Blog 
PsicoactivaMente
RSS - Blog de Olaya y Alejandro

El autor

Blog PsicoactivaMente - Olaya y Alejandro

Olaya y Alejandro

Olaya Begara (Corvera) y Alejandro Bascoy (Avilés), psicólogos.

Sobre este blog de Salud

Una mirada a la vida cotidiana desde el apasionante mundo de la psicología.


Archivo

  • 02
    Abril
    2017

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Oviedo salud

    El postureo que nos rodea

    Corrían los años 60 y el sistema social y económico estadounidense crecía sin limites. La calidad de vida avanzaba a pasos agigantados, con cambios tan extremos que incluso el ser humano tenía que esforzarse para estar a la última. Coches, lavadoras, nuevos sistemas de transporte público, un avance espectacular de la medicina, de los edificios, de las calles, de la ropa y, en definitiva, del estilo de vida. Es característico del ser humano el intentar poner límites al progreso. Al fin y al cabo nacemos y aprendemos a funcionar en un mundo con unas reglas determinadas, y nos sentimos perdidos si estas reglas cambian más rápido de lo que nosotros podemos asimilar.

    Así, bajo una revolución en busca de ‘nuestro origen y nuestras raíces’, tuvo lugar el movimiento ‘New Age’ (Nueva Era), de corte humanista y contracultural cuyos objetivos eran justo los contrarios de los que luego la realidad impuso. Era la época de Woodstock, la época de los alucinógenos y del amor libre. Era la época, sobre todo, de la espiritualidad. De encontrarte a ti mismo, de la armonía con el universo. Era la época de la psicodelia como forma de vida, una nueva religión con el espíritu como Dios y el materialismo como Demonio. Era, en definitiva, la época del ‘be what you want’.

    Sin embargo, ese ‘be what you want’ (sé lo que quieras ser), mezclado con el materialismo y neoliberalismo cada vez más creciente al otro lado del Atlántico dio paso al peligroso ‘you are what you want’ (tú eres lo que quieres/has querido ser). Un lema y una idea que no han evolucionado mucho en los últimos años, si acaso se ha vestido con un modelito más acorde. ¿Qué hubiera pensado un hippie de los 60 si le hubiéramos dicho que su lema sería la base de esa figura tan ensalzada en el sistema neoliberal de hoy día, la del empresario emprendedor? La del ‘hazte a ti mismo’, la de ‘triunfar depende de ti’, la del empeño por destacar por encima de los demás, la de la competencia extrema entre seres humanos, la de la necesidad casi vital del ser y, sobre todo, sentirte superior a tu vecino de enfrente. La de triunfar, entendiendo por triunfar tener una tele más grande, un coche con un logo de un jaguar, un traje de un señor italiano y un reloj más caro. Es curioso cómo la función de un reloj hoy día no es marcar la hora, ni la de tener la tele disfrutar con tus programas favoritos, ni la de tener un coche desplazarte, ni la tener un traje no pasar frío. Hoy día la función de todos estos objetos sirven a una causa: mostrar nuestro poder adquisitivo, nuestro modo de vida: ‘mira que bien vivo’, ‘mira qué bien me hecho a mí mismo’. Por eso no resulta raro que se creen espacios donde mostrar de manera directa nuestra calidad de vida: las redes sociales.

    Instagram, Facebook y la función de las cosas

    En otro artículo de corte similar (‘Tú no eres un paquete de galletas’) ya tocamos por encima el tema de las redes sociales y el llamado ‘postureo’. También hablábamos de una importante frase, para el caso que nos ocupa, del filósofo surcoreano Byung Chul-Han, donde hacía una comparación bastante acertada entre la religión y el neoliberalismo de hoy día, no en vano ambas son ideologías, maneras de ver el mundo que nos ayudan a desenvolvernos en él. En su libro ‘Psicopolítica’ decía: “El neoliberalismo es la religión, el Facebook su Iglesia y el ‘me gusta’ su amén”. Es decir, esa visión de la que hablábamos del ‘you are what you want’ necesita un sitio donde ser practicada. Donde la gente vea todo lo que has conseguido, todo lo que has comprado, todo lo que has comido, todo lo que estás disfrutando y, en definitiva, lo bien que vives y lo mucho que te lo mereces. Ese sitio es Facebook, es Instagram, es Twitter o es la plaza del pueblo por donde paseamos nuestro Ferrari. De esta manera acudimos a ellos cuando sentimos que estamos haciendo algo que los demás podrían envidiar, o por decirlo de manera más suave: cuando sabemos que estamos haciendo algo que la sociedad valora. Porque por muy libres que nos creamos, lo que nos gusta solo es reflejo de lo que a la sociedad y a nuestro alrededor le ha gustado a lo largo de nuestros años de aprendizaje. Porque, en definitiva, nadie es menos libre que el que se cree libre de toda influencia. O como diría B.F. Skinner, “La verdadera falta de libertad es no conocer las causas de nuestro propio comportamiento". El ‘me gusta’, el corazón de Instagram o el RT de Twitter son los ‘amén’ de nuestros feligreses (seguidores). Con ellos compran nuestro producto, nos refuerzan y nos animan a seguir el estilo de vida que la sociedad nos marca.

    El postureo que nos rodea

    Una de las cosas más llamativas de las redes sociales y del llamado ‘postureo’ en general es cómo son capaces de cambiar la función de las cosas. Lo hablábamos antes, el cómo un reloj ya no sirve tanto para marcar la hora si no como objeto decorativo de nuestro cuerpo. Algo parecido podría ocurrir hoy día con la comida e Instagram. ¿Hasta qué punto la comida tiene como función alimentarnos, y hasta qué punto el ser ‘bonita’? Yo les digo una cosa y luego reflexionan: no hay comida más fea que la de mi abuela.

    Relacionado con esto mismo, surge la cuestión clave al hablar de postureo: ¿hasta qué punto hacemos las cosas porque nos gustan, o porque a los demás les podría gustar? Dicho de otro modo, ¿no estaremos llevando a cabo actividades que solo disfrutamos si podemos compartirlas en nuestras redes sociales?, ¿seríamos capaces de irnos de vacaciones a un lugar exótico sin compartirlo?, ¿nos restaría placer el no poder publicar en Facebook o Instagram nuestras aventuras, nuestras comidas, nuestras puestas de sol, nuestro amor y nuestra felicidad?

    Refuerzo social al por mayor

    Alguien dijo alguna vez que las experiencias que no pueden ser compartidas no son experiencias completas. En parte, creo, tiene razón. Somos seres sociales y (con)vivimos en la sociedad, siendo parte de ella. Hacemos lo que hacemos porque nuestro grupo de iguales lo hacen, y si no fuéramos así nos veríamos fuera del grupo, con las devastadoras consecuencias que ello tendría para el ser humano. De la misma manera necesitamos, casi o tanto más que el comer, que se nos refuerce socialmente. Que nos digan que somos personas valiosas, que hacemos las cosas bien, que somos parte importante de ese grupo que tanto apreciamos.

    En este sentido, las redes sociales nos aportan un refuerzo al por mayor. Subimos una foto a Instagram y en 10 minutos tenemos 50 ‘me gusta’. 50 refuerzos de 50 personas distintas, casi nada. El problema surge cuando empezamos a construir una mentira para poder obtener el refuerzo. Cabría preguntarse si las propias publicaciones ‘normales’ no son en sí misma una mentira. No en vano, ya mentimos cuando posamos para una foto, en el sentido en que estamos creando una situación artificial para un momento justo. Dejamos de lado la vida para abrazar una pintura de la vida, una recreación de ‘cómo deberíamos vivir’ creada en nuestro cuarto y a oscuras. Dejamos de vivir para empezar a aparentar que vivimos.

    Quizás deberíamos pararnos unos minutos a reflexionar sobre la vida en general (soy consciente que puede sonar muy profundo), y decidir si preferimos guiarnos por el ‘be -and show- what you want to be’ (se -y muestra- lo que quieres ser) o por el ‘let it be’ (déjalo ser/estar). Y es que la segunda opción, aparte de hacernos más libres, nos quita de la espalda ese peso de hacer lo que la sociedad espera de nosotros.

     Alejandro Bascoy

     

    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook