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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

Sobre este blog de Asturias

Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 27
    Agosto
    2016

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    Oviedo asturias

    "Jabalí" (Cap.15): ¿Quién coño es la UDEF?

     

    (En capítulos anteriores: Lela, una mujer en crisis, vive un romance con su vecino, al que ella llama McGallard, como los highlanders de las novelas románticas que lee compulsivamente. Lela tiene un consejero muy especial: un jabalí que un día encontró en la deliciosa urbanización donde reside. Es un jabalí que habla y que se llama Paulocoelho. Y cuando le preguntas sólo dice cosas intensas. Se ha corrido por la urbanización que el jabalí anda por ahí y quieren cazarlo, así que Lela y McGallard tienen que sacarlo de allí. Huyen en una moto con sidecar de la II Guerra Mundia, herencia del abuelo de McGallard, que luchó en la División Azul. Buscan un sitio donde dejar a salvo al jabalí. Después de algunas peripecias, paran a comer en un restaurante llamado El Rey de la Morcilla, donde su chef, llamado Adrián Ferraz, conoce a Paulocoelho. El jabalí le da uno de sus consejos existenciales y el cocinero, deslumbrado con tanta sabiduría, quiere retenerlo para que permanezca siempre a su lado orientándole en la vida. Lela y McGallard tendrán que hacer algo con ese secuestrador…)

     

    Tendido en el suelo en un charco de lágrimas, el cocinero Adrián Ferraz vivía uno de los peores momentos de su vida. Las palabras de Paulocoelho, el jabalí, le habían puesto frente a su propia existencia. Era un cobarde, no tenía arrestos para salir a perseguir sus sueños. El ruido de un motor lo sacó de aquel agujero existencial donde estaba sumido.

    -Levanta, muchacho. Los hombres no lloran.

    Era Lela la que se lo había dicho. Ferraz no la conocía. Lo que vio delante de él fue una pareja montada en una motocicleta con sidecar de la II Guerra Mundial. Ambos, él y ella, llevaban cascos de soldados alemanes. Si unos minutos antes no hubiera descubierto que los jabalíes podían hablar, el cocinero se habría quedado sorprendido por las pintas de aquellos dos.

    -Hale, Paulo, sube, que tenemos que seguir nuestro camino –ordenó Lela.

    El jabalí obedeció al instante, no sin antes colocarse de nuevo las gafas de sol y de hacerse con una bolsa de desperdicios para ir picando algo durante el viaje.

    -¿Cómo que “sube”? El jabalí no se marcha de aquí. Lo necesito a mi lado, es mi asesor, intervino el cocinero, súbitamente furioso.

    Alerta, alerta. McGallard sintió que todos los músculos de su cuerpo se ponían en posición de combate. Lela notó la tensión de los marmóreos pectorales: más que nada porque su amado había empezado a golpearse en el pecho, como los gorilas. Supo que aquel era un entuerto que tendría que desfacer su señor highlander.

    El cocinero había sacado, de no se sabía dónde, un cuchillo jamonero y los amenazaba. Cogía a Paulocoelho del cuello, como un rehén. Parecía dispuesto a clavárselo en el corazón. McGallard desmontó de la BMW R75 y se acercó al cocinero como sólo Clint Eastwood y él sabían hacerlo:

    -A ver, los papeles del camión.

    La estupefacción se dibujó en el rostro del chef.

    -¿Qué?

    -Perdón… Ha sido un acto reflejo –se disculpó McGallard llevándose una mano a la sien. El espíritu del capitán Gallardo, capitán jubilado de la Guardia Civil de Tráfico, había asomado levemente. Lela sabía que tendría que darle un empujoncito a su señor higlander. Detrás de un gran hombre hay siempre una gran mujer, pensó. Así que se sacó una teta.

    -Teee-ta. Ug.

    Ya volvía a ser su higlander. Luego, McGallard, más escocés de nunca, le arreó a mano abierta una bofetada al cocinero que lo lanzó a la pila de bolsas de basura y espantó la nube de moscas que allí se concentraba. Adrián Ferraz quedó inconsciente. Resuelto el entuerto. Paulo se subió al sidecar y los tres siguieron camino.

    ¿A dónde irían?, pensaba Lela mientras iba abrazada a su enamorado. ¿Dónde estarían a salvo? ¿Cuánto tardarían los cazadores de la urbanización en encontrar la pista de Paulocoelho? ¿Y el cocinero, ese nuevo enemigo? Seguro que también se unía a la persecución. El mundo está loco, pensó Lela. Si no fuera por la extraordinaria fuerza del amor, qué sería de nosotros. Se sintió inspirada. Se apretó contra su amor y le fue susurrando al oído palabras que brotaban de su corazón:

    -Yo iba de peregrina y me cojiste de la mano, me cojiste de la mano, yo iba de peregrina y me cogiste de la mano, me preguntaste el nombre, me subiste a caballo; me subiste a caballo, y nos fuimos contando las flores que salen nuevas en mayo, y me di cuenta enseguida que estabas enamorao; cántame me dijiste cántame, cántame por el camino, y agarrá a tu cintura te canté, a la sombra de los pinos. ..

    MacGallard esbozó una mueca de satisfacción.

    -Ug.

    Allí, junto a McGallard, nada malo podría pasarles.

    De repente se quedaron sin gasolina.

    La BMW R75 se paró en mitad de una recta donde no había nada. Nada. Si caso, una enorme construcción alargada de la que parecía sobresalir una torre, a unos dos kilómetros de distancia. McGallard señaló hacia allí, debían marchar hacia allí. Lela pensó que lo mejor sería llamar a la grúa del seguro para que los acercase a la gasolinera más cercana y dejarse de expediciones. De hecho, estaba a punto de sacarse una teta para convencer a McGallard de que llamase al seguro cuando Paulocoelho el jabalí habló:

    -Escoger un camino significaba abandonar otros. Si pretendes recorrer todos los caminos posibles acabarás no recorriendo ninguno.

    El maestro había hablado. Lela interpetó lo que había dicho: se acercarían al dichoso edificio.

    Hacía un sol de justicia sobre aquella llanura polvorienta donde una única cabra trataba de buscar algo que llevarse a la boca. Estaban en el kilómetro cero de ninguna parte. “Como no tengan gasolina en ese edificio o no nos acerquen a una gasolinera quien sea que viva ahí, me van a oír estos dos machitos”, pensaba Lela. La llanura parecía eterna y el edificio, a medida que se iban acercando, adquiría su verdadera envergadura. McGallard se detuvo y señaló al frente:

    -Aeropuerto.

    ¿Un aeropuerto? ¿Allí? Lela algo había escuchado en la televisión. Por lo visto, en todos estos años pasados, en España, antes de la crisis, se había robado mucho, se había despilfarrado mucho dinero. Eran cosas que, al parecer, decía la televisión y también los periódicos. Pero Lela no tenía tiempo para esas cosas. Ya tenía bastante tenía con su matrimonio con “El Inmombrable” y con el soporífero trabajo en el Instituto Meteorológico. Una no puede estar a todo. Pero algo había oído de que el derroche había llegado a tal punto que incluso se habían construido aeropuertos que ni tenían tráfico aéreo ni nada. Lela creía que aquello era una leyenda urbana hasta que la leyenda se levantó ante ella. Era un edificio descomunal, comido por el deterioro y la vegetación.

    -Acamparemos aquí –sentenció McGallard.

    A Lela aquello le pareció una completa estupidez, pero algo de autonomía tenía que dar a su highlander, no fuera a perder seguridad y luego ya la pasión se achicase. Gatillazos no, por Dios, que íbamos muy bien hasta ahora. Además, algo la distrajo. Cuando comenzaron a recorrer el edificio abandonado del aeropuerto, Lela creyó ver una silueta oscura deslizándose detrás de ellos a medida que avanzaban. Además, en ese momento sonó su teléfono móvil. Era Trotte, qué pesada la tía.

    -Dime.

    -Uy, querida, cómo te pones. Qué tonito, chica. ¿Interrumpo? ¿Interrumpo, eh? Pues como ahora estás tan ocupada con ese novio que te has echado… Bueno, con esos novios. Porque yo vi a dos contigo. Uno muy peludo, por cierto. Y vestido de guardia civil. Mira que eres tradicional, chicha. O no sabes que ahora ellos también se depilan. Pídele que se depile hombre. Yo a los míos los depilo, mujer. A la cera. Sufren, es verdad. Pero quedan muy guapos. Se sufre, pero se aprende. Ehhh… mira, no interrumpo más, yo te llamo por otra cosa, te llamo porque te dejaste al perro en la urbanización y ahora se pasa el día ladrándole a Venancio González, el del banco, el que vive dos filas más allá de tu casa… Claro, si no le hubieras puesto ese nombre.

    -¿Qué nombre, Trotte, por Dios? Que ahora mismo no tengo el coño pa ruidos. No me líes.

    -Ay, querida, cómo te pones. Estás cogiendo los mismos vicios del patriarcado explotador. Qué agresiva te pones. Como que qué nombre, Lela. ESE nombre. Pabloiglesias.

    -¿Pabloiglesias? Yo qué se. ¿Qué tiene de malo ese nombre? Lo saqué de un chaval que sale en la televisión a todas horas. No tengo ni idea de quién es. Será un actor o algo. Es uno que lleva coleta. Se me parecía al perro, así cuando se ríe, y se lo puse. Ya está. Asunto zanjado. Y ahora, si me disculpas, que estoy muy ocupada

    -Muy ocupada, muy ocupa…

    Lela colgó a su excuñada y estuvo a punto de lanzar el móvil al carajo. ¿Pero qué coño le estaba contando Trotte? Con lo bueno que era su Pablito. Si fuera perra seguro que Trotte no decía nada. Pero como era perro… como era macho. La culpa será de ese tal Venancio, el de la sucursal, ya se ve que es un insoportable, pensó Lela. Sólo había que verlo.

    Un gruñido de McGallard la devolvió al aeropuerto. Algo estaba pasando. Efectivamente, aquella silueta que Lela creyó ver todo el rato siguiéndolos se había convertido en algo real. Un hombre, frente a ellos, parecía retarles:

    -¿Quién sois? ¿Qué hacéis aquí?

    -¡Alto a la Guardia Civil! –exclamó McGallard antes de recibir una bofetada de Lela y corregir sus palabras:

    -¡Ug!

    -Somos tres viajeros que sólo buscan gasolina para su moto –añadió Lela. ¿Sabe dónde podemos encontrarla? ¿Podría llevarnos a la gasolinera más cercana?

    -¿Quién es ése? –dijo la sombra señalando a Paulo. Va de uniforme.

    -Ese es Paulo, mi maestro –respondió Lela.

    La sombra pareció dudar.

    -¿Pero no será de la Udef? –volvió a preguntar la sombra, con un asomo de temor en la voz.

    -¿Y quién coño es la Udef? –exclamó Lela, harta de todos aquellos hombres que no eran capaces de encontrar algo tan sencillo como un poco de gasolina para una moto. Los hombres, la culpa toda es de los hombres.

     

    (Continuará)

     

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