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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

Sobre este blog de Asturias

Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 15
    Agosto
    2016

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    folletín highlander

    "Jabalí" (Cap.6): De repente, un highlander

    (En capítulos anteriores: Lela, una mujer de mediana edad que acaba de romper con su marido, ha encontrado un guía espiritual de excepción, un jabalí llamado Paulocoelho, que últimamente se enseñorea del parque de la urbanización donde ella reside. Paulo le ha dicho que ella debe perseguir sus sueños y permanecer atenta a las señales que le enviará el destino. Y el sueño de Lela es encontrar un hombre como los que aparecen en las novelas románticas que lee a todas horas: un escocés, un highlander. Mientras Lela se pierde en estas ensoñaciones, comete el descuido de asomarse desnuda al jardín, donde es vista por su vecino, el capitán retirado de la Guardia Civil José Manuel Gallardo. Éste, atribulado por tal impúdica imprudencia, acude a casa de Lela para presentarle sus más sinceras y rendidas disculpas)

     

    “Nunca desistas de un sueño. Sólo trata de ver las señales que te lleven a él”, había dicho Paulocoelho, el jabalí.

    Señales. Bah. ¿Y qué señal era esa que Lela veía ahora a través de la ventana de su dormitorio? ¿Acaso podía ser una señal de algo esa capa nubosa de estratos, grises y uniformes, que se había comido literalmente el azul del cielo? ¿Señales? Aburrimiento, monotonía. Eso era lo que divisaba.

    Cerró la ventana. Bajó a la cocina a hacerse un café. Iba desnuda, como últimamente gustaba. Quién se lo iba a decir, a ella, que anteriormente ni siquiera se ponía bikini en la playa. Como te vea alguien, Lela, ay, como te vea alguien.

    Pero… ¿eso no había sucedido ya? Claro que sí.

    El arrebol tomó su rostro. Por Dios, qué vergüenza. Ayer, ayer precisamente, alguien la había visto a través del seto del jardín el vecino. Había sido ese Guardia Civil tan serio, el vecino el de la casa de atrás. Ese que andaba todo el día cuidando el jardín y limpiando esa moto antigua con sidecar. Ese mismo. ¿Qué pensaría ahora él de ella? Uy, qué vergüenza. Uy, ojalá no se lo encontrase nunca más en la calle. De todas formas, parecía una persona cabal, seguro que aquel hombre guardaría el secreto. Parecía todo un caballero. ¿Cuánto hacía que vivía allí? Desde siempre. Cuando ella y El Innombrable habían comprado la casa, él también se estaba mudando a su nueva vivienda, entonces recién construida. ¿Y por qué no habían cruzado nunca ni una palabra en todos estos años? Ella y El Innombrable no tenían apenas relaciones sociales. Como mucho, salían de vez en cuando a cenar con la hermana del Innombrable, su cuñada Trotte, pero muy de tarde en tarde. Y quedar con Trotte casi nunca era plato de gusto. Todo lo hablaba ella.

    Camino a la cocina, Lela vio pasar su menuda pero curvilínea figura delante del espejo. Volvió sobre sus pasos para contemplarse unos segundos. “Umm, no estoy tan mal”, se dijo levantando los brazos, haciendo que los pechos se hirguiesen, espojándose el pelo con la manos. “Umm, ¿y si me hago un tatuaje?”. ¿Qué le gustaría a mi highlander que me pusiera? ¿Y dónde? ¿Aquí? ¿O aquí? Con un alegre cachetito en una de sus nalgas siguió camino. “¿Qué habrá pensado el vecino de mi culito?”, se dijo.

    Con estas ensoñaciones a cuestas bajó a la cocina, donde se hizo un café bien cargado. Más cargado de lo habitual. Quería estar especialmente despierta ese día. No podía dejar escapar ninguna señal que se produjese. Había que permanecer bien alerta. Era lo que le había dicho Paulocoelho, el jabalí. Primero, se pondría el chándal y comenzaría bien el día, saliendo a caminar unos cuantos kilómetros para tonificarse. El deporte genera endorfinas y las endorfinas, optimismo. Lela necesitaba optimismo.

    Pabloiglesias bajó las escaleras procedente del dormitorio de su dueña. El perro dormía a los pies de la cama. Se la quedó mirando fijamente, moviendo la cola. Necesitaba salir a la calle. Pero Lela no quería salir hoy de cualquier manera, como otros días, cuando sacaba al perro recogiéndose el pelo en una simple coleta y sin maquillar. Hoy sería diferente. Se tomaría su tiempo, el tiempo que hiciera falta para prepararse. Si su destino estaba acercándose y no quería que la pillase hecha unos zorros. Así que abrió la puerta de casa y Pabloiglesias salió disparado. Volvería, seguro. Lela se tomo el café tranquilamente, saboreando todo el futuro que tenía por delante.

    Luego subió a su habitación y se metió en la ducha. Y justo cuando acababa de enjabonarse escuchó que llamaban a la puerta. Al instante, oyó un jaleo tremendo fuera de la casa. Era Pabloiglesias ladrando como si se hubiera vuelto loco. También escuchó la voz de un hombre que decía ay, ay, ay, ay. Lela se enfundó el albornoz y sin secarse, chorreando, bajó las escaleras a ver qué diantres estaba pasando allí.

    Cuando abrió la puerta se encontró a Pabloiglesias aferrado con sus dientes a la culera de los pantalones de un hombre que al principio no logró identificar. El perro mordía y tiraba sin piedad de los pantalones del hombre, a tal punto que se los había bajado casi hasta los tobillos, dejando a aquel pobre con las piernas al aire. Y el visitante -con una camisa abierta de cuadros rojos y negros a la que se le habían saltado algunos botones en su lucha con Pabloiglesias- estaba tratando de quitárselo de encima, sacudiéndole al perro con un ramo de flores que llevaba en la mano derecha, mientras, en la izquierda, sostenía delicadísimamente entre el índice y el pulgar el cordel rojo que ataba lo que parecía una caja de bombones. ¿Aquel individuo no era su vecino, de la casa de atrás, el que la había sorprendido desnuda el día anterior?

    Vio la camisa de cuadros, la piernas desnudas y peludas. Algo estalló en su interior. El cerebro de Lela se encontró de repente en mitad de una explosión de luz y color, y sus oídos no percibían los agudos y molestos ladridos de Pabloiglesias sino, más bien, el sonido penetrante de una gaita escocesa que emergiendo, como el bramido del rey de los venados, de una niebla densa y pegajosa. Lela no tenía ojos más que para aquellas piernas robustas y peludas. Para aquella camisa de cuadros que envolvía un torso monumental.

    Ahí estaba su señal. LA SEÑAL.

    Era EL MOMENTO.

    ERA SU HIGHLANDER.

    Así que Lela sacudió su melena hacia atrás (salpicando de agua con champú todo el recibidor), se abrió el albornoz y como una pequeña pero ágil ardillita saltó sobre aquel tronco fuerte y robusto que el destino había puesto en su camino. Su ímpetu derribó al hombre ya dentro de sus dominios y mientras con una pierna propinaba una patada en toda la cara a Pabloiglesias con la otra pierna, la otra cerraba la puerta con fuerza y estrépito. Tras el salto cayó a plomo sobre el hombre. El destino al fin se había desatado con la fuerza de los mares, con el ímpetu del viento.

    Un calor abrasador, un viento huracanado y liberador corrió por las venas de Lela mientras cosía a mordiscos y lametones a aquel robusto highlander.

    Sólo después de tomarlo, de consumar allí mismo, en el recibidor de casa, Lela se percató de que en efecto su primera impresión no había sido equivocada: se había cepillado a su vecino, José Manuel Gallardo, capitán jubilado de la sección de Tráfico de la Guardia Civil. Cuya cara era exactamente la misma que si se le hubiera aparecido la Virgen.

    (Continuará)

     

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