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  • Algo de actualidad.

    Es frecuente ver en nuestros puentes, antes de inaugurarse, una hilera de camiones cargados hasta los topes para comprobar su resistencia, también las torres eléctricas se someten al túnel de viento, los automóviles pasan la prueba del alce para examinar su estabilidad, los aviones se someten a numerosos requerimientos antes de obtener la certificación para volar, y, en fin, todo lo que se produce o fabrica está sujeto a pruebas y controles, antes de obtener el plácet para consumirlo o usarlo.

    Las infraestructuras se diseñan para soportar los esfuerzos esperables, tanto en su utilización habitual como en aquellas otras situaciones a las que, según los datos históricos tomados como referencia, podrían tener que enfrentarse. Por ello, salvo que existan datos que así lo aconsejen, las infraestructuras no están preparadas para soportar tsunamis de intensidad 4, en la escala de Wiegel, ni huracanes de grado 5, medidos según Saffir-Simpson, ni tampoco terremotos de nivel 9, según la escala de Richter. Cuando sucede algún fenómeno inesperado muchas caen, y algunas resisten, por su mejor calidad o por suerte, pero resisten.

    Todo esto está muy bien, ¿pero qué pasa con el factor humano? Destacar en cualquier actividad, o tener unas cualidades notables, y ser premiado por ello es el principio de la meritocracia. Los chinos, desde el siglo VI, pusieron en marcha el mandarinato. Los aspirantes a la condición de mandarín tenían que superar pruebas muy exigentes antes de obtener esa estatus, que les otorgaba la llevanza de la burocracia del Imperio. El funcionariado y las oposiciones vienen de muy atrás. En nuestro país, hasta hace poco, las oposiciones eran el procedimiento habitual para ingresar en la administración pública, y gracias a él muchas personas, que de otro modo no lo lograrían, pudieron acceder a la condición de funcionario, y han demostrado, al menos, tener capacidad de esfuerzo y sacrificio. En este momento, con la multiplicidad de centros de poder y decisión, los chiringuitos son legión, pero la maquinaria del Estado, la que llegado el caso tiene que sacar las castañas del fuego, está un tanto menguada.

    Pero en fin, los que tienen que encargarse del cómo se hacen las cosas, mal que bien, lo van llevando; el problema viene de los decisores, de aquellos que definen las cosas que hay que hacer. En este nivel, el político, en donde el enchufismo, el amiguismo, el partidismo, el cuñadeismo y todos los ismos que son legión, está el meollo del asunto.

    El nivel político, que no es igual que nivel directivo, tendría que ser muy reducido, y no lo es; primer problema. Como en muchos casos no se exige nada, salvo estar en lugar oportuno en el momento oportuno, o estar incluido en alguno de los ismos de rigor, cuando vienen mal dadas: Houston tenemos un problema; lo que ocurre es que Houston, como la poesía, eres tú: segundo problema. En un sistema presidencialista como el nuestro, en donde quien manda, manda de verdad, llevarle la contraria al amado líder tiene consecuencias, y se sabe: tercer problema.

    Si la persona que ocupa un puesto, de esos de mandar mucho, tiene la suerte de que navega durante su mandato por el Mar Menor puede, sí no es de inteligencia muy inferior a la normal, salir indemne y hasta con prestigio del puesto. No hacer nada no penaliza y hacer puede que sí, de modo que ya se sabe. Sí tiene la mala suerte de navegar por el Cabo de las Tormentas, hasta  los que tienen prestigio profesional pueden decir cosas históricas. D. Jesús Sancho Rof, Doctor en Ciencias Físicas y catedrático de Óptica y Estructura de la Materia, dijo, sobre el envenenamiento causado por el aceite de colza adulterado, que “estaba producido por un bichito tan pequeño que si caía de una mesa se mataba”; seguro que ha tenido días mejores. D. Mariano Rajoy Brey, de currículo sobradamente conocido, soltó aquello de que del petrolero Prestige salían “unos pequeños hilillos que se han visto, cuatro regueros que se han solidificado con aspecto de plastilina en estiramiento vertical”; que Santa Lucia le conserve la vista.

    Cuando en la Administración hay tsunamis de intensidad 4, huracanes de grado 5 y terremotos de nivel 9, encomendarse a Todos los Santos, sí no hay gabinetes de crisis, simulacros o maniobras que hayan previsto situaciones análogas, es una opción perfectamente válida. Improvisar con el bichito y la plastilina no parece que sea un ejemplo a seguir.Al igual que los puentes, las torres eléctricas, los automóviles y los aviones, las estructuras administrativas tienen que probarse en situaciones límite, y no parece que eso se haya hecho. Ahora esta debilidad se pone de manifiesto.

    Pese a los fallos de los servicios de información, que se creyeron que los Mozos actuarían, debieron de ser los únicos, pese a que no encontraron las urnas, pese a que se ordenó una actuación policial más que inoportuna, y pese a todos los pesares, las infraestructuras, mal que bien, aguantarán el envite. Los Estados caen cuando no tienen apoyos, ni vigor para defenderse, y no es el caso. Problemas muchos, pero el club al que pertenecemos, la Unión Europea, ha tomado una opción clara, y además, in situ, la pela es la pela. Estos dos factores pesan y mucho.

     

     

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