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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

Sobre este blog de Asturias

Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 20
    Enero
    2016

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    Oviedo asturias

    Entrevista exclusiva con el negro del WhatsApp

    Acaban de picar. Han abierto este post siguiendo el rastro –se supone que largo y profundo- del negro del Whasapp, entrañable personaje que estas Navidades sustituyó a Papá Noel en todas las felicitaciones y cuya identidad, francamente, desconozco. Ni me interesa. Soy pacifista: creo que las armas de largo alcance no hacen nada por reforzar la convivencia. Como ya aprendimos en la Guerra Fría, el uso de misiles balísticos intercontinentales causa mucho estrés social. Sobre todo entre los hombres, una mayoría, que no tenemos más remedio que seguir en la triste trinchera de la guerra convencional.

    Pero, en cierta medida, este sí es un post sobre el negro del Whastapp. O, al menos, sobre el trampantojo constante en el que vivimos. Casi siempre que ves una cosa hermosamente empaquetada y luego abres la caja (acabo de eludir un chiste muy fácil) nunca aquello se parece a lo anunciado. La mujeres, sobre todo, saben de  qué hablo. En el terreno político ocurre mucho también. Estamos viendo estos días cómo la esplendorosa Segunda Transición a la que nos dirigíamos se está convirtiendo en una lucha entre pandillas por tener grupo parlamentario (es decir, subvención correspondiente), mantener el liderazgo en el partido o mesa de despacho en La Moncloa, aunque ésta sea muy efímeramente. Porque ya votamos y ahora no estamos más que en la pretemporada de unas nuevas elecciones, a lo que se ve. Veníamos a refundar España, con sangre joven de uno y otro lado del espectro político y eso es precisamente lo que tenemos: un jovencísimo espectro político. Un cadáver con rastas. Veníamos a refundar España y, bueno, la estamos refundiendo bien. O sea, volviendo a fundirle los fusibles. Unos quieren su región, su pais, su rancho; otros su grupo parlamentario, otros su partido, su mesa, su coche oficial. Como el niño de Bescansa: teta para todos. Así que habrá que dársela. Que luego lloran. Es una pena, porque cuando uno se alista en el bando de la independencia, empieza reclamando un grupo propio, luego un país y, por coherencia ideológica, tendrá que acabar amputándose los brazos. Porque el buen nacionalismo, a la postre, se parece mucho a aquello que escribió San Mateo: “Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha”.

    Y luego está el negro del Whastapp, que es verlo y deprimirte aún más.

     

     

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