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  • 23
    Junio
    2015

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    Política y Administración gestión e iniciativas

    Una iniciativa del Ayuntamiento de Madrid y otras cuestiones.

    En los últimos días el Ayuntamiento de Madrid ha tomado una decisión importante: ha puesto la gobernanza de la Institución en manos de una Gerente, funcionaria del Estado y ex alto cargo de los Gobiernos de Aznar y Zapatero. Es de suponer que esa Gerente se rodee de otros funcionarios públicos para formar el armazón administrativo del Ayuntamiento de Madrid.

    Sí la Alcaldesa consigue, con esta iniciativa, deslindar el “que hay que hacer”, que es una competencia de los políticos electos, del “como se hace” , que es un cometido administrativo, habrá dado un paso fundamental para asegurarse un mandato que, al menos , esté presidido por la lógica, y previsiblemente por el acierto.

    Sería ya pedir demasiado, al menos por el momento, que ningún cargo político participase en las decisiones administrativas. Más claro y un ejemplo: sí el poder político, se supone que asesorado, decide construir una nueva línea de metro (”que hay que hacer”) debe de finalizar ahí su cometido, y desde ese momento pasar al ámbito técnico (“como se hace”) todo lo que resta, sin que ningún representante de la línea política municipal, valga la expresión, vuelva a aparecer por allí para nada. Separar estos dos ámbitos, el político y el técnico-administrativo, permitiría prescindir de esa legión de políticos liberados que pululan a la caza de un sueldo, y de su justificación, en Ayuntamientos, Comunidades y Ministerios.

    Ojalá Manuela Carmena, tal y como apunta, con el nombramiento de una Gerente Municipal consiga avanzar en ese camino. Llegar plenamente esa separación de funciones y cometidos necesitaría la modificación de muchas leyes; entre ellas la de Contratos y la de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas, pero ya es hora de empezar.

    Una separación así la ha tenido, durante muchos siglos, la Royal Navy. Los Lores del Almirantazgo, equivalentes al aparato político del Ministerio, no participaban en las reuniones de los Lores del Mar, que eran los Almirantes encargados de llevar a cabo las directrices marcadas por el aparato político. No les fue del todo mal.

    Manuela Carmena, que no estuvo muy brillante en la entrevista que mantuvo con Ana Pastor en la Sexta, ni en su defensa de dos concejales que no deberían de haber ido en su lista, ha tenido una excelente iniciativa; que cunda.

    Llaman la atención algunas posturas de varios Alcaldes electos que retiran, o cambian de sitio, retratos del Jefe del Estado o banderas que, por imperativo legal, deben de situarse en lugar preferente. Es posible que esto guste a algunos de sus votantes, por supuesto no a todos, pero, además de ser una torpeza de manual, no aporta nada al cambio que necesita este país; genera resistencias, fácilmente evitables, que lo hacen más difícil.

    Lo mismo pasa con el anticlericalismo decimonónico de varios de nuestros recién elegidos Alcaldes. La aconfesionalidad no está reñida con el respeto a las tradiciones y a los sentimientos, y un buen político tiene la obligación, sí de verdad es bueno, de saber conjugar todas estas variables.

    Cuando se estudian temas de gestión siempre aparece la figura del directivo obsesionado con, por ejemplo, la limpieza, a la que dedica un tiempo y un esfuerzo que no se corresponde con su verdadera importancia; se encuentra cómodo y ocupa su tiempo haciendo esto, mientras descuida lo verdaderamente importante, que por supuesto es más difícil. A nuestros Alcaldes se les elige, y se les paga, para gestionar un Ayuntamiento, y no para que ocupen su tiempo en fruslerías y nimiedades, que además aportan pocos votos, pueden restar muchos y ponen en duda su capacidad para resolver lo verdaderamente importante.

    Quitar y poner cuadros y banderas o ir, o dejar de ir, a determinados actos y ceremonias lo puede hacer cualquiera. Pero cualquiera no puede cambiar, ni tampoco intentarlo, una realidad que no complace a muchos. Y se supone que nuestros electos no son cualquiera, pero esta suposición tiene fecha de caducidad: dura cien días, a partir de ahí la suposición da paso a la realidad.

     

     

     

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