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  • Evasión fiscal y estadísticas.

    En estos días los Paradise Papers, ya saben los documentos que desvelan que un buen número de notables tienen sus dineros en paraísos fiscales, han vuelto a poner de actualidad lo sabido: que quien no tiene sus posibles a buen recaudo, es decir libres de la mirada indiscreta del fisco correspondiente y de sus tentáculos, es porque tiene muy pocos posibles que ocultar, porque no puede esconderlos o porque no desea hacerlo.

    A sensu contrario los que los llevan a esos lugares cumplen, tanto empresas como particulares, dos condiciones: tienen mucho y quieren hacerlo opaco, bien sea porque no quieren pagar por él y/o bien porque quieren ocultar su origen. Todo lo demás son disculpas, nunca mejor dicho, de mal pagador. Algunos dicen que todo es legal, lo que puede ser verdad sí tienen una procedencia lícita, y que declaran al fisco todos esos bienes, lo que es un acto de fe; allí no hacen paralelas y la palabra del evasor se convierte en palabrita del niño Jesús.

    Cómo de todo hay en la viña del Señor alguno, millonario por supuesto, se descuelga diciendo que con la ética no se come. Así, a bote pronto, habría que decirle que sin ella muchos no comerían, cosa que seguramente le traería al fresco. Naturalmente estos evasores no precisan de los servicios esenciales que el sector público presta a un buen número de ciudadanos, y por eso no quieren pagar lo que les correspondería para mantenerlos, no los necesitan. Obtienen del país, del paisaje y del paisanaje todo lo que tienen, pero no quieren hacer el esfuerzo que les corresponde para que el país, el paisaje y el paisanaje puedan seguir tirando del carro en donde van subidos tan a gusto, ahí en el machito.

    Naturalmente como el país sigue y necesita recursos, a los no evasores se les multiplica el esfuerzo fiscal. Hace falta tanto, y como hay tantos tocan a tanto. Cuando los que tienen mucho se escaquean, a los que no pueden, no quieren o no saben escaquearse les toca un poco más. Lo que no pagan los que se van, lo pagan los que se quedan. Así son las matemáticas y la vida.

    Y en cuanto a nombres hay de todo: una reina y un príncipe, un presidente de república, políticos varios, empresas punteras, cantantes, deportistas, artistas famosos, ex presidentes de compañías del IBEX, managers diversos y multimillonarios, poco o nada conocidos .Alguna y alguno tienen un estatus que solamente se justifica por su ejemplaridad, que habrá que buscarla con lupa porque no aparece por ningún lado, y en algunos de los otros no van muy acompasados lo que dicen y lo que hacen. Otro grupo carece de relevancia pública. En todo caso insolidaridad y egoísmo social, que a veces se autojustifica diciendo que lo que se les exige fiscalmente es demasiado, pero, aun admitiendo que pudiera haber un fondo de verdad en ello, ¿sí fuese menos lo pagarían, pudiendo ocultarlo y/o evitarlo?

    Y mientras tanto, quizás por la falta de capital propio, lo que obliga a pedirlo prestado, la baja calidad de los empleos creados en nuestro país sigue su curso. La Encuesta de Población Activa (EPA) de 2016, encuadra a los trabajadores en tres grupos, dependiendo de su remuneración: el 40% de los asalariados ganó entre 1.229,3 y 2.137,5 euros en 2016, mientras que un 30% se situó por encima de esa horquilla y otros 30%, por debajo,siendo el sueldo bruto promedio de 1.878,10 euros.La mediana, que se obtiene dividiendo al total de trabajadores en dos partes iguales, los que ganan más y los que ganan menos , se situó, en 2016, en 1.596,5 euros mensuales, 2,3 euros menos que en 2015, lo que supone prácticamente lo mismo a pesar de la inflación, y que no es para tirar cohetes.

    Hay lo que hay, es decir tenemos un binomio compuesto por bajos sueldos y estancamiento salarial, fruto del modelo de desarrollo que, a la fuerza ahorcan y las estadísticas mandan, se ha implantado, vía reforma laboral. Aquellos augurios de una sociedad dividida en tres partes parece que se van cumpliendo: un tercio con buenos ingresos, un 40% para ir tirando más o menos bien y otro tercio que las pasa canutas. Ni el salario medio, ni el mediano son para dar saltos, y no se ve tierra en lontananza.

    No hay porque creer en la maldad innata de nuestros gobernantes, pero cuando se tiene una Administración Pública sobredimensionada, con organismos redundantes y/o innecesarios, con hipertrofia de políticos y con sueldos vitalicios a gogó, la parte de la riqueza nacional que hay que destinar para mantener esta romería, que produce cinismo y desmoralización social, es elevadísima e impide destinarla a mejorar el país. Hay lo que hay, y no parece que haya nadie que sepa, quiera o pueda hacer que haya lo que tendría que haber. La sociedad civil, que casi siempre ha estado por encima de la, llamémosla así, clase política, tendría que urgir la necesidad de un gran pacto para solucionar conflictos históricos y para dar ese gran salto adelante, que tanto se necesita, para colocar al país en el lugar en donde debería estar.

     

     

     

     

     

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