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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

Sobre este blog de Asturias

Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 23
    Septiembre
    2015

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    Oviedo asturias

    Cuando un hombre ama a su coche

    Ser hombre y heterosexual está bastante desprestigiado últimamente. En el siglo de las amazonas, somos un grupo social propenso a la violencia –doméstica, laboral, futbolística- que gusta de yacer en un sofá, lobotomizándose con un cortauñas, haciendo el ñu en calzoncillos.

    Antaño, una pareja tenía un niño y al cabo de los años aquello podía florecer y, con un poco de suerte, acababan presumiendo por el vecindario de ser los padres de Cristóbal Colón, de Leonardo Da Vinci o de Albert Einstein… Hoy lo más probable es que tengan un Peter Griffin y les avergüence reconocer la paternidad del engendro. Así están las cosas. Si acaso, lo único que nos queda para redimir nuestra condena genética es decir que tenemos un montón de amigos gais. Ahora todos nosotros tenemos un montón de amigos gais. Hasta Rajoy lo hace. Es el salvoconducto para evitar convertirnos en unos parias. Así vamos tirando. La virilidad es un asunto bastante difícil de sostener en hoy en día. Es algo así como decir que sigues militando en UPyD.

    Y, además, cada día recibimos un nuevo golpe. Ayer me dieron el último. De todos es sabido que el mejor amigo del hombre es su coche y cuando el coche falla, falla el hombre. ¿Nos han visto alguna vez en una cuneta, esperando por una grúa? ¿Cabe imaginar mayor desvalimiento? ¿Es eso un ser humano? Por esas razones, el escándalo que envuelve a Volkswagen no sólo va a suponer un tremendo mandoble a la economía alemana (uno de cada siete empleos germanos depende de la industria automovilística) sino que seguro trastocará y hará aún más quebradiza si cabe la psicología de millones de hombres de este planeta. En adelante, tendremos que vivir con la dolorosa incertidumbre de que ya ni siquiera podremos fiarnos del coche alemán que estamos conduciendo. Tú antes sabías que como no les dejan ya fabricar Panzers, se han puesto a hacer volkswagens, bmws, mercedes, opels... Te comprabas un coche alemán y, como el general Guderian, podías tirar hacia París o hacia Moscú, que con semejante máquina no ibas a tener problemas de ningún tipo. Otra cosa es que te parasen los Aliados. O la Guardia Civil. Pero ahora, ¿qué podemos esperar en delante de la vida si el líder mundial del mercado automovilístico nos engaña, trucando sus vehículos para que, al ser examinados, indiquen que contaminan menos y se mantienen dentro del límite de emisiones que marca la ley? Es terrible. Es como si al Papa le dicen, de sopetón, que Paloma Gómez Borrero se ha hecho budista. Por cierto, ¿el Papamóvil no es también es un coche alemán? Ay, Dios.

    Ante el desalabro bursátil de Volkswagen (26.500 millones de capitalización en dos días), Merkel ha intervenido y ha ordenado un examen general de todo el sector. Tiene razones para la preocupación. Sus ventas dependen de su credibilidad. Y ahora tratan de restaurarla como sea. Seguro que nos dirán que sus coches siguen siendo igual de fiables que siempre y, la verdad, estamos deseando creerles. Por otra parte, no es que nos moleste que nuestro vehículo contamine más de la cuenta, pues entre nosotros -entre los hombres de verdad- sabemos que empiezas reciclando, luego te compras un híbrido y acabas desfilando el día del orgullo gay o, algo peor, escuchando a tu mujer. Lo que nos molesta es que la maldita modernidad –con esta incertidumbre líquida que dicen que tiene- se nos haya metido dentro del carburador, nos haya jodido los inyectores, dos pistones y el turbodiésel.

    No sé cómo me recuperaré de este golpe. Yo quiero seguir confiando en los alemanes y en sus coches. Tendré que pensar que todo esto se debe a que, de tanto importar ingenieros españoles, acabaron metiendo a Lázaro de Tormes a diseñar sus motores.

     

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