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Olaya y Alejandro

Olaya Begara (Corvera) y Alejandro Bascoy (Avilés), psicólogos.

Sobre este blog de Salud

Una mirada a la vida cotidiana desde el apasionante mundo de la psicología.


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  • 19
    Marzo
    2017

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    Oviedo salud

    Incongruencia individual y cambio social

    Uno de los aspectos más valorados en la sociedad de hoy día, y por tanto que más presión nos genera, es la integridad personal. El tener unos valores sólidos, unos principios y actuar consecuentemente de acuerdo con ellos. Bajo estas circunstancias, y con el intento de ‘ser fiel’ a uno mismo, nos encontramos casi a diario con infinitas incongruencias que nos obligan a elegir entre nuestros valores o algún otro tipo de circunstancia (hacer algo que nos resulta agradable, algo que ayude a los demás aun sabiendo que contradice nuestros principios, etc…). Esta incongruencia inevitable nos genera cierto malestar porque pone a prueba nuestra identidad, nuestro valor como persona en último término; y sentimos que estamos ‘fallando’ a la causa que defendemos.

    Ese malestar se acentúa cuando dejamos de lado nuestros principos por obtener un gusto personal. Sea por caso una persona vegetariana que un día no pudo resistirse a un plato de carne. O un fuerte defensor del ecologismo que un día, por estar cansado, decide ir a trabajar en coche, con la contaminación que ello supondría, en vez de ir en bicicleta. Es por eso que no es extraño que ciertas personas comprometidas con ciertas causas lleguen a un acuerdo consigo mismas, estableciendo una especie de ‘cláusula’ bajo la cual se permiten el lujo de saltarse sus propias reglas personales. Siguiendo el caso de una persona vegetariana, es común encontrarse personas que se permitan el consumo de carne los fines de semana, o en comidas fuera de casa.

    Hace unos días, hablando con una persona sobre feminismo, me comentaba que sentía cierta culpabilidad porque le gustaba maquillarse y era una apasionada de la moda. Eso, desde su visión feminista le generaba un conflicto consigo misma, y una gran incongruencia al considerar que tanto el maquillaje como la moda contribuían y surgían – en una retroalimentación contínua- a la objetivización del cuerpo de la mujer, es decir, al adorno de un cuerpo humano como si de un jarrón chino se tratase; lo que a su vez llevaría a relacionarse con la mujer como si de un objeto se tratase, y no como el sujeto que es.

    Algo parecido ocurre con el humor negro, aunque en este caso tendríamos que hacer muchas puntualizaciones. El humor negro, y por tanto arriesgado, suele tocar temas con los que estamos especialmente sensibilizados, pero a la vez nos suele hacer gracia. Nos enfrentamos a otra situación que nos genera culpabilidad, como si de nuevo estuviéramos fallando a la causa que tanto nos preocupa, al igual que el ecologista en su coche, la feminista maquillándose o el vegetariano comiendo carne.

     Incongruencia individual y cambio social

    (Foto: Robert Frank) 

    Nos exigimos luchar contra todo un sistema social

    Esta culpabilidad surge mayormente por nuestro empeño en ser el David contra Goliat. Por el querer derribar con nuestros actos personales un sistema social, un modo de vivir, que se ha ido construyendo a lo largo de miles de años, y que deconstruirlo costaría otro tanto.

    Siguiendo con el ejemplo del feminismo, es posible que ni siquiera nuestros tataranietos se acerquen a una igualdad real, seguramente estarán más cerca. Pero un cambio social, salvo muy contadas excepciones (revueltas obreras en la Rusia del comienzo del XX o la Revolución Francesa) conlleva muchos años de trabajo, y sus avances son casi inapreciables en el periodo de una vida.

    Es por tanto comprensible que esta falta de progreso ‘palpable’, unida a esos pequeños gestos inevitables en los que traicionamos nuestros principios nos generen malestar. Sin embargo, como seres sociales que somos, es una locura tratar de vivir a espaldas o contra la sociedad. Al fin y al cabo, vivimos en un mundo que, por norma general, nos refuerza si vamos bien vestidos o maquillados, nos dicen lo guapos que estamos y eso es algo que, simplemente, nos gusta. Nos hace darnos valor. No tiene por qué ser incompatible el maquillaje (abusando ya del ejemplo, pero me parece clarificador) con el saber que este proviene de un sistema patriarcal que objetiviza el cuerpo de la mujer. De hecho, reconocer que es nuestra cultura la que marca en gran medida qué es lo que nos gusta y que no, es ya un gran paso. Sería importante recordar que ’lo que nos gusta’ no es una creación genuinamente nuestra. No nos gusta vestirnos elegantes porque hayamos nacido con un cerebro con un gusto especial por las corbatas o los tacones, si no que es más bien una consecuencia de lo que a la gente de nuestro alrededor le ha gustado a lo largo de nuestra historia de aprendizaje, a lo largo de nuestra vida.

    Estar comprometido con una causa es importante, y llevar conductas a cabo para hacerla realidad, mucho más. Aunque sean conductas individuales. Pero a la vez tenemos que aceptar las irremediables incongruencias que surgirán. Y no culpabilizarnos por ellas, ya que al fin y al cabo un gran cambio social requiere más de políticas sociales que individuales, por mucho que lo personal sea político, y viceversa.

    Alejandro Bascoy

     

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