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Olaya Begara (Corvera) y Alejandro Bascoy (Avilés), psicólogos.

Sobre este blog de Salud

Una mirada a la vida cotidiana desde el apasionante mundo de la psicología.


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  • 17
    Septiembre
    2016

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    salud Psicología Social obediencia

    Obediencia a la autoridad: Milgram siempre está de moda

    Hace ya más de 50 años que se llevó a cabo uno de los experimentos más impactantes de la historia de la psicología, pero el estreno este año de la película  "Experimenter: la historia de Stanley Milgram" confirma que nuestra fascinación por esta historia está lejos de terminarse. Veréis el porqué:

    Con el recuerdo del horror del Holocausto aún bien presente, en los años 50-60, todo el mundo trataba de encontrarle una explicación (a los seres humanos nos calma mucho entender el porqué las personas se comportan como se comportan, por más atroces que sean sus actos). Como suele ocurrir, las que más calaron entre la gente fueron las de personalidad "los nazis eran malas personas, unos desalmados, sádicos, etc., etc."

    Pero para Stanley Milgram, psicólogo social de la Universidad de Yale, estas explicaciones se quedaban cortas. Estaba convencido de que la respuesta a la obediencia destructiva de tantos nazis se encontraba sobre todo en la influencia de la situación, y no en una simple cuestión de "maldad".

    El experimento de Milgram

    Con el pretexto de estudiar los efectos del castigo en el aprendizaje, Milgram reclutó a cientos de voluntarios a través de un anuncio del periódico.

    Imaginemos que somos uno de ellos.

    Cuando llegamos al lugar indicado, nos encontramos con otra persona que se supone está en nuestra misma situación (aunque en realidad es un actor contratado por los experimentadores).

    En ese momento aparece el investigador, con su bata blanca de científico "serio", y nos explica que uno de nosotros será el alumno, que recibirá una descarga eléctrica cada vez que cometa un error al repetir los pares de palabras que se le leerán en voz alta y deberá memorizar; y el otro será el profesor, que aplicará el castigo.

    Se sortea quién es quién (o eso nos hacen creer, porque en realidad el actor siempre será el alumno y el voluntario el profesor).

    Después, vamos los tres a la sala donde va a estar el alumno, y nos encontramos con la siguiente escena: una silla eléctrica con un interruptor, correas y unos electrodos; el actor, siguiendo a la perfección su papel, muestra su nerviosismo y miedo ante la idea de tener que sentarse ahí para recibir descargas si falla. El experimentador lo calma "no le va a pasa nada malo".

    Salimos de esa habitación, imagino que ya un poco mosqueados, y el experimentador nos conduce a la sala desde donde vamos a ejercer nuestro papel de profesor. Aquí lo que hay es una máquina enorme con muchos botones, debajo de los cuales se leen las etiquetas de los diferentes voltajes: 15-30-45...hasta 450v. El investigador nos comunica que la intensidad de las descargas se irá incrementando con cada error que cometa el alumno: desde los 15 voltios ante el primer fallo hasta los 450.

    Obediencia a la autoridad: Milgram siempre está de moda

    Vale, todo entendido. ¿Listos para empezar?.

    En la primera lista de palabras, el alumno falla. Le aplicamos la primera descarga; apenas se queja  (15 voltios casi ni se notan), pero en el siguiente intento vuelve a equivocarse (ya son 30 voltios). Y así sucesivamente; a veces acierta y a veces falla....conforme incrementamos la intensidad del voltaje, escuchamos sus quejas (que se convierten en alaridos y súplicas cuando, sin darnos cuenta, ya estamos dando descargas de más de 100 voltios).

    Al llegar a la descarga de 315 voltios, el alumno lanza un último grito agónico y se queda en silencio. Como no podemos verlo, no sabemos si se ha desmayado o qué le ha podido ocurrir.

    A todo esto, el experimentador está situado detrás de nosotros tomando notas y sin inmutarse lo más mínimo ante lo que escucha. Si como es normal titubeamos en algún momento porque no queremos seguir haciendo sufrir al alumno, el serio científico se limitará a decirnos: "continúe, por favor, y no olvide que el silencio se considera un fallo".

     ¿Hubiéramos aguantado tanto? ¿O nos hubiéramos rebelado contra el investigador, negándonos a seguir haciéndole daño a otra persona?

    Los resultados.

    -El 65% de los voluntarios del experimento llegaron a aplicar los 450v. Más de la mitad de las personas siguieron aplicando descargas aún cuando ya no obtenían respuesta alguna del alumno.

    Es decir, muchos hubiéramos aplicado el máximo de descarga, sin que nadie nos obligara a ello. Éramos libres de negarnos si lo hubiéramos querido. ¿Qué nos pasa? ¿Somos malvados y no lo sabíamos hasta ahora? No, nosotros sabemos que no somos malas personas, que no nos gusta ver sufrir a los demás.

    Tiene que haber otra explicación distinta de la de la personalidad. ¿Cuál, entonces?

    La explicación de Milgram: del "estado de de autonomía" al "estado de agencia"

    En condiciones normales las personas estamos en un estado de autonomía (nos sentimos responsables de nuestros actos, tenemos nuestras propias reglas de actuación). Ahora bien, en determinadas circunstancias extremas, donde hay una figura de autoridad importante (guerras, experimentos científicos...) podemos pasar a estar en un estado de heteronomía o estado agente (no asumimos nuestra responsabilidad si no que la dejamos en manos de nuestros superiores, pues percibimos que somos miembros de una jerarquía en la que hay que obedecer a los que están por encima).

    Una prueba más de la importancia de la situación a la hora de hacernos entrar en este estado de agencia, son las siguientes variables que se estudiaron:

    -Distancia emocional: si el profesor no veía al alumno, era más probable que diera las descargas más intensas.

    -Cercanía y legitimidad de la autoridad: si el experimentador los dejaba solos, era menos probable que obedecieran (la tasa disminuyó hasta el 22.5%).

    -Efectos liberadores de la influencia del grupo: si un cómplice (otro actor) estaba también haciendo de profesor y se resistía a cumplir las órdenes del científico, el voluntario obedecía mucho menos (sólo el 10% siguieron aplicando descargas).

    A la vista de estos resultados, y sabiendo que se replicaron en distintos lugares y distintas épocas con resultados más o menos similares, creo que no es de extrañar por qué aún hoy en día el experimento de Milgram sigue fascinándonos y dándonos que pensar.

     

    Olaya Begara

     

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