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Olaya y Alejandro

Olaya Begara (Corvera) y Alejandro Bascoy (Avilés), psicólogos.

Sobre este blog de Salud

Una mirada a la vida cotidiana desde el apasionante mundo de la psicología.


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  • 07
    Junio
    2017

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    Oviedo salud

    La insoportable levedad del malestar

    Quizá por nuestro afán de supervivencia, el ser humano ha sido clásicamente, y lo seguirá siendo, un ser temeroso, fóbico, escéptico de todo lo nuevo y de cualquier evento, objeto o fenómeno que le pueda reportar un perjuicio. Evitamos todo aquello que nos pueda dañar, que haga peligrar nuestra vida. Lo cual no es para nada malo, todo lo contrario, nos ayuda a vivir el máximo de años posibles bajo las mejores condiciones posibles, y el mínimo de estrés posible.

    Sin embargo, hemos de reconocer que en ocasiones muchos de nuestros miedos son infundados, bien porque anticipamos un peligro que luego no es tal, o bien porque entendemos como perjudiciales ciertos fenómenos que son inseparables de la condición humana. Este es el caso de las emociones negativas, de las que ya hablamos en otro artículo anterior.

    Esta manera de actuar tan común en plena Era de la Felicidad consiste en la necesidad inflexible de actuar para no entrar en contacto con el malestar o para escaparse del mismo, resultando que tal malestar se extiende, e incluso se puede intensificar, y lo más importante: conduce a una limitación en hacer la vida que uno quiere. Dicho de otro modo, es una manera de enfrentarnos a la realidad que nos pone entre la espada y la pared, porque no proporciona esa vitalidad que, en teoría, la felicidad reportaría, sino que la envuelve en un sufrimiento en el que resulta cada vez más atrapada. No soy feliz porque me preocupo de no ser feliz.

    El resultado, a la larga, es una gran insatisfacción personal y con el mundo, que resulta no ser tan ‘happy’ como el merchandising del positivismo nos lo quiere pintar. Sin embargo, esto no ha de demonizar el hecho de que, puntualmente, escojamos no enfrentarnos a determinadas situaciones que nos generen malestar – no se trata de ir pegándose cabezazos por la calle-, ya que el actuar de tal forma en un momento dado, y no como patrón general, no desencadenaría una insatisfacción permanente en la persona.

    El absurdo autoengaño del ‘se feliz’

    En otro artículo anterior ya hablamos de la dictadura de la felicidad en la que vivimos. Continuamente nos vemos rodeados de mensajes positivistas, que nos animan a ver de color de rosa la realidad y a sacarle la puntilla positiva a todo evento que nos ocurra. Hoy estamos obligados a ver lo positivo dentro de una ruptura de pareja, a ver lo positivo dentro de un despido, a ver lo positivo dentro de que se queme tu casa, e incluso algunos aventureros de disciplinas afines a lo ‘happy’ se atreven a plantear lo positivo de padecer una seria enfermedad.

    Es necesario ponerle freno a esta locura de optimismo, de irrealidad. Es necesario decir ‘basta’ y dejar bien claro que no hay nada de positivo en que tu empresa te despida. Que es un palo duro y que tienes todo el derecho a no tener ganas de hacer nada, a estar triste, a no querer hablar con nadie y reservarte unos días para tu propia reflexión. Querer disfrazar un evento que trastoca de manera tan negativa nuestra vida como un despido, una ruptura, o una enfermedad, es igual de absurdo que tratar de convencer a alguien de que el sol es verde y no amarillo. El sol es amarillo, y una ruptura genera tristeza. Punto. Acéptalo. ¿Qué la vida sigue?, ¿qué no es el fin del mundo?, ¿Qué encontraras otro trabajo? Sí, es muy probable, pero sientente en el derecho de estar triste, porque es la emoción natural ante un evento de este tipo. Porque estabas viviendo tu vida bajo unas condiciones que, de pronto, han cambiado, y porque eso genera malestar.

    Aceptar nuestras emociones, volviendo a ser humanos

    Podríamos decir sin miedo a equivocarnos que la sociedad actual es la menos humana, o intenta ser la menos humana, de cuantas sociedades han tenido lugar. Y lo es porque trata de negar de facto la mitad de nuestras emociones, de nuestros pensamientos y conductas, que es precisamente lo que nos define como humanos. Querer borrar de un plumazo el 50% de nuestro ser no solo no consigue beneficios, si no que nos genera un conflicto que está en la base de la mayoría de problemas psicológicos que nos afectan. Desde las Terapias de Tercera Generación se conoce como ‘evitacion experiencial’ a este afán nuestro por evitar todo tipo de eventos y emociones negativas.

    La alternativa a ese patrón de evitación de nuestra propia naturaleza humana sería la aceptación psicológica, es decir, el estar dispuesto a notar, a contactar, a sentir y pensar lo que traigan, en cada momento, las circunstancias actuales según las historia personal. El estar dispuesto a aceptar las sensaciones y pensamientos problemáticos que las contingencias de la vida nos vayan aportando. Tan humana es la tristeza como la alegría, y ambas igual de necesarias para gozar de una buena salud mental.

    Se busca, en definitiva, que nuestra manera de actuar para con esos eventos privados (pensamientos, emociones) sea más flexible, tolerante y ajustada, en la cual la persona no tenga que necesariamente evitar o escapar de lo que siente o piensa, sino que pueda elegir responsablemente qué hacer en cada circunstancia según lo que valore verdaderamente como relevante para ella.

    Psicopatologizando la vida cotidiana

    Fruto de la evitación casi obsesiva hoy día por evitar emociones cotidianas como la tristeza, o el nerviosismo, surge la manera en que ‘tratamos’ las emociones. Las rupturas de pareja, los despidos, o las tristezas alargadas en el tiempo son muchas veces catalogadas como entidades clínicas, como una diabetes o un cáncer, que necesitan de un procedimiento médico y clínico para ser superadas. De esta manera, unas condiciones laborales pésimas que nos generen un malestar significativo, ya no serán tratadas o solucionadas por un sindicato, si no por una farmacéutica y un médico correspondiente. Las rupturas ya no serán sucesos normales en la vida de las personas, si no causas de enfermedad (en este caso depresión), que serán subsanadas con un antidepresivo. La tensión ante un examen tendrá en el cerebro y en la activación de una zona concreta su causa, y su solución pasará por una benzodiacepina.

    En definitiva, la pregunta última y que verdaderamente nos debería preocupar, es si no estamos patologizándonos a nosotros mismos, a nuestra manera de estar en el mundo y a las reacciones que, a menudo, son las más típicamente humanas. Hacer pasar por enfermedades las emociones negativas (o que nosotros asumimos como negativas, mejor dicho) es el último paso de una cadena que la dictadura de la felicidad lleva instaurando años. Hemos de tener cuidado, no vaya a ser que descubramos en nuestra búsqueda de la felicidad que el ser humano no es más que una enfermedad.

     

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