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Olaya Begara (Corvera) y Alejandro Bascoy (Avilés), psicólogos.

Sobre este blog de Salud

Una mirada a la vida cotidiana desde el apasionante mundo de la psicología.


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  • 15
    Octubre
    2017

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    Oviedo salud

    Lo que nos hace humanos

    Al igual que ocurría con la primera entrega de Ridley Scott, la nueva de Blade Runner rompe los límites de película de entretenimiento. Usa el arte cinematográfico como una excusa para formular -que no responder-  una de las preguntas más recurrentes en filosofía: ¿qué es lo que nos hace humanos?  Una cuestión capital que rápidamente se descompone en otras igualmente opacas y retorcidas: ¿puede un robot sentir amor?, ¿es necesario recurrir a planos dualistas (alma, espíritu) para diferenciar a un ser humano de un imitador del ser humano? ¿Qué papel juegan en todo esto los sentimientos y las emociones?

    El ser humano siempre ha tendido a creerse bastante más de lo que es. No en vano, nos permitimos el lujo de inventar un Dios y afirmar sin duda alguna que nosotros éramos tan perfectos que solo podríamos haber sido hechos por él. Entonces llegó Aristóteles y nos evidenció que no, que estábamos hechos de la misma pasta que un caballo, un burro, una lechuga o el barro: éramos una parte más de la naturaleza; más evolucionada, pero una parte más al fin y al cabo.

    Aristóteles nos hizo pupa, pero aún nos quedaba nuestro planeta: sin duda el mundo giraba alrededor de la Tierra, éramos el centro del universo. La ilusión de ser el ombligo del mundo nos duró unos cuantos años. Hasta que apareció Copérnico para decirnos que no, que tampoco nuestro planeta era especial, y que de hecho era la Tierra la giraba alrededor de “algo”, y no viceversa. Y que además éramos una parte ínfima del universo.

    Ahí ya estábamos algo desesperados. Algunos sospechaban que igual tan importantes no éramos. Pero nos seguíamos aferrando a lo poco que nos quedaba, y apoyándonos en Descartes y Kant quisimos establecer una nueva diferencia: los seres humanos nos distinguimos por ser ‘racionales’. Pero ahora Donald Trump es presidente de los Estados Unidos y se nos vuelve a tambalear el chiringuito.

     Así que a la pregunta de: ‘¿qué es lo que nos hace humanos?’ lo único que me sale responder es ‘creernos especiales’. Lo que nos lleva a formular la pregunta definitiva: ¿podría un robot llegar a creerse especial, diferente al resto?

    Lo que nos hace humanos

     

    Imaginemos imaginar

    Dentro de la nueva entrega de Blade Runner (no hay espoilers de esos, quédense tranquilos y tranquilas) hay un personaje que, personalmente, destaca sobre el resto. Ana de Armas interpreta el papel de un programa informático que simula ser la pareja de Ryan Gosling, al más puro estilo ‘Her’. Cabría preguntarse si el amor que el personaje muestra es ‘real’ o tan solo algo preprogramado para que así sea. El caso es que tratando de responder esta pregunta, nos vemos obligados a responder otras primero: ¿Qué es el amor?, ¿es acaso nuestro amor real? ¿Cabe si quiera la distinción entre real o ficticio?

    Sin pretender caer el metáforas informáticas (que bastante hemos sufrido en el gremio de la psicología ya), ¿no estamos acaso preprogramados los humanos para demostrar nuestro amor de determinada forma?, ¿no nos instala la sociedad un sistema operativo de acciones y patrones de relación con los demás? La tesis que se trata de defender aquí es que no hay mucha diferencia, si es que acaso la hay, entre preprogramar un robot para que se comporte de determinada forma, a que la sociedad moldée de manera continua nuestro comportamiento para que nos comportemos de determinada forma.

    Por otro lado, eso que conocemos como ‘amor’ es una manera de sentir y de comportarnos que tiene una misión de fondo: sentirnos aceptados, queridos y partícipes de una comunidad. La cultura en la que estamos inmersos ha desarrollado con el paso de los años una suerte de caminos para alcanzar tal aceptación e integración entre los nuestros: las relaciones de pareja, las amistades, la familia, los compañeros de trabajo, las ideologías…todo ello responde a una misma necesidad: la de comunidad. Desde un beso de buenas noches a nuestra pareja a una cena de equipo, siempre encontramos en el fondo el refuerzo de sentir aceptación.

    La necesidad de pareja, de amigos o de familia son factores específicos que la cultura en la que estamos inmersos nos hace desear y necesitar. El amor romántico no deja de ser una construcción social que difiere bastante de una cultura a otra. Y bajo el supuesto de que tal amor romántico no deja de ser una serie de comportamientos que hacemos, y que han sido moldeados a lo largo de los años, no veo razón por la cual una Inteligencia Artificial, diseñada bajo los mismos principios del aprendizaje que un ser humano, pudiera desarrollar los mismos comportamientos que nosotros en temas amorosos, sentimientos incluídos.

    Así que juguemos a imaginar que la ciencia psicológica ha avanzado tanto como para poder calcular y establecer con total certeza los procesos de aprendizaje y comportamiento del ser humano. Y que somos también capaces de traducirlo de cierto modo que pueda ser implantado en una ‘cosa’ para que reproduzca nuestro comportamiento, ¿qué diferencia habría entonces?, ¿tendría ese robot la necesidad imperiosa de sentir aceptación por parte de los demás?, pero, ¿es que acaso todos nosotros tenemos la misma necesidad de afecto?

    Otro argumento para establecer un criterio de qué es aquello que nos hace humanos es recurrir a la clásica pero en el fondo absurda diferenciación entre ‘natural’ y ‘artificial’. Como si un robot o una construcción humana no fuera ‘natural’. Hace más de dos mil años que nos avisaron que somos una parte más de la naturaleza, y por tanto nuestras creaciones y operaciones sobre el mundo también forman parte de lo natural. Sin embargo seguimos viendo más natural el nido de un pájaro que un edificio en Nueva York, cuando ambas operaciones comparten la misma funcionalidad, solo que nosotros hemos obtenido un conocimiento llamado ‘arquitectura’ que el colibrí aún no ha desarrollado, o sí lo ha hecho pero a un nivel más básico. Un robot seguiría siendo natural en la medida en que ha sido moldeado por nosotros, al igual que el medio natural nos ha moldeado a nosotros a lo largo de la historia.

    Parece difícil establecer una diferencia entre un robot y un ser humano sin acudir al mundo místico del dualismo: el alma, el espíritu, la esencia. Palabras que nunca han significado mucho más que una ilusión al más puro estilo religioso. Nos vemos obligados a recurrir a falacias mereológicas para querer siguiendo siendo especiales. En el fondo todo se trata de una obsesión continua por la diferenciación respecto al resto de cosas, a ese empeño intrínseco del ser humano que se resiste a formar parte de un todo, y que quiere seguir siendo especial a toda costa. Sin duda, si algo nos hace humanos es ese empeño por sentirnos especiales.

    La conclusión es que es posible que preguntarnos por aquello que nos hace humanos sea algo absurdo. Quizá es la hora de aceptar que somos tan indistinguibles del resto de la naturaleza como lo son las lágrimas en la lluvia.

     

    Alejandro Bascoy

     

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