otros. Los sabios ancianos del lugar dedujeron, en concilio sumarísimo, que necesariamente las llamadas a guerrear debían provenir de gargantas del pueblo, y no de la torre vacía, por lo que consideraron de todo punto imprescindible, para evitar el fin de la civilización y de la raza, controlar la boca de los hombres. Para ello designaron a una respetable viuda como la encargada de vigilar estrechamente todo lo que se hable o se escriba, invistiéndola de alto poder para prohibir y castigar aquello que ponga en peligro el progreso y la paz. Desde entonces, Doña Censura, que así se llama la mencionada viuda, vigila atentamente, toda ojos y oídos, desde la torre oscura que habitaba la antigua dama negra.

     

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