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POESÍA DESBOCADA
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Blog POESÍA DESBOCADA - Lauren García

Lauren García

Letraherido ferviente de sangre y castigo.

Sobre este blog de Cultura

Este espacio aboga por la inmediatez de la poesía y la literatura. Una apuesta por la creación poética como parte inherente del mundo; la propiedad insalvable de la voz en esencia pura e incorruptible.


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  • 02
    Noviembre
    2017

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    Cultura Oviedo

    EL CELULOIDE HECHO POESÍA EN AZAÚSTRE

    El reencuentro feliz de Joaquín Pérez Azaústre con la poesía llega con "Poemas para ser leídos en un centro comercial", tras la antología "Ella estaba detrás del laberinto", que recogía textos de poemarios tan emblemáticos como "Vida y leyenda del jinete eléctrico" y "Las Ollerías". La nueva obra del autor cordobés se presentará el 21 de noviembre en el Club de Prensa de La Nueva España de Oviedo y el 20 de diciembre en La Librería de Bolsillo de Gijón, junto a "La ética del fragmento" de Luis Artigue. "Poemas para ser leídos en un centro comercial" posee la celebración de la vida que resguarda la literatura como destino encomiable, como en anteriores libros de Azaústre el cine se inmortaliza al verso en escenas retenidas de plasticidad literaria. Aquí aparece su capacidad para contar historias, una mitomanía bien asumida y enraizada a la palabra para comprobar que el arte es un espectador privilegiado de la historia: "Me gusta mucho el plano, la luz hospitalaria/ que suaviza los muros transparentes./ Todo el mundo va a ser feliz en esta casa./ Esta bien diseñada. Hay ternura aquí dentro./ Levantad, carpinteros, vuestra viga maestra". "Doctor Zhivago", "La lista de Schindler", Paul Newman, Eva Green o Anita Ekberg surcan unas páginas en las que la poesía es un cúmulo de regocijo en un viaje desde Córdoba a Madrid o el contemplar una foto de Ava Gadner en el trasiego de un vermut en La Latina. La perfecta recreación del milagro del celuloide.

     

     

     

    PETRÓPOLIS

     

                   La tolerancia no era vista, como hoy, con malos

                  ojos, como una debilidad y una flaqueza, sino que

                  era ponderada como una virtud ética

                                            STEFAN ZWEIG

                                              El mundo de ayer

     

       En esta habitación de hotel no soy un hombre,

    ni soy un hombre más, ni un único hombre,

    ni mucho más que un hombre a punto de morir.

     

    El espejo del baño me muestra un hombre muerto,

    que ya sabe que ha muerto,

    que planeó la liturgia de las horas contadas

    y las pocas palabras que aún podrá escribir.

     

    No serán más que éstas:

                                       Yo transcribí del sol

    al lenguaje más vivo de todos los idiomas

    y crucé el continente en la calima

    del fuego incandescente, su griterío en domingo,

    la música de orquesta resonando

    al volver por la tarde por el campo de Viena.

     

    Yo acaricié en silencio la voz de Cicerón

    y salvé su cabeza de los pies del senado,

    y vi resucitar a Händel en Irlanda

    con robusted titánica al Mesías,

    y pude leer a tientas, en esa oscuridad

    mecida para un canto benévolo y tardío

    la Elegía de Marienbad de Goethe.

     

    Era el mundo de ayer, ése era el mundo

    que pudo ver nacer La Marsellesa

    tras tres horas geniales de una vida invisible,

    en la estela fulgente del viejo Dostoievski

    vivo como un león tras vencer al cadalso,

    suave como el viento en la tumba de Tolstoi.

     

    La flor del balneario, las noches espectrales

    de una mansión nodriza con todos mis amigos,

    pabellón de reposo del palacio de invierno.

     

    Ahora estoy aquí solo, en esa habitación

    y no tengo ni rumbo, ni unas señas,

    ni tampoco una carta de alguien que me espere.

     

    Los campos de exterminio no son ningún secreto,

    ni la estrella amarilla cosida a la chaqueta

    ni el expolio terrible de la casa de todos.

     

    Ya no me queda tierra, ni barro, ni ciudad.

     

    No soy un hombre joven, y en esta habitación

    morir al menos es un acto de conciencia.

     

    He desaparecido. Ya no tengo ni nombre

    y mis libros se queman, son el carbón del cielo.

     

    No tengo identidad, no tengo rostro

    ni nadie que me diga que soy Stefan Zweig

    y que una vez amé la ceniza de Europa.

     

     

    EL ÚLTIMO PISTOLERO

     

    Stalin ordenó la muerte de John Wayne

    por su anticomunismo notorio y radical.

    Tanto odiaba Stalin al actor

    que quiso terminar con su moldura

    de bronce cincelado con briznas de aire seco,

    con el cinto caído en la cadera

    y la funda a la altura de la mano.

    A finales de los cuarenta,

    John Wayne tenía ya un despacho propio

    en los estudios Warner:

    era fácil hallarlo con su amigo Jim Grant

    revisando guiones.

    Enviaron un agente de la KGB

    que se había hecho pasar por federal;

    pero algo adivinó

    el rocoso centauro del desierto

    en la mirada fría de una ejecucción

    venida desde el norte de Siberia.

    Las riendas del caballo entre los dientes:

    sacó el colt y le apuntó a la cabeza.

    Durante el rodaje de El fabuloso mundo del circo

    una tarde de lluvia en Barcelona,

    entro en una taberna y bebió con Lee Marvin,

    disfrazado de Gabriel Ferrater, que lo tumbó.

    El viejo pistolero caería años después,

    sin que Stalin ni nadie pudieran apuntarse

    la muesca de su muerte en el revólver.

     

    JOAQUÍN PÉREZ AZAÚSTRE-"POEMAS PARA SER LEÍDOS EN UN CENTRO COMERCIAL"- VANDALIA 2017

     

     

     

     

     

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