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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

Sobre este blog de Asturias

Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 14
    Agosto
    2016

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    Jabalí folletín verano escocés Paulo Coelho

    "Jabalí" (Cap 5.): Te veo la ardillita

    (En capítulos anteriores: Lela, una mujer en crisis que ha roto con su marido, encuentra un extraño guía espiritual, un jabalí llamado Paulocoelho. Paulo, que habla, la ha invitado a perseguir sus sueños. Y el sueño de Lela es llenar su vida con un escocés, un highlander como el de las novelas románticas que lee a todas horas. Pero Lela no sabe que todo lo que desea, el highlander, lo ha tenido siempre justo al lado)

    “Virgen del Pilar, acabo de ver desnuda a Eulalia Encarnación López del Vallado”. Llevándose las manos a la cabeza, refugiado en el garaje de su casita de ladrillos rojos, el capitán retirado del destacamento de Tráfico de la Guardia Civil José Manuel Gallardo, el vecino de Lela, no dejaba de lamentar aquel culposo desliz. Ocurrió casi por casualidad. No lo había provocado. Estaba segando el jardín, un espacio que mantenía estrictamente al día, ninguna brizna más alta que otra, cuando creyó ver un animalillo moviéndose al otro lado del seto que separaba su casa de la de los vecinos de atrás, el encantador matrimonio formado por Felipe Grande Armario y Eulalia Encarnación López del Vallado.

    Era ésta una manía del capitán Gallardo, nombrar a la gente por su nombre y sus dos apellidos, un resabio administrativo de sus tiempos en la Benemérita. Eulalia Encarnación López del Vallado: adorable mujer, tan modosa y oronda, casi esférica, pequeñita, que siempre le saludaba cortésmente en la panadería o en el supermercado –nunca más allá de un gesto pese a las dos décadas de vecindad-, aquella mujer honesta y ama de su casa se le había revelado ese mismo día en toda su desnudez. Qué terrible profanación. Qué lujuria indebida. Ocurrió sin él quererlo, es cierto, pues juraría visto pasar una ardillita tras el seto. Pero había mancillado a su vecina con su mirada indiscreta.

    ¿Pero había habido en efecto lujuria en aquella mirada?, se preguntaba el capitán Gallardo, que siempre había sido muy propenso a mirarse los adentros. Vivía víctima de una inseguridad muy poco apropiada para ejercer el mando. Y en la vida también le comía aquella duda constante. Por culpa de esa debilidad de carácter, nunca había logrado el capitán Gallardo entablar relación alguna con una mujer. Cuando se acercaba a una de ellas, y no es que no le atrajesen las hembras, que le atraían muy mucho, cuando se acercaba a una verdadera mujer se sentía caminar sobre arenas movedizas. Creía que se iba a hundir de un momento a otro. El capitán, a sus sesenta y un años de edad, era virgen total. Ni una mano se había puesto encima.

    Aspirantes al cargo de novia no le faltaron, pues Gallardo era en efecto gallardo y varonil, de mandíbula cuadrada, ojos de halcón y pelazo negro azabache, que aún conservaba negro gracias a un producto que discretamente se aplicaba. Pero de nada había servido aquella presencia rocosa, apabullante incluso, extremada añadiremos para quien le interesen las picardías que florecen bajo el ombligo. De nada le servía aquella virilidad suya pues de su interior sólo un temblor constante.

    Por todo lo dicho, no resultaba nada inusual que el capitán Gallardo estuviera ahora sudando en frío, imaginando infructuosamente la manera de borrar aquel bochornoso episodio de su vida. Qué error, qué inmenso error. Lo que le pareció una ardillita resultó ser otra cosa. Otra cosilla. Y sí, es cierto, lo admitía, reparó obsesivamente en esa parte de la anatomía de su vecina sin poder apartar la vista de ella ni solo instante. Sí, era culpable. Culpable de lujuria. Culpable de toda culpabilidad.

    Respiró en una bolsa. Varias veces. Así se recomienda para este tipo de ataques de pánico. El capitán Gallardo, de hecho, siempre había llevado una bolsa encima. Toda su vida. Huérfano de padre y madre, fallecidos ambos en un accidente de Tráfico, ni siquiera los rigores y la estructura de la Benemérita habían conseguido otorgar un poco de consistencia a aquel espíritu frágil.

    “He de buscar una solución. Tengo que disculparme”, se repetía el capitán Gallardo armándose de todo el valor de que era capaz. “Mañana llamaré a su marido y le expondré la situación. Correcto. Así será”. “No. No. Rectifico. Si llamo al marido él sabrá que he visto desnuda a su señora, porque quizá ella no se lo haya dicho. Y, además, ¿dónde encuentro al marido? ¿Estará en casa? Hace muchos días que no se le ve ni entrar ni salir. No es que yo esté pendiente de los movimientos de los vecinos pero…”

    No es que el capitán Gallardo estuviera pendiente de nada pero, por resabio profesional, tampoco dejaba de tener controlado en todo momento quien entraba y quién salía de las casas de alrededor, quién se había ido de vacaciones y quién no. Incluso alguna vez, para su propio descontento, se había sorprendido a sí mismo rebuscando entre la basura de los vecinos. Por si acaso apareciera algo sospechoso.

    El capitán Gallardo, después de mucho pensar, después de mucho soplar en aquella bolsa de su angustia vital, decidió que la mejor solución sería acudir él mismo a presentar sus excusas a Eulalia Encarnación López del Vallado en algún momento en que el marido no estuviera en casa. Todo quedaría entre ellos dos. Sería su secreto.

    El capitán Gallardo estuvo todo el día pensando en ardillitas. Ya saben, en ardillitas.

    (Continuará)

     

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