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Olaya y Alejandro

Olaya Begara (Corvera) y Alejandro Bascoy (Avilés), psicólogos.

Sobre este blog de Salud

Una mirada a la vida cotidiana desde el apasionante mundo de la psicología.


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  • 03
    Noviembre
    2017

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    Oviedo salud

    La psiquiatrización de los problemas sociales

    María acaba de llegar a casa de trabajar. Es sábado y todos sus amigos han quedado para cenar esta noche, pero ella se encuentra sin ganas. Ya hace días que le pasa. Ella dice que es por el trabajo, pero todo el mundo a su alrededor cree que le pasa algo más. Desde hace meses parece que no se ríe, que no habla, que no tiene ganas de nada. Dentro de poco hará un año trabajando en una conocida cadena de tienda de ropa. Era su primer trabajo y al principio estaba muy ilusionada. Era consciente de que las cosas no son fáciles para los jóvenes en el terreno laboral. Pero poco a poco se fue asfixiando cada vez más. Horas extra sin pagar, una jornada laboral agotadora por menos de 1000€ al mes, lo que ni siquiera le permite independizarse. No recuerda la última vez que salió con sus amigos ni puede planificar las vacaciones, básicamente porque no tiene. Un día se atrevió a plantearle a su superior la posibilidad de cogerse 15 días de descanso, pero su respuesta fue bastante clara: “hay mucha gente ahí fuera haciendo cola para ocupar tu puesto”.

    Al cabo de un tiempo, María decide pedir ayuda en Salud Mental: su psiquiatra le diagnostica ‘Síndrome de burnout’. Algo funciona mal en la cabeza de María.

    Paquito es un niño muy simpático de 10 años. A Paquito no le gustan las matemáticas, tampoco le gusta la sintaxis ni le interesan mucho las distintas capas que tiene la Tierra. A decir verdad, hay pocas cosas que le gusten a Paquito en el colegio. Será que Paquito es un niño raro, y prefiere las novelas de unicornios y magia, le gusta jugar con sus amigos y con la consola. Mientras el profesor explica el interesante temario de los números naturales y enteros, Paquito imagina que la clase es una especie de cárcel donde él y sus amigos han sido encerrados por los magos malos de la Consejería de Educación, y su misión es intentar escapar de allí. Imagina que en la escapada se toparán con dragones, con caballeros y guerreros con espadas láser. El profesor se da cuenta de que Paquito no atiende, que le cuesta concentrarse en las raíces cuadradas mientras imagina un mundo de dragones y magia. Se lo comunica a sus padres. Se dan cuenta de que le pasa lo mismo en Naturales y en Lengua Castellana.

    Sus padres están muy preocupados porque Paquito no atiende a las raíces cuadradas, que por lo visto son muy interesantes para un niño de 10 años. Llevan a Paquito al psicólogo. Paquito tiene TDAH. Algo funciona mal en la cabeza de Paquito.

    Isabel es una chica de 28 años. Isabel lleva estudiando desde que tiene 3 años, y sigue sin encontrar trabajo. Sus amigos y amigas ya se han independizado en su mayoría, tienen sueldos y un proyecto de vida más o menos estable. No entiende por qué es la única que no tiene acceso a un puesto de trabajo, cuando se pasa los días entregando currículums. Empieza a pensar que es culpa suya, que no es válida o que tiene algo que no gusta. Lleva más de un año intentando encontrar trabajo y se empieza a frustrar, a darlo por imposible. 28 años y no tiene un proyecto de vida. No sabe nada, ni qué hacer, ni cuándo, ni dónde estará el mes que viene. O si estará. Desde casa le presionan mucho. Un día Isabel explota con un ataque de pánico que deja boquiabiertos a sus padres. “Esta niña está loca”, piensan.

    Llevan a Isabel a Urgencias, y estos la mandan a Salud Mental. Isabel es diagnosticada de Trastorno de Ansiedad Generalizada, con ataques de pánico. Le recetan ansiolíticos, porque algo funciona mal en la cabeza de Isabel.

    Algo funciona mal en la cabeza de mucha gente. Pero, ¿y si le damos la vuelta? ¿y si es el contexto el que está funcionando mal?, ¿y si es el sistema social el que pone unas exigencias sobre parte de la población de imposible cumplimiento?, ¿y si estamos aportando unas soluciones individualizadas que no atacan al origen del problema, si no a sus consecuencias?, ¿y si estas ‘soluciones’ tan solo estuvieran contribuyendo a la masificación del problema?

     No está de moda la reflexión, no está de moda analizar las verdaderas causas por las que suceden las cosas, sobre manera en el ser humano. Nos quedamos en un nivel superficial, en el funcionamiento de la persona sin pasar a preguntarnos de dónde viene o qué provoca ese fenómeno. Como si por el mismo pudiese ser explicado. Como si explicáramos el movimiento de una bola de billar por la acción de la bola blanca y no por el taco que la golpea. Así, explicamos comportamientos desde el cerebro de la persona, desde su interior, casando con ese pensamiento erróneo de la sociedad neoliberal: tu comportamiento depende de ti, tus sentimientos y padecimientos dependen de ti, tu sueldo y tu posición social también. El cerebrocentrismo, la ideología neoliberal y la superficialidad de esta sociedad emanan de un mismo problema: la falta de filosofía en nuestros tiempos.

    Si tienes depresión es tu problema, es porque algo funciona mal. Tan paupérrimo es nuestro análisis de las cosas que en ningún momento nos cuestionamos el por qué una persona puede sumirse en un estado depresivo, el por qué un niño no atiende, el por qué alguien no tiene ganas de nada. O mejor dicho, sí que lo analizamos, pero lo hacemos desde el prisma de quien tiene una posición de poder. Lo hacemos desde el prisma de a quien el sistema social le está beneficiando.

    ¿No es acaso normal que María no tenga ganas de nada? Puede que María esté sufriendo explotación laboral. ‘Explotación laboral’, esa expresión que nos han hecho creer desaparecida o propia de países tercermundistas. Confundimos explotación laboral con esclavitud, y creemos necesario un látigo para que algo sea considerado explotación. Pues no. Explotación es que tu jefe sea la persona más rica de tu país, y su hija la segunda; y que tú trabajes más de 50 horas semanales, sin vacaciones y solo con los domingos libres por menos de 1000€. No es síndrome de burnout, llamémoslo por su nombre: explotación laboral. María no está enferma, está en un contexto que la oprime y no le permite más que un minimo disfrute semanal. Transformar una situación laboral precaria en una enfermedad mental tiene un nombre: psiquiatrización de los problemas sociales.

    ¿No es acaso normal que a Paquito le guste pensar más en dragones que en algoritmos matemáticos? ¿Es que acaso nos hemos vuelto locos nosotros? La sociedad del rendimiento, eso que intenta transformar la sociedad en un mecanismo de producción fordiano, nos hace creer que lo normal es que un niño de 10 años sea capaz de estar atento durante seis horas seguidas en clase, escuchando cosas que, sinceramente, le deben importar bien poco. Al menos a mi no me importaba mucho el Mínimo Común Múltiplo y el Máximo Común Divisor. Más bien se me iba la cabeza a qué haría en un hipotético combate Pokémon con mi amigo de siempre. Es que igual no hemos caído en la cuenta de que el ser humano no es una máquina, de que no tiene por qué estar atento y receptivo las 24 horas del día. Ni siquiera 12, ni siquiera 4 horas. ¿Alguien se ha preguntado si no estamos asumiendo como normales aquellas leyes que se derivan del sistema social? Transformar esto en patología tiene un nombre: psiquiatrización de los problemas sociales.

    ¿Acaso no es normal estar deprimido, ansioso, malhumorado, frustrado, por no encontrar trabajo? No poder establecer una línea vital a seguir, un proyecto vital en el sentido sartriano. Asistimos a una época de desempleo voraz y de precarización del mismo. Una época donde, los que tienen la fortuna de contar con empleo, no pueden construir su vida alrededor del mismo por su inestabilidad, por su movilidad. Vivimos en el cambio y en la angustia constante, y esa inestabilidad es fruto del sistema social en el que nos encontramos. De esa llamada globalización que tanto se pregonó y que, con sus beneficios, también acarrea muchas consecuencias psicológicas. Convertir esa inestabilidad laboral y vital en trastorno mental tiene un nombre: psiquiatrización de los problemas sociales.

    Es necesario abrir un debate sobre el papel de los fármacos y tratamientos psicológicos en este campo. Cuando recetamos ansiolíticos o llevamos acabo una terapia con Isabel estamos asumiendo un punto de vista individiual. Queramos o no, situamos la culpa en Isabel y planteamos el cambio en Isabel. Esto tiene un doble efecto, por un lado no atacamos el problema real (desempleo y precarización laboral), si no que nos quedamos intentando parar esa bola blanca golpeada por el taco. Por otro lado, al situar la culpa en Isabel le reforzamos esa idea de que la culpa está en ella misma. Ella, que no se adapta a las exigencias. Ella, que no es válida. Ella, que no ha sabido manejar la situación. Ella, que ha tomado malas decisiones. Ella, que es menos que los demás. ¿Qué efecto psicológico tendría esto?

    Lo mismo ocurre cuando a Paquito le recetamos anfetamina. Cuando le dopamos para que sea capaz de adaptarse a las exigencias de su entorno. ¿Cambiar el entorno para que sea mas sencillo adaptarse para todo ser humano? ¡Por Dios, no digas tonterías! Ni siquiera nos lo cuestionamos, ni si quiera cabe hacerse la pregunta de si los niños están preparados para atender a cosas que no les importan durante 30 horas semanales.

    ¿Y qué pasa con María? Será que María es una vaga. “Pues si tanto te quejas, haber montado tu propia empresa”. Ya hemos dado el paso de asimilar la explotación laboral como algo normalizado, pero estamos dando un paso extremadamente más peligroso. Por lo menos en años pasados la explotación laboral tenía su respuesta comunitaria, sus rebeliones, la asociación entre explotados contra explotador. Esto hoy día es impensable, porque tal ha sido el triunfo del individualismo y la psiquiatrización que asumimos esta situación como “lo que toca”. El individuo se refugia en su propia miseria convencido de ser culpable, dirigiéndose a sí mismo la culpa y sumiéndose en un estado depresivo que le conduce a la inacción más permisiva. Permisiva para con el triunfo de una clase social que ha visto en la patologización de su explotación el arma más efectiva para continuar con su posición de poder.

     

    Alejandro Bascoy

     

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