Blog 
PsicoactivaMente
RSS - Blog de Olaya y Alejandro

El autor

Blog PsicoactivaMente - Olaya y Alejandro

Olaya y Alejandro

Olaya Begara (Corvera) y Alejandro Bascoy (Avilés), psicólogos.

Sobre este blog de Salud

Una mirada a la vida cotidiana desde el apasionante mundo de la psicología.


Archivo

  • 29
    Abril
    2016

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    salud psicología

    ¿Por qué nadie ayudó a Kitty?

    En Marzo de 1964, un terrible crimen sacudió a la ciudad de Nueva York. Catherine Genovese (Kitty), una camarera de 38 años,  volvía a su casa de noche después de trabajar cuando se topó con su asesino, quien la mató a puñaladas...ante numerosos testigos.

    El crimen se produjo a lo largo de 35 minutos en tres ataques distintos. Sí, 3.

    Tras el primer ataque, ante los gritos de socorro de la mujer, se encendieron luces en el vecindario y se escucharon voces increpando al hombre, lo que hizo que se escapara  sin "acabar su trabajo". No obstante, el asesino decidió quedarse en su coche, aparcado cerca, y al ver que nadie bajaba a ayudar y que las luces de las casas se apagaban de nuevo, volvió  para rematar a su víctima. Y así hasta en 3 ocasiones en esos terribles 35 minutos.

    Por increíble que pueda parecer, nadie hizo nada. Tan sólo un vecino, después de "una larga deliberación" -como él mismo contó a la policía- llamó a emergencias y bajó a la calle. Pero ya era tarde. Para cuando llegó la ambulancia, Catherine ya estaba muerta.

    ¿Por qué nadie ayudó a Kitty?

    Las primeras reacciones.

    Tras conocerse el suceso,  la sociedad neoyorquina empezó a clamar contra los vecinos por no haber tratado de impedir el horrible asesinato. Prestigiosos medios como el Times propusieron publicar los nombres y apellidos de todos esos inmorales vecinos que habían dejado morir a Catherine, para que todo el mundo supiera qué clase de gente vivía en el barrio de Queens.

    Pero algo "chirriaba" en esta explicación. ¿Kitty tuvo la mala suerte de vivir rodeada de "malas personas"? ¿Así de simple? ¿Qué probabilidades reales hay de que se junten en un mismo barrio  tantas personas que rayan la psicopatía?

    Éstas y otras preguntas se empezaron a plantear  John Darley y Bibb Latané, dos jóvenes psicólogos profesores de la Universidad de Nueva York, quienes se propusieron buscar  una explicación clara al incomprensible comportamiento de los testigos.

    El experimento de Darley y Latané.

    Imaginemos que accedemos a ir a la facultad de psicología de Oviedo para participar en una encuesta sobre hábitos alimentarios y estrés (por ejemplo). Nos dejan sentados solos en un despacho delante de un micrófono y nos piden que hablemos sobre nuestros hábitos de alimentación durante 2 minutos.

    Desde otros despachos separados, escuchamos a los otros participantes hablar de su dieta y demás. De repente, escuchamos cómo uno de los participantes empieza a tartamudear "me parece...ehhh...que...me está...aaahhh...dando......¡ayuda!....un ataque epilépt....epiléptico...aaaahhh...por favor....¡¡ayudaaaaa!!"

    ¿Qué haríamos? Saldríamos pitando del despacho para ir ayudar al que le está dando el ataque, ¿no? ¿Seguro?

    Lo siento, pero los resultados no nos dejan en muy buen lugar.

    Estoy segura de que los participantes del experimento original, si se les hubiera preguntado, habrían contestado lo mismo que nosotros: ayudar de inmediato, sin duda.

    Y sin embargo, sólo el 31% de ellos salió de la habitación para ir a ayudar al hombre que supuestamente  estaba sufriendo un ataque epiléptico.

    Como Darley y Latané sospechaban que algo así iba a ocurrir, empezaron a hacer cambios en su experimento para comprobar qué factores eran los que inhibían la conducta de ayudar de las personas, descubriendo que la clave era el tamaño del grupo:

    -Cuando la persona creía que había otras 4-5 más participando en la encuesta con ella, era poco probable que saliera a ayudar (sólo el 31%).

    -Cuando la persona creía que sólo ella y el "epiléptico" participaban en la encuesta, hasta un 85% salía  inmediatamente a ayudar.

    ¿Y esto, por qué ocurría? ¿Eran también "malas personas"  los participantes de este experimento? ¿O había algo más?

    Cuando el investigador volvía al despacho pasados 6 minutos desde el ataque epiléptico, se encontraba a las personas muy preocupadas por lo que habían escuchado y genuinamente interesadas por el estado de salud del supuesto epiléptico. Es decir, no era una cuestión de falta de empatía; no eran "malas personas". Sin embargo, cuando se les preguntaba por qué no habían salido a ayudar, no eran capaces de dar una explicación lógica (como tampoco supieron darla los vecinos de Kitty).

    Queda entonces apelar, como hicieron estos dos psicólogos, a las claves sociales, empleando para ello un concepto que denominaron "difusión de la responsabilidad": cuanto mayor es el número de personas que presencia un incidente, menos responsable se siente la persona individual (porque la responsabilidad se divide entre todos los observadores), por lo que al final la probabilidad de que se ayude se ve drásticamente reducida.

    Entonces, ¿cómo podemos evitar caer en esta "difusión de responsabilidad"?

    La respuesta es simple pero clave: sabiendo que la difusión de la responsabilidad es un fenómeno social que realmente se puede dar en una situación de emergencia, y actuando en consecuencia.

    Por tanto, podríamos decir que yo al escribir sobre ello y vosotros y vosotras al leerlo, nos hemos vacunado  contra este fenómeno cuyas consecuencias  pueden ser ciertamente graves.

     

    Olaya Begara

     

    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook