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Susana Moll Sarasola

Soy cantautora y madre de dos hijos.

Sobre este blog de Sociedad

En este espacio me gustaría tratar temas de diversa índole. Me interesan tantas cosas!


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  • 13
    Octubre
    2017

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    SOCIEDAD Oviedo

    Montaña de pena

    Montaña de pena

    El señor Akiyama limpió la lápida de su hija con un papel de periódico. Tiró las flores secas a la única papelera del pequeño cementerio y luego colocó unas nuevas en su lugar. A medida que hacía todas estas cosas se subía los pantalones una y otra vez. El ayuno al que se estaba sometiendo empezaba a surtir efecto y no había pensado en ponerse un cinturón. Besó el mármol y murmuró algo, luego salió escopeteado hacia la calle.

    A sus casi sesenta años aún estaba de buen ver, de hecho resultaba muy atractivo; alto y masculino, y con una nariz prominente que le otorgaba cierta distinción.

    Le gustaba analizarlo todo, y criticar a los otros. No en balde había estudiado mucho y eso le daba ventaja en la oratoria. Un día le pregunté quién eres tú para hablar así de los demás, y me respondió, nadie, sólo un desgraciado.

    El señor Akiyama ya no creía en el amor, ya no creía en nada, ni en si mismo, pero a pesar de todo seguía luchando.

    Lloraba a su hija a diario y luego trabajaba, o se iba a correr por el parque. Se había propuesto ponerse en forma para volver a navegar. En los últimos meses no había hecho más que comer y beber a todas horas, y había ganado mucho peso, y ahora quería adelgazar costase lo que costase. De ahí la idea del ayuno. Decía que era la manera más rápida de bajar de peso. A mi parecer, la más rápida para bajar, y también para volver a subir. Pero de poco servía llevarle la contraria porque era de ideas fijas y cuando se le metía algo en la cabeza no había manera humana de hacerle cambiar de opinión.

    Me gusta pensar que las personas que pasan por nuestra vida lo hacen con algún fin; nos enseñan cosas, o simplemente nos acompañan y nos regalan una nueva mirada del mundo. Luego, si el amor no cuaja, deberíamos quedar en paz, y hasta la próxima.

    El señor Akiyama y yo vivimos momentos de película. Por eso me apena pensar que probablemente no volvamos a vernos. Tampoco dispusimos de mucho tiempo y la relación se nos fue enfriando. Ahora sé que el duelo no es el terreno más fértil para el amor. Soy un hombre roto, me dijo, escápate. Y lo cierto era que nada ni nadie podía consolarle. Vivir el duelo de otro es imposible; uno se siente inútil, estúpido, e impotente. Así me sentía yo a su lado, insignificante ante su inalcanzable montaña de pena.

    Un día soñé que navegábamos en un velero hasta los confines de la tierra, y que íbamos a buscarla. Pero era sólo un sueño, una idea poética.

    Tal vez necesites ayuda le sugerí, pero el señor Akiyama se resistía a dejarse ayudar. Lo quería hacer todo él solo. Era de esa generación que cree que los sicólogos le revuelven a uno más que otra cosa.

    Un día me harté y le dije que yo aún tenía algunos sueños que cumplir y que por ello debía seguir mi camino, y desapareció.

    El señor Akiyama me enseñó que cuando las cosas se ponen feas de verdad, uno siempre puede convertirse en pirata y seguir adelante con el corazón roto.

     

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