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Olaya Begara (Corvera) y Alejandro Bascoy (Avilés), psicólogos.

Sobre este blog de Salud

Una mirada a la vida cotidiana desde el apasionante mundo de la psicología.


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  • 16
    Junio
    2016

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    Oviedo salud psicología enfermedad mental trastorno mental

    El molde de la enfermedad mental

    París, 12 de noviembre de 1885. Jean-Martin Charcot llegaba tarde, una vez más, a su sesión clínica de los martes en el Hospital de la Petit Salpetriere. La lluvia no era novedad en la capital francesa por aquellos días, aunque si lo era la visita de un joven neurólogo llegado de Viena para asistir expresamente a su sesión semanal. Un por aquel entonces anónimo Sigmund Freud se había hospedado ese fin de semana en París para completar sus estudios sobre la histeria, y aprender de uno de los médicos más prestigiosos de la época. Imaginamos que también haría algo de turismo, aunque quizá sea mucho suponer. Los ayudantes ultimaban los preparativos ante un auditorio repleto de médicos, psicólogos, escritores y curiosos que deseaban aprender más sobre aquella misteriosa enfermedad de la que tanto se hablaba en Europa. No había una histeria como la que Charcot enseñaba, decían. En concreto, no había una histeria como la de Blanche Wittman, "la reine des hysteriques". No era el único caso que el Doctor Charcot mostraría ese día, pero las otras histéricas eran simples teloneras del gran espectáculo de la señora Wittman. Los murmullos se convirtieron en silencio sepulcral cuando Monsieur Charcot cruzó la puerta del auditorio. Los sonidos de papeles y plumas preparándose para una dura jornada de trabajo se entremezclaban con los movimientos de sillas donde la función iba a tener lugar. Charcot carraspeaba, y comenzaba una explicación legendaria para el mundo de la salud mental. Para él era solo la descripción sobre los mecanismos y características de la histeria, para muchos psicólogos y psiquiatras, la mayor muestra de cómo funciona en parte eso que llamamos "enfermedad mental".

    De existir como tal hoy día, la histeria sería un trastorno mental más. No en vano, era la enfermedad mental por excelencia del Siglo XIX. Ser histérica era ir a la moda. Claro que lo de histeria tampoco es que se lo haya sacado de la manga el señor Charcot. El nombre ya viene de antiguo, concretamente de unos 2200 años antes que el neurólogo francés, y más concretamente de Hipócrates, quien veía en la histeria (hysteria) una enfermedad uterina (no en vano, hysteria significa matriz) que afectaba exclusivamente a las mujeres. Platón fue más allá, y hablaba de que dentro de esas mujeres había un "animal sin alma". Esta animalidad, muchas veces representada comportamentalmente como "goce sexual" hizo que las mujeres consideradas histéricas fueran tildadas de brujas en la época del Malleus Maleficarum y la Inquisición, y quemadas en las hogueras por "pecadoras". Lo cierto es que la evolución de tal etiqueta a lo largo de la historia ha dado para muchos libros, pero volvamos al 12 de noviembre de 1885.

    Ya han pasado un par de horas y cuatro histéricas desde que Charcot entrara por la puerta. Era la hora esperada, salía Blanche Wittman al terreno de juego. Como enfermedad reconocida por aquel entonces, la histeria contaba con una serie de síntomas, fases y remedios. En la Salpetriere, Charcot describió una forma típica de histeria denominada "el gran ataque de histeria", que constaba de cuatro fases: fase epileptiforme, fase clounal (de clown, payaso en inglés), fase de actitudes pasionales (que recordaban a posesiones demoníacas) y fase delirante. Era una sintomatología cultivada en la Salpetriere, solo se daba con esa intensidad en el hospital parisino. ¿Cómo podría ser que una enfermedad mental se diese con tanta claridad en ese hospital, y no tanto -si es que siquiera se daba- en otros? A este fenómeno se le denominó "efecto Charcot". Es el proceso por el cual el médico o sistemas diagnósticos influyen y propician el propio fenómeno que describen. El neurólogo francés no inventó la histeria como tal, simplemente le dio forma, la moldeó. No creó el malestar en sus pacientes histéricas, pero sí contribuyó a crear un molde en el que este malestar debería mostrarse. El efecto Charcot, hoy día, hace referencia a la influencia que la cultura y los profesionales de salud mental tienen sobre la forma de expresar el malestar en la sociedad.

    El molde de la enfermedad mental

    Foto: De blanco Blanche Wittman, la Cristiano Ronaldo de las histéricas, en plena función. Sujetándola el señor Babinski y a su izquierda Charcot guiando la sesión clínica. Desconocemos la identidad de la señora de la derecha que baila el 'Chiki Chiki'.

    ¿Cómo está presente el efecto Charcot en nuestro tiempo?: Las nuevas formas de histeria

    De la misma forma en que Charcot marcaba la manera en que el malestar se debería mostrar en su tiempo, hoy día tenemos una serie de agentes que nos marcan la forma en que nosotros debemos mostrar un determinado trastorno mental. Inconscientemente, tenemos muy interiorizado cómo se da actualmente, por ejemplo, la depresión. Aunque no conozcamos los criterios exactos que son necesarios para recibir el diagnóstico, sí que tenemos muchísima información de su sintomatología general. El cine, los medios de comunicación, los libros, nuestra vecina del cuarto...estamos rodeados de muestras que nos cuentan y describen clichés y características sobre la enfermedad mental. Los manuales diagnósticos de enferemedades mentales, entre ellos el DSM o la CIE, que son los más comunes, son los Charcot del siglo XXI, siendo los psiquiatras y psicólogos clínicos sus ayudantes. En ellos encontramos la manera en que determinados trastornos han de mostrarse. Hemos aprendido que el malestar emocional hoy día se codifica como depresión, y que tiene una serie de sintomatología y de comportamientos asociados. Al hablar de depresión no nos referimos a un ente natural, a algo que nosotros podamos ir a buscar al cerebro sin más. No es algo que vayamos a encontrar en la segunda circunvolución del lóbulo parietal derecho. Realmente entendemos la depresión como un conjunto de síntomas, siendo esta una construcción social. Esto no impide, logicamente, que la serie de conductas a las que nosotros llamamos 'depresión' tenga unos correlatos cerebrales y biológicos cada vez más identificados. De esta manera, alguien no está triste y apático por estar deprimido, si no que estaría deprimido por estar triste y apático. Recientemente escuché a un compañero de profesión un símil bastante acertado sobre esta idea: el sol sale cada mañana, imaginemos que suponemos que algo lo empuja hacia arriba y a ese algo se le da un nombre. Con la depresión ocurre algo parecido, vemos los síntomas, suponemos que hay algo que los causa, y a ese algo lo llamamos 'depresión'.

    Esto nos enseña la -relativa- facilidad con la que un trastorno mental puede ser moldeado. No se debe confundir esto con una invención de los trastornos mentales, invención en tanto en cuanto a un grupo de malvados farmacéuticos reunidos en una mesa buscando vender medicamentos. Que a las farmacéuticas les interese encauzar ese malestar en un trastorno del cerebro para el cual ellos tienen la solución ya es otra cosa. Es necesario entender que el malestar emocional siempre se ha dado en la historia del ser humano, si bien este se ha demostrado, o exteriorizado, de manera diferente según la época histórica. Hoy día lo demostramos con lo que conocemos por depresión, o por ansiedad. Hace mil años se manifestaba con lo que se conocía por melancolía, y hace 150 años mediante la histeria. En este sentido, y a título personal, cabe ser pesimista en un posible 'descubrimiento' puramente biológico de las causas de los trastornos mentales y su sintomatología, en tanto en cuanto estos son reflejo o producto de la cultura imperante, y son por tanto cambiantes de acuerdo a lo establecido por los diversos 'Charcot' de nuestro día a día. Así, la salud mental está condenada a ir a la cola de la sociedad.

    Alejandro Bascoy

     

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