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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

Sobre este blog de Asturias

Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 28
    Agosto
    2016

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    Oviedo asturias

    "Jabalí" (Cap.16): El señor Maloloret

    (En capítulos anteriores: Lela, una mujer en crisis, vive un romance con su vecino, al que ella llama McGallard, como los highlanders de las novelas románticas que lee compulsivamente. Lela tiene un consejero muy especial: un jabalí que un día encontró en la deliciosa urbanización donde reside. Es un jabalí que habla y que se llama Paulocoelho. Y cuando le preguntas sólo dice cosas intensas. Se ha corrido por la urbanización que el jabalí anda por ahí y quieren cazarlo, así que Lela y McGallard tienen que sacarlo de allí. Huyen en una moto con sidecar de la II Guerra Mundia, herencia del abuelo de McGallard, que luchó en la División Azul. Buscan un sitio donde dejar a salvo al jabalí. Después de algunas peripecias, paran a comer en un restaurante llamado El Rey de la Morcilla, donde su chef, llamado Adrián Ferraz, conoce a Paulocoelho. El jabalí le da uno de sus consejos existenciales y el cocinero, deslumbrado con tanta sabiduría, quiere retenerlo para que permanezca siempre a su lado orientándole en la vida. Lela ordena a McGallard que resuelva el entuerto. Éste derriba al cocinero y se marchan carretera adelante. Pero todo vuelve a ir mal: se quedan sin gasolina t acaban refugiándose en un enorme aeropuerto que encuentran en mitad de un campo de cereales. Pero en ese aeropuerto hay un “fantasma”, una persona escondida entre sus muros y obsesionada con la Udef. Hoy conocerán al señor Maloloret)

     

    La Udef, según les explicó la sombra, era la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal de la Guardia Civil. Los que le habían metido en la cárcel. A él, Joan Maloloret, el hombre que lo había sido todo en política. Bueno, en realidad, la mujer que lo había sido todo en política pues, tras cumplir su condena, se había sometido a la operación de cambio de sexo que toda la vida había deseado. “Maldita Udef”, masculló Joan Maloloret quien, pese al cambio de sexo y al bigotazo que lucía, seguía vistiendo como mujer, como la Joanna Maloloret que había sido. ¿Qué iba a hacer entonces con todos los bolsos de lujo, blusas, pañuelos y zapatos de tacón que le habían regalado en sus tiempos como cargo público? ¿Acaso iba a tirarlos? Además, le gustaban mucho.

    El baile de sombras y luces de la fogata que Lela, McGallar y Paulocoelho habían prendido para calentarse allí, en lo alto de la torre de control del aeropuerto, modelaba el rostro de Maloloret. Esa iluminación tambaleante le hacía parecer alguien entrañable y casi al mismo tiempo un espíritu demoníaco.

    -Ellos fueron. Los de la Udef, ellos me pillaron y me metieron en la cárcel. Cuando salí a la calle, nadie se acordaba de mí. Ni yo lo quería, además. Así que tras hacerme el cambio de sexo y recuperar el dinero que tenía a salvo en Suiza, me vine a vivir a este aeropuerto, que yo mismo construí. Es la gran obra de mi vida. Aquí nadie me encontraría. ¿Quién iba a aparecer por este lugar? Desde entonces, y ya hace cinco años, voy tirando. Tengo una pequeña huerta, allí detrás de los antiguos hangares. Además, en este campo hay muchas liebres. Y conejos. También aparece algún jabalí que otro. Les pongo trampas y los cazo. Como no tengo escopeta, meto unas piedras en este bolso de Loewe y les doy con él en la cabeza. Tardan en morir, no se crea. Pero la carne es muy sabrosa, ¿saben? ¿Han comido ustedes alguna vez jabalí?

    Paulocoelho, el jabalí, gruñó. Luego se levantó y les dio la espalda. Aquella reacción de su maestro puso en alerta a Lela. Tampoco a ella le daba muy buena espina el tal Maloloret. ¿Y si en realidad aquel señor que decía llamarse Maloloret no era más que un espía enviado por los cazadores de la urbanización para atrapar a Paulo? A Lela la invadieron las sospechas. Tenían que escapar de allí como fuera. Pero era de noche y no tenían gasolina. Se perderían en aquel campo de liebres. O podían caer en una de las trampas para jabalíes de Maloloret. No habría más remedio que pernoctar en el aeropuerto y confiar en que, a la mañana, ese extraño hombre cumpliera su promesa y los llevara a la gasolinera más próxima. Les había prometido hacerlo. “Hay un pequeño camión que todavía funciona. Uno de los que se usaban para llevar los equipajes”, les había indicado Maloloret. Pero el peligro estaba ahí, Lela podía percibirlo. ¿Y si los sorprendían cuando se quedasen dormidos? Quizá lo mejor sería tomar la iniciativa, pensó Lela. Atacar. “Machete al machote”, se dijo Lela.

    Esperó pacientemente a que todos se durmieran y entonces Lela actuó. Sacó de su bolsillo el rollo de cinta americana que le había regalado Trotte y antes de que el señor Maloloret pudiera darse cuenta, casi lo había envuelto en ella. Aún así ni se despertó. ¿Cómo era eso posible? ¿Cómo podía dormir? MaGallard roncaba, Paulocoelho roncaba y Maloloret también roncaba. Cada uno en una tonalidad diferente. Amaneció y cuando el fantasma del aeropuerto se despertó y se vio atenazado de aquella guisa, empezó a convulsionar, trataba de deshacerse de la momificación en cinta americana que le habían hecho.

    -¿Dónde están las llaves de la camioneta?, preguntaba Lela.

    McGallard se quedó estupefacto al despertarse y contemplar la escena. Paulocoelho, en cambio, como si ya supiera qué era lo que iba a pasar, se estaba liando tranquilamente otro de sus aromáticos cigarrillos de aromáticas hierbas y dispuesto a disfrutar del interrogatorio de su discípula. Mirando a Lela, dijo:

    -Cuando alguien desea algo debe saber que corre riesgos y por eso la vida vale la pena.

    -Gracias, maestro.

    Y luego Lela empezó a darle pescozones a Maloloret.

    -Vamos, canta, canta.

    Luego le retiró bruscamente la mordaza de cinta americana, que se llevó adherido el bigote entero de Maloloret, que profirió un ligero alarido.

    -Maldito. ¿Nos vas a decir dónde tienes las llaves?

    -Soltadme, por favor. Soltadme. ¿Qué vais a hacer conmigo? ¿Vais a denunciarme a la Udef? Tengo dinero, dinero escondido en cuentas ocultas. No me lo embargaron todo. Aún tengo. ¿Qué vais a hacer conmigo? A la Udef, no, por favor…

    Lela no sabía de qué estaba hablando aquel señor.

    -¡Los papeles del camión!

    Ahora era McGallard el que había intervenido de improviso. Otra vez el espíritu del capitán Gallardo, de la Guardia Civil de Tráfico, había asomado por la boca de su amante. ¿Es que aquel hombre nunca podría desembarazarse de su pasado? Lela le dedicó una mirada furibunda y le enseñó a su enamorado el rollo de cinta americana, lo que hizo que el hombre se retirase dos pasos temblando.

    El señor Maloloret comenzó también a temblar como una hoja. Lela le pegó una tira de cinta americana sobre las cejas.

    -O me lo dices ahora mismo o sigo depilándote, cabrón.

    -Están ahí ¡sobre la mesa del controlador aéreo, sobre la mesa del controlador! ¡Ahí tenéis las llaves del camión!

    Lela no pudo resistirse. El pegó la cinta americana a las cejas y tiró con fuerza. Otro ligero alarido. Maloloret empezó a perder la consciencia. Mientras se desmayaba decía: “Sois de la Udef, lo sabía…”

    La camioneta no tardó en arrancar y antes de que se dieran cuenta habían dejado atrás el Aeropuerto, llegado a la gasolinera más cercana, habían vuelto con una garrafa de combustible, habían rellenado la motocicleta y ya estaban de nuevo en camino ella, MacGallard al manillay y Paulo Coelho en el sidecar. Lela no podía sentirse más plena. Todo volvía a marchar sobre ruedas. La vida era maravillosa. Abrazada a McGallard iba diciéndole al oído unas palabrillas que se la habían ocurrido sobre la marcha:

    -Te amo con la fuerza de los mares yo, te amo con el ímpetu del viento yo,Te amo en la distancia y en el tiempo yo, te amo con mi alma y con mi sangre yo, te amo como el niño a su mañana yo.

    La vida, sí, era maravillosa.

    Maravillosa hasta que por uno de los espejos de la motocicleta Lela vio que se acercaba otro vehículo. Y en el frontal, escrito a la inversa para que pudiera leerse en los retrovisores, decía: “El foodtruck del Rey de la Morcilla”. Adrián Ferraz,el cocinero loco, venía a por ellos.

    -Joder, en este país parece que sólo hay corruptos y cocineros –se dijo Lela, un poco hartita.

    Y además su teléfono móvil había empezado a sonar. En la pantalla decía: Trotte.

     

    (Continuará)

     

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