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  • Cosas del verano.

    En este verano, ya en su recta final, han sucedido muchas cosas, incluso buenas, dignas de un momento de reflexión. Una de ellas ha sido la destitución de la Presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, después de un procedimiento largo y garantista, hecho para disuadir al más pintado y colocado ahí, en el marco jurídico brasileño, para no ser aplicado nunca. Pero, además de los avatares de la política y de las ambiciones de los políticos, la economía, el paro, la corrupción, la inflación, la prensa y la opinión pública estaban en su contra y todo eso junto puede con cualquiera en un país con instituciones medianamente democráticas. Por cierto las Olimpiadas del 2016 y el Mundial de Fútbol de 2014, impopulares para una buen parte de la opinión pública principalmente por su coste y por la corrupción que los acompañó, también han aportado su granito de arena a la destitución de Dña. Dilma.

    Un apunte más sobre Brasil; al ex Presidente Lula da Silva se le fabricó un Ministerio ad hoc, por eso de los aforamientos, cuando un juez empezaba a molestar por un asuntillo de corrupción. El culebrón del aforamiento continuó cuando una instancia judicial superior anuló ese nombramiento y devolvió a Lula da Silva a la jurisdicción ordinaria. Ya se sabe, o al menos lo dicen, que los aforamientos no son ningún privilegio pero, pero por sí lo fueran o por sí las moscas, tanto en Pernanbuco como en Valencia o en Madrid todos, y todas, lo buscan con frenesí.

    También han continuado los problemas en Venezuela y Méjico debidos, en alguna medida, a la caída en el precio del petróleo. Las petroleras públicas de estos dos países, lo mismo que la brasileña, arrojan pérdidas mil millonarias, achacadas al descenso en el precio del crudo. Es de cajón que sí desciende el precio también tienen que descender los beneficios, especialmente cuando los gastos de extracción son altos; pero de ahí a la situación en la que están inmersas las compañías petrolíferas públicas de esos países media un buen trecho. Un hipotético cálculo puede arrojar luz sobre el asunto: conjeturemos que, como sucedía hasta hace poco, el barril se vende a 100$, que los costes de extracción son 30$,y que, como se dice en Cuba, el faltante es de 40$. Quedan 30$ como ganancia para distribuir entre amortizaciones, beneficios, reservas etc.etc. Sí el barril pasara a costar 50$ quedarían 20$ libres después de descontar los 30$ de costes de extracción. El faltante tendría que disminuir drásticamente para que hubiera beneficio, pero sí se mantuviese estaríamos en pérdidas – 20$.Hay que desear que la avaricia no rompa el saco, en este caso el barril.

    Las cifras anteriores son mera conjetura, pero cualquier negocio puede entrar en pérdidas sí su gestión no es la deseable; algunas de nuestras Cajas de Ahorros, y de nuestros Bancos, entraron en pérdidas con ocasión del boom inmobiliario, lo que es para nota. Pero algunas petroleras, como en Noruega, y algunos bancos, como las Cajas Rurales, han tenido, y están teniendo, beneficios en medio de circunstancias adversas, lo que revela lo acertado de su dirección.

    Otra cuestión veraniega ha sido la retrasmisión de las Olimpiadas, en donde los tonos épicos de nuestros locutores y comentaristas han alcanzado cotas difícilmente superables. Animar a Mireia Belmonte por Dios y por España se parece más al Oriamendi que a una retrasmisión deportiva; sólo faltó invocar al Rey para que la cosa fuese ya para sobresaliente. Es curioso que la pasada de un locutor sudamericano diciendo, con ocasión de un triunfo deportivo, aquello de “Dios es colombiano” fuese objeto de chanzas y chirigotas, pero visto está que no puede decirse que “de esta agua no beberé”. Hay que suponer que la competencia es dura, que lo hiperbólico tiene su público, y que hay días en los que se acierta, y que hay otros que tal vez sea mejor olvidar.

     

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