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Susana Moll Sarasola

Soy cantautora y madre de dos hijos.

Sobre este blog de Sociedad

En este espacio me gustaría tratar temas de diversa índole. Me interesan tantas cosas!


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  • 24
    Noviembre
    2017

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    SOCIEDAD Oviedo

    Perdidos en el tiempo

     Perdidos en el tiempo

    Él caminaba bajo la lluvia. Con paso firme y rápido sorteaba los pequeños charcos de entre los alcorques. Sintió el peso del abrigo por el agua, y el frío calándole los huesos. Sacó las manos de los bolsillos para encenderse un pitillo. No hacía excesivo viento y las calles desprendían ese inconfundible olor a piedra mojada mezclado con orín y humo de batería de coche. Notó que sus labios tiritaban de frío e hizo un ademán por controlar el temblor. Nada que tuviera que ver con su cuerpo importaba ya demasiado. Los médicos decían que se estaba muriendo, que estaba deshauciado. Cómo le aterrorizaba pensar en esa palabra. No sabían cuántas semanas o días le quedarían aún de vida, éso no podía saberse a ciencia cierta. Pero ya habían tirado la toalla y le habían comunicado que no podían hacer nada más por él. 

    Se había pasado la vida huyendo, corriendo de un lado a otro, derritiéndose a cámara rápida como un caramelo en la boca de un niño. Y ahora que veía que el tiempo se le agotaba, una necesidad de calma y silencio le invadía hasta lo más profundo.

    Su pasado le pesaba. No había logrado romper el círculo y pasar de fase. También era de los que prefería escucharse a sí mismo todo el rato. Las palabras del resto a pensa lograban rozarle.

    A pesar de la mala vida no había perdido cierto atractivo. Sus enormes y expresivos ojos verdes, el pelo oscuro, el cuerpo fibrado. Pensó que, tal vez, le había faltado vivir un amor tranquilo, tener algún hijo. Ahora que era tarde pensaba en todas esas cosas de las que siempre había escapado. Todas esas responsabilidades. En su afán por ser libre se había encarcelado a sí mismo. 

    Recordó las palabras de su médico cuando años atrás le había pedido, casi suplicado, que cambiara de vida. Pero el lado oscuro era excitante y él, en realidad, muy débil, a penas un chiquillo asustado que trataba de aparentar que era un tipo duro.

    La atracción a esa oscuridad de cine negro y a todo lo fronterizo le había convertido en un gran músico y, a la vez, en un hombre capaz de comerse la vida a bocados. Y ese niño asustado y perdido que en realidad era, incapaz de ser otra cosa distinta que él mismo, también se había sentido muy solo rodeado de la gente. 

    Sonó el teléfono. Su voz era dulce como la lluvia que en ese preciso instante había renunciado a su jarreo y rozaba sus hombros suavemente cual pequeños copos de aguanieve.

    Ella estaba en la plaza del sol y le invitaba a tomar algo. Trató de situarse. Estaba en alguna de las cientos de callejuelas del barrio de Gracia. Fue a leer el nombre de la calle pero no le llegaba la vista. Tomó una callejuela que le escupió directamente al centro de la plaza.

    Las Terrazas estaban vacías. Una luz tenue salía del café del sol. Entró. Ella le esperaba sentada en una de las mesitas del altillo.

    Alex se sacudió el agua de encima con la contundencia de un perro que recién sale del agua. Se quitó el abrigo y lo dejó apoyado en un taburete. En unos segundos, justo debajo, se formó un pequeño charquito. Una chica con rastas y tatoos salió de la barra y absorvió el agua con la fregona, no fuera que el viejo y raído suelo de madera pudiera estropearse un poco más. En realidad, era una de esas noches eternas de poco trabajo y la muchacha estaba aburrida.

    –Hola –dijo Malena al levantarse para darle dos besos.

    El olor de aquella mujer transportó a Alex a los mejores recuerdos de su infancia; la excursiones al Montseny, las fresas silvestres con nata de la tarta que su abuela solía prepararle de niño, las palomitas con azúcar que comía con su hermana los domingos en el cine…

    –Necesitaba verte –confesó ella con timidez.

    –­¡Estás preciosa! – afirmó Alex con tono algo insinuante.

    –Te veo muy bien Alex –dijo ella sonriendo comedida–. Nos hacemos mayores pero con cierta dignidad, ¿no crees?

    La sonrisa de Malena se abrió como una flor en la oscuridad.

    –Bueno, en realidad no estoy tan bien como tú – confesó Alex– . Pero no quiero quejarme ni contarte mis penas, ¿tomas alguna otra cosa preciosa?

    Alex pidió dos whiskies dobles con agua. El bar estaba casi vacío. La chica con rastas y tatoos no tardó en depositar dos whiskies dobles sobre la mesa.

    –¿Sabes...? –preguntó ella como si fuera a iniciar una gran parrafada.

    Él la miró fijamente mientras saboreaba su whisky. Ella se cohibió y también tomó un trago.

    Por cierto – interrumpió de pronto–, ¿te han gustado mis baterías? Dijo cambiando completamente la voz. De pronto sonaba mucho más seguro y alegre.

    –Me han encantado –respondió entusiasmada–. Ya te lo dije, has hecho que mi temas vuelvan a gustarme.

    –Bueno, quería oírtelo decir en persona y no por teléfono.

    –Cuando te propuse grabar no sabía si podrías, de hecho pensaba que me dirías que no. Has dado a mis canciones el latido que necesitaban. Por cierto, ¿te llegó la pasta?

    –Sí, gracias, me salvaste. Cada mes me pasa lo mismo, voy con la soga al cuello.

    ­– Ojalá pudiera pagarte más. Eres un gran músico, debería pagarte más

    Alex sonrió y sus hoyuelos marcaron dos profundos surcos como de pallaso en cada una de sus mejillas. Cuando quería podía ser muy gracioso y tenía una expresión casi cómica además esa era una de sus armas de seducción infalibles, hacer reír a las chicas. Aunque Malena no era un chica cualquiera.

    Alex la observaba con interés casi científico. Su sonrisa tímida, sus cabellos y ojos oscuros, su cuerpo pequeño y armonioso. Aquella mujer tenía algo especial. Cómo no se había dado cuenta antes. La conocía de toda la vida pero habían coincido muy poco. 

     –¿Qué ibas a decirme? –Alex quiso retomar el principio de la conversación. 

    Ella sorbió el último trago de su copa y trató de hablar pero los nervios le arañaban la voz y se sentía incómoda, casi estrangulada. Aún así, se tomó un momento para respirar profundo y recuperar su centro.

    –Quería decir que de una manera u otra me he sentido siempre cerca tuya. Cuando te veía sobre el escenario, cuando me enteré de que estabas enfermo, cuando me contaban que las cosas te iban regular. Yo siempre estuve ahí sin que tú lo supieras. Mandándote fuerza y cariño. En fin, sólo quería decirte que siempre estuve ahí.

    Alex se quedó atónito. No se esperaba una declaración de ese tipo. Tampoco se atrevió entonces a decirle que seguía enfermo, que en realidad nunca se había curado y que ahora estaba más que nunca cerca del fin.

    Ambos se miraron. Ella no pudo sostener aquella mirada intensa por mucho rato. Observó que su vaso ya estaba medio vacío. Agitó el hielo y bebió. Tal vez no debía haber abierto la boca.

    Entonces él la cogió de la mano y la acercó hacia su también inseguro y asustado cuerpo, y se abrazaron. Luego tomaron otro trago y volvieron a abrazarse. Y pasaron toda la noche enganchados, entre tragos, abrazos y besos. Hasta que se hizo de día y el café con leche transformó la incertidumbre en hogar cálido, en sueño.

    Y por unos días sintieron algo parecido a la felicidad. Hasta que un día, él le pidió que se sentara un momento a su lado y le contó que en realidad no estaba curado y que le quedaba no sabía cuánto tiempo de vida.

    También le dijo que el tiempo que le quedara pretendía pasarlo con ella, si estaba de acuerdo claro. Entonces se abrazaron, y en aquel abrazo lleno de lágrimas, por un instante, ambos lograron escapar del tiempo y sentirse plenamente libres.

     

     

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