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Eduardo Lagar

Soy periodista de LA NUEVA ESPAÑA. Si quieres ponerte en contacto conmigo: llagar@epi.es

Sobre este blog de Asturias

Historias encontradas entre la avalancha de la actualidad


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  • 14
    Enero
    2016

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    Política Podemos Segunda Transición Bescansa

    Lo llaman democracia y es teatro

    Una noche de profunda meditación y lectura (Twitter, otra cosa ya no hay) me obliga a reconducir el pensamiento desde la irritada censura hasta el aplauso encendido de la coronación de Carolina Bescansa como la Gran Madre Patria. Lo he pensado mejor: para no caer en la melancolía no se deben librar batallas imposibles de ganar. Uno creía que esta Segunda Transición que los profetas del cambio anunciaban iba a consistir en una verdadera profesionalización de la política. La llegada de la generación más formada de la historia de España al Congreso sería garantía de seriedad académica, de destreza de consultor, de la modernidad de los bilingües. Iría seguida, por tanto, un gran funeral de Estado para la pandereta que siempre había sonado de fondo en el país que se puso a Bárcenas por peineta. Por fin comprenderían nuestros representantes que la buena política no es oficio de actor, si no de tramoyista: con la rigurosa elaboración de leyes y presupuestos se cambia verdaderamente un escenario que siempre ha de ser propiedad de la ciudadanía. Pero se ve que tales ensoñaciones son cosa aburrida, luterana, sin chicha ni limoná. Porque el pueblo sigue queriendo pan y circo, hogueras y capirotes, toros y sangre y arena. En resumen: la Bescansa con la teta al aire guiando al pueblo, en plan revuelta francesa.

    Para no desentonar en esta nueva España, no será suficiente con caerse del guindo. Para no ser tildado de derechista castizo no bastará con vivir en una resignada decepción, esperando modestamente a ver si en la Tercera Transición Dieguito Bescansa y los de su quinta por fin lo consiguen. Aunque, por el ejemplo de Paquirrín y otros, sabemos que las familias folklóricas no suelen mejorar en la segunda generación. Más bien al contrario.

    Para vivir y no morir de amargura no queda más que una nueva lobotomía (¿cuántas van ya?) y lanzarse desde lo alto de esta incauta inopia a chapotear en el mundo de las variedades políticas que van a programar en sesión continua en el Congreso y aledaños. Sólo nos queda una esperanza: nada va a cambiar, pero sí será muchísimo más divertido. Ayer le dimos el pecho al pequeño Diego, porque hay niños en el mundo y ninguno lo sabíamos. Hoy habrá quien se caliente las lentejas en el escaño, un acto simbólico y solidario con las miles de familias que tiran de infiernillo. Mañana los diputados de filiación nudista harán uso de su legítimo derecho de arrimar su cuero al de las poltronas de la casta. ¿No es acaso ésa la mayor y mejor transparencia? ¿Y pasado, qué? Mañana, la libertad. El cielo es el límite y claro que se puede. Porque lo llaman democracia y no lo es. Exacto, ahora es teatro. Así terminaba el eslogan.Una pena que no nos lo hubieran dicho.

     

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