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Olaya Begara (Corvera) y Alejandro Bascoy (Avilés), psicólogos.

Sobre este blog de Salud

Una mirada a la vida cotidiana desde el apasionante mundo de la psicología.


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  • 20
    Julio
    2017

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    Oviedo salud

    La función y la forma de la conducta

    En uno de los diálogos de Pulp Fiction, la película más exitosa de Quentin Tarantino, Jules Winnfield (Samuel L. Jackson) le cuenta a su socio, Vincent Vega (John Travolta), las consecuencias que para un hombre ha tenido dar un masaje en los pies a Mia Wallace (Uma Thurman), esposa del jefe de ambos. Por lo visto el marido de Mia Wallace no vio con buenos ojos ese masaje, lo que origina una discusión entre los personajes de Samuel L. Jackson y Travolta sobre la “gravedad” que un masaje en los pies pueda tener. La conversación sigue así:

     

    -          (Travolta) ¿Y qué hizo, follársela?

    -          (Samuel) No, no, no. Nada tan grave.

    -          (T) ¿Qué hizo entonces?

    -          (S) Le hizo un masaje en los pies.

    -          (T) Un masaje en los pies… ¿Sólo eso? […] Aún así debo decir que te puedes quemar si andas jugando con fuego.

    -          (S) ¿Qué quieres decir?

    -          (T) Que no se le hacen masajes en los pies a la nueva esposa de Marcelus Wallace

    -          (S) ¿No crees que se pasó un poco?

    -          (T) Bueno…Antoine no se esperaría eso, pero seguro sí esperaba alguna reacción.

    -          (S) Fue un masaje en los pies…un masaje en los pies no es nada. Yo le hago masajes en los pies a mi madre.

    -          (T) No, es tocar a la esposa de Marcelus de una forma familiar, ¿es tan grave como comerle el coño? No. Pero es el mismo jodido juego.

    -          (S) Espera un poco, comerle el coño o masajearle los pies no es la misma jodida cosa.

    -          (T) No lo es, pero es el mismo juego.

    -          (S) Tampoco es el mismo jodido juego. Oye, tal vez tu método de masaje no sea como el mío; pero tocarle los pies a su mujer o darle lengüetazos en su sagrado agujero no es el mismo juego. No es la misma liga. Ni siquiera es el mismo deporte. Un masaje en los pies no significa un carajo.

    -          (T) ¿Has hecho muchos masajes en los pies?

    -          (S) A mi no me hables de masajes en los pies. Soy el jodido maestro de los pies.

    -          (T) ¿Has hecho muchos?

    -          (S) Joder sí. Perfeccioné tanto mi técnica que apenas hago cosquillas.

    -          (T) ¿Te importaría masajearle los pies a un hombre?

    -          (S) …………. Vete al cuerno […] El hecho de que yo no le haría un masaje en los pies a un hombre no justifica lo que ha hecho Marcelus. Eso no está bien.

    -          (T) Yo no digo que esté bien. Pero tú dices que un masaje en los pies no significa nada y yo digo que sí. Mira, le he hecho millones de masajes en los pies a muchas mujeres y todos han significado algo. Se finge que no es así, pero lo es, porque eso es lo más cojonudo que tienen. Estás haciendo algo muy sensual y no se habla de ello, pero tú lo sabes y ella también. El jodido Marcelus lo sabía y Antoine tendría que haberlo sabido.

    -          (S) Interesante observación.

     

    Como nos gusta sacar las conclusiones antes de explicarlas, nos posicionamos más a favor de Travolta. Aquí defenderemos que dar un masaje en los pies no solo es el mismo deporte, si no que es la misma liga e incluso es el mismo juego. Por la sencilla razón de que lo que nos interesa de la conducta del ser humano no es la topografía de la misma, si no la función o la intención con la que nosotros realizamos esa conducta. Por ejemplo, podemos beber agua de mil formas distintas (de la botella, en un vaso, del grifo directamente, pedirle a un amigo que nos dé de beber), pero todas ellas son funcionalmente iguales, tienen la misma intención. Que lo hagamos de una forma u otra es algo méramente anecdótico, visual, porque el significado de la conducta seguirá siendo el mismo.

    De la misma manera, y en el caso del masaje en los pies, podemos compartir un momento de carácter sexual manifestándolo de mil maneras distintas, desde manteniendo relaciones sexuales hasta una simple mirada, unas palabras o unos gestos. La topografía o morfología de todas esas conductas son muy distintas, pero todas ellas comparten su función, su significado, al igual que lo hacen las conductas de beber del vaso o de la botella. Podríamos decir que, desde el punto de vista psicológico, dar un masaje en los pies y mantener relaciones sexuales es el mismo comportamiento; y si es distinto es por la importancia que como sociedad le otorgamos a ambas conductas.

     Obviamente, todas ellas son también distintas en el sentido de que pueden ser más o menos llamativas, pero eso es algo que realmente no nos interesa a los psicólogos que tratamos, en un momento determinado, de cambiar ciertas conductas.  Por eso es tan relevante poner el énfasis en la intención con la que nosotros nos comportamos, porque es lo que nos va a responder a la pregunta de por qué hacemos lo que hacemos. Yo bebo agua porque tengo sed y la función de mi conducta es calmar mi sed. Yo doy un masaje en los pies porque me siento atraído por esa persona, y la función de mi conducta es crear un ambiente sensual entre ambos. Realmente si esa conducta es más o menos manifiesta nos da igual, porque si queremos, llegado el caso, cambiarla o simplemente entenderla, tendremos que ir al ‘por qué’; tendremos que preguntarnos por qué la persona hace lo que hace, sin prestarle tanta atención al cómo lo hace.

    Toda esta distinción entre función y forma, que roza más la filosofía que la psicología, está en la base de una de las herramientas básicas más potentes para cambiar el comportamiento humano de las que disponemos: el análisis funcional. El análisis funcional de la conducta es una ciencia por sí misma, derivada de una corriente filosófica conocida por ‘Conductismo Radical’, originada por B.F. Skinner. la idea del análisis funcional es simple: se trata de indagar, para una determinada conducta, las relaciones que tiene con ciertas variables contextuales que la influencian; siendo esto la base de la corriente de las llamadas terapias contextuales o de tercera generación.

    Dentro del análisis funcional se trata de establecer una relación entre el contexto y la conducta, y cómo estos se influyen mutuamente. Es importante aclarar que con el contexto nos referimos a TODO lo que ocurre justo antes de la conducta y TODO lo que ocurre justo después, incluyendo así mismo variables biológicas, sentimientos o incluso el calor que hace en ese momento.

     La función y la forma de la conducta

     

    La importante distinción entre el cómo y el por qué

     

    Uno de los grandes problemas a los que nos enfrentamos hoy día a la hora de tratar, por ejemplo, problemas mentales, es la confusión filosófica que aún tenemos entre el cómo y el por qué de las cosas. Decimos problemas mentales como podríamos aludir a cualquier otro tipo de conducta, ya que ambos casos se rigen, para el conductismo radical, por los mismos principios de aprendizaje; si acaso el término ‘problemas mentales’ tendrá mucho más que ver con lo que la sociedad y la cultura entiende por ‘anormal’ que por un mal funcionamiento cerebral de la persona. Aunque esto daría para otro debate mucho más amplio.

    El caso es que esa distinción entre el cómo y el por que, o mejor dicho; esa confusión, marca en gran medida la manera en que nos enfrentamos a los trastornos mentales.

    Pongamos el caso de que estamos tomando un café frente a una cristalera y vemos pasar a una mujer corriendo a toda prisa, ¿cómo podríamos explicar ese significado? Desde un punto de vista biológico, que es el predominante hoy día en salud mental, podríamos explicar que esa mujer está corriendo porque se están activando ciertas zonas en su cerebro que envían ciertos impulsos a ciertos músculos. Desde un punto de vista más psicológico, conductual, podríamos simplemente preguntarle a esa mujer por qué corre. Sería extraño que esa persona nos aluda a componentes biológicos; más bien nos diría que corre porque llega tarde al autobús. Es decir, ya tenemos la función (llegar a tiempo) de la conducta (correr). Si en vez de correr, esa persona muestra ansiedad, podríamos decir que a nosotros nos da un poco igual, en el sentido en que tanto la ansiedad como la conducta de correr dependen del mismo factor, en este caso, e incluso la solución a ambas conductas será la misma.

    Quizá ambas posturas puedan ser ciertas, pero nos ofrecerán soluciones distintas. Suponiendo que el correr sea un problema, desde la primera postura la solución pasará por desarrollar un fármaco que impida, por ejemplo, que esos impulsos cerebrales lleguen a los músculos que permitan el movimiento. Desde la segunda postura, lo recomendable sería desarrollar conductas que le permitan llegar con más tiempo al autobús (comprar un despertador, preparar el desayuno el día antes para dejarlo hecho, poner más alarmas…).  Cabría preguntarse si ambas posturas están en el mismo plano, o por el contrario estamos respondiendo a preguntas distintas, ¿acaso no encaja más la postura biológica en una respuesta al cómo (por activación de zonas cerebrales) y la psicológica al por qué (llega tarde al autobús)?

    En todo caso, responder al por qué alguien hace algo nos obliga necesariamente a acudir a la función de la conducta, mientras el cómo lo hace pertenecería a la forma. Es por ello por lo que un masaje en los pies puede ser lo mismo que una relación sexual, si la intención y el mensaje que mandamos con ello en ambos casos son similares, pese a que sean conductas topográficamente tan distintas, tanto a nivel visual como, probablemente, cerebral. Es por eso también por lo que la psicología no puede, ni debe, dejarse invadir o ser explicada desde un reduccionismo biologicista, pese a que las instancias biológicas y psicológicas tengan que ir muchas veces de la mano.

    Es por ello también, por lo que nunca debemos dejar de lado a la filosofía, al fin y al cabo nos permite responder preguntas tan importantes como si un masaje en los pies es tan grave como lo pinta Vincent Vega.

    Alejandro Bascoy

     

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