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  • 23
    Abril
    2015

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    Elecciones propuestas votos consultas

    Completar el " hay que" y el "vamos a" con el "como"

    Sí se leen los programas electorales que nos presentarán los partidos políticos (en el caso de que no sea una obligación hay que tener mucha curiosidad) se verá, salvo casos aislados como puede ser el de Ciudadanos, que las vaguedades y el consabido “hay que”, o el “vamos a”, son la tónica común, y que las propuestas concretas y medibles son más bien escasas.

    Los partidos ya dominan desde hace tiempo las técnicas de la vaguedad y de la inconcreción, que a nada comprometen, en sus programas, y al final de la legislatura tanto puede decirse que se han cumplido como que no. Puede señalarse que tal propuesta “ha tenido un grado aceptable de cumplimiento”, o que “su grado de cumplimiento no ha sido el que era de esperar”; y a partir de ahí los factores externos, la herencia recibida, la falta de sentido de la responsabilidad de los “otros” por supuesto, o cualquier teoría conspiranoica pueden hacer digerible el presunto, o no tan presunto, fiasco.

    Unas muletillas muy usadas en los programas son el “hay que” o el “vamos a”. Nadie, salvo gente muy rara que también existe, puede oponerse a que en cualquier programa electoral se diga: “hay que reducir el paro”, “hay que aumentar el nivel educativo”, “hay que lograr un aire más limpio”, “hay que conseguir un transporte público de calidad”, “vamos a mejorar el sistema educativo”, o cualquier otro deseo propio de personas con buen corazón, buenos sentimientos, altruismo y amor al prójimo.

    A estas alturas de la película contentarse con el consabido “hay que” o el “vamos a” revela muy poca exigencia por parte de una población que, hasta ahora, tenía poco donde elegir. Pedir que al “hay que”, o el “vamos a”, se acompañe el “como” es de lo más razonable; despistar al electorado exigiría un mayor esfuerzo aunque, no cabe ninguna duda, también lo conseguirían, pero gastando un poco más de tinta o de labia. Cabe la esperanza de que algunos se quedasen por el camino al no ser capaces de ese esfuerzo adicional y desusado.

    Conseguido, y es una hipótesis de trabajo, este sobresfuerzo de clarificación en las propuestas se nos presenta otra cuestión ,y es el sentido patrimonial del voto por parte de nuestros representantes. Piensan, al menos una minoría significativa, que una vez emitido el voto les pertenece, que es una especie de cheque en blanco, o patente de corso, en lugar de considerarlo como un voto de confianza, del que son usufructuarios mientras la merezcan o cumplan aquello para lo que han sido elegidos.

    Y aun más; dado que los programas electorales suelen ser vagos o inconcretos, y por tanto sujetos a interpretación, tendrían que existir mecanismos de consulta a la población-Suiza es un referente- para que las medidas que se pretendan tomar, en determinados ámbitos, y que entren en conflicto con el programa electoral, o con el criterio de una buena parte de la población, sean sometidas a la opinión de la ciudadanía en su conjunto. En el ámbito municipal esto no sería muy complicado; el caso del bulevar para la entrada a Oviedo es un buen ejemplo. Este mecanismo de consulta hubiera evitado el asunto Gamonal de Burgos, en el que tantas personas y tantos medios de comunicación quedaron a baja altura, la del betún por ejemplo. Una norma para que se protocolizasen las consultas populares aumentaría la baja calidad de nuestra democracia en este aspecto.

    Otra cuestión es la falta de mecanismos para cambiar a nuestros representantes, por iniciativa popular, antes de que finalizasen su mandato haciendo posible la revocación del mismo. Pero esto es ya otra historia, prácticamente sin antecedentes, que merece mucha más reflexión. Pero por pensar y por pedir que no quede.

     

     

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