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Olaya y Alejandro

Olaya Begara (Corvera) y Alejandro Bascoy (Avilés), psicólogos.

Sobre este blog de Salud

Una mirada a la vida cotidiana desde el apasionante mundo de la psicología.


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  • 09
    Septiembre
    2016

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    Oviedo salud

    Manifiesto en contra de la felicidad (perpetua)

    "Hoy va a ser un buen día". "Sonríe, la felicidad solo depende de ti". "La felicidad no es algo ya hecho, depende de tus acciones". "Si la vida te da limones, haz limonada". "Sonríe a la vida, y la vida te devolverá la sonrisa". "Si puedes soñarlo, puedes hacerlo". "No hay nada imposible". "Haz lo que te de la gana, pero que te haga feliz". Podría rellenar el artículo de frases así, y aún me daría para hacer tres o cuatro artículos más. Podría de hecho hacer un libro. Una enciclopedia. Podría hacer un archivo en Excel con frases sobre la felicidad para tenerlas ordenadas y encontrar una nueva para cada día de aquí al año 3145. Podría empapelar la Muralla China sin repetir ni un solo mensaje. Encontramos estos tipos de mensajes en camisetas, en tazas, en agendas, en paraguas, en botellas, en bolis, en libretas, en mochilas, en seres humanos a modo de tatuaje. El hombre aún no ha llegado a Marte, pero estoy seguro de que las frases positivas ya lo han hecho. Nos rodean por todas partes y a todas horas. Porque estamos en la era de la felicidad. Da igual lo mal que te vaya la vida, tú sonríe. Estás obligado a ser feliz.

    Quizás el párrafo anterior puede sonar exagerado. Puede parecer fruto de un cenizo que ha tenido un día de perros y se ha puesto a despotricar contra el mundo nada más llegar a casa después de que un coche le haya salpicado en la acera, un perro le haya mordido y haya tenido que esperar 45 minutos en la charcutería mientras un amable señor se decidía entre el chorizo pamplona o de cantimpalo. Aunque no niego que lo de la charcutería haya tenido algo que ver, la idea de que la dictadura de la felicidad sea más dañina que positiva ya viene de hace tiempo. La idea de que la imperiosa necesidad de sonreir y ver lo positivo en todo momento sea una manzana envenenada tiene su recorrido, y sus consecuencias son ya palpables en la sociedad.

    Corría el año 2013 y las redes sociales estaban inundadas por un spot de una compañía de refrescos, Coca-Cola. El anuncio, titulado 'El cajero de la Felicidad' regalaba 100€ a cualquier transeúnte que se acercara, a cambio de que este llevase a cabo alguna buena acción para con otras personas (regalar pañales a una embarazada, repartir balones entre los chavales del barrio o contratar un cuentacuentos para los niños, entre otras cosas). Aunque la idea de identificar felicidad y dinero ya es de por sí bastante discutible, el spot pareció tocar la fibra de todos y se expandía como la pólvora. Qué buenas personas somos. Es emocionante cómo el ser humano comparte y más emocionante es ver cómo familias sin recursos recibían regalos desinteresados de extraños, en una exaltación de la solidaridad por parte de una compañía de refrescos que decidió regalar felicidad. Desconocemos, sin embargo, si alguna de esas familias sin recursos lo eran debido al Expediente de Regulación de Empleo que la compañía decidió aplicar el 22 de enero de 2014, que dejaba sin trabajo a 750 empleados de las fábricas de Fuenlabrada (Madrid), Colloto (Asturias), Alicante y Palma de Mallorca, y recolocaba en otros centros a 500 empleados. Quizás ese día regalar felicidad venía un poco mal para las cuentas de la empresa.

    Esta es solo una de las caras de la dictadura de la felicidad. La utilizada por empresas, a menudo multinacionales (aunque cada vez más medianas y pequeñas empresas, e incluso particulares que se suman a la moda de la felicidad) para relacionar su producto con una especie de bienestar subjetivo. Porque, todo sea dicho de paso, no disponemos de una definición globalmente aceptada para 'felicidad'. Aunque luego las pretensiones de dichas empresas se correspondan poco con sus acciones. Como no queremos dar la imagen de que esto es una cruzada contra Coca-Cola exclusivamente, obviaremos la alarmante relación entre bebidas azucarádas y mortalidad. Cabe discutir si la utilización de la felicidad a la hora de publicitarse por las diferentes empresas es causante o es causada por la imperante necesidad que tenemos hoy en día de ser felices. Seguramente hablaremos de una relación de retroalimentación que aumenta cada vez más esa rueda de la felicidad.

    Manifiesto en contra de la felicidad (perpetua)

    Foto: ¿También hará más bonitos los EREs? 

    ¿Es que acaso es malo ser feliz?

    Para nada. La sensación de felicidad, de bienestar subjetivo, es posiblemente lo mejor que puede experimentar el ser humano en la vida. Lo que percibimos cuando algo nos refuerza, nos gusta, o nos sentimos bien es algo que sin duda nos gustaría mantener todos los minutos de todos los días de nuestra vida. Querer sentirnos felices no es malo, lo que sí es perjudicial es sentirnos en la obligación de tener que ser felices en todo momento. La contínua búsqueda de bienestar, esa autorreflexividad de tener que estar cada cinco minutos preguntándonos u obligándonos a ser felices es una de las fuentes generadoras de malestar más potentes del ser humano. Nunca hemos sido tan infelices como hoy, y nunca hemos buscado la felicidad tanto como hoy. Es posible que el querer ser felices en todo momento, tenga el efecto contrario al buscado. La rumiación contínua sobre 'por qué no soy feliz' es la puerta de entrada al 'soy un desdichado'. La imagen que nos empeñamos en dar a los demás de contínua y perpetua felicidad, tan falsa como una moneda de cinco euros, contribuye a la creencia de que la meta del ser humano es la felicidad y de que es posible un estado de bienestar contínuo y duradero, cuando de hecho, si por algo destaca la felicidad, es por ser efímera. Patologizamos así el no ser capaces de ser felices en todo momento, lo que supone una patologización de por sí del ser humano, cuya naturaleza es incompatible con un estado perpetuo de bienestar.

    En esa imagen de bienestar tienen mucho que decir las redes sociales. Estas se han instalado en la sociedad como un medio de comunicación más, pero con una diferencia importante: solo mostramos lo positivo. Instragram, Facebook y demás sirven en gran parte a un propósito: mostrar lo felices que somos. Es una característica bastante diferencial de otro tipo de comunicaciones más clásicos. En una charla con un amigo, o con un familiar, no solo contamos nuestras alegrías, si no que nuestras penas, quejas y malestares tienen un hueco importante, esencial para preservar la salud mental. No estaría de más, a modo de prueba, empezar a compartir momentos no del todo agradables en las redes sociales del tipo: "Aquí, visita de la suegra cuando estaba durmiendo la siesta #YEncimaMePierdoElPartidoDelMadrid" o "La cena de ayer muy bien, ahora a fregar todo esto #Fregar #Asco #InstaPlato #InstaFairy". Dejando el sarcasmo a un lado, concienciarnos de que no todo el mundo es feliz en todo momento es necesario para descargarnos la presión de tener que ser felices siempre.

    Hoy no me da la gana de hacer limonadas: en defensa del mal humor

    Aceptar que la felicidad no es una meta a alcanzar, si no que es una forma de estar en el mundo efímera, esto es, que tiene una duración limitada, nos hará ver las cosas de forma distinta, y nos ayudará en ciertos aspectos. Primero, aprenderemos a disfrutar de esos momentos de bienestar, únicos y posiblemente irrepetibles, sin la presión de tener que mantener ese estado por y para siempre.

    Por otro lado, evitaremos la culpabilidad de sentirnos de mal humor, y aceptaremos que hay cosas en la vida que no tienen nada positivo. Que te despidan de tu trabajo no es algo positivo, que te den un golpe en el coche o que te caigas corriendo no es algo positivo. Quizá encuentres, y es probable que lo hagas, un trabajo mejor, quizá el seguro te pague un buen dinero por el coche y quizá al caerte te encuentres dos euros en el suelo. Pero habrá experiencias negativas que nos harán sentir mal, que es lo natural, y esforzarnos por ver el punto positivo a algo que no lo tiene carece de sentido. Las experiencias negativas son igual de naturales en el ser humano que las positivas, y querer negarlas o taparlas de positivismo de mercadillo es querer despeñar de un plumazo la mitad de lo que somos como personas.

    A título personal, es posible que este afán por querer cubrirlo todo de un extenso manto de positivismo obedezca a un descontento cada vez más creciente con la manera en que se organiza y funciona la sociedad. O puede ser todo lo contrario, que hemos alcanzado un nivel tal de comodidad hoy día que nos permitimos el lujo de entrever una mínima posibilidad de sentir bienestar en todo momento. Sea como sea, no dejen que un cenizo malhumorado por esperar 45 minutos en la charcutería les amargue el día y la vida. Siempre hay que sacar lo positivo, ¿no?, y sin ese amable señor -que por cierto, al final se decantó por el chorizo Revilla- este artículo no hubiera visto la luz . Sean felices.

     

    Alejandro Bascoy

     

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