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Susana Moll Sarasola

Soy cantautora y madre de dos hijos.

Sobre este blog de Sociedad

En este espacio me gustaría tratar temas de diversa índole. Me interesan tantas cosas!


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  • 05
    Abril
    2018

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    SOCIEDAD Oviedo

    Sin fuegos artificiales

    Sin fuegos artificiales

    Tao Porchon-Lynch (98),la profesora de yoga más vieja del mundo.

     

    Si tuviera que morirme mañana podría hacerlo tranquila.

    No es que quiera morirme, ni mucho menos.

    Aún me considero joven y aprendiz de muchas cosas que me interesan. Una de ellas, el yoga. 

    Recuerdo con claridad el día que comencé a practicar yoga.

    Ese día pasé de ser una mujer vulnerable a sentir mi fortaleza interior que era mucha, aunque no lo sabía.

    Por aquel entonces andaba yo en un mundo incierto de castings, llamadas y estreses varios, e iba de aquí para allá con la lengua fuera. Además, me sentía cuestionada como mujer y profesional.

    Lo peor eran los desfases alimenticios, a penas me alimentaba, las juergas descomunales en las que había que estar para que "te vieran" y a la vez tratar de no perderse, las interminables esperas; las colas en las pruebas, y que sonara el teléfono a ver si finalmente te ofrecían algún papel con algo de sentido.

    Las horas y los días pasaban, y la casa se me hacía insoportable. Preparaba muchas pruebas pero nunca daba el papel.

    Un día, mi agente me soltó que era demasiado fina y que tenía que ganar en matices barriobajeros. Y lo cierto es que me propuse transformarme; cambiar mi entonación y acento, soltar tacos, y vestirme al más puro estilo Almodóvar, pero nada funcionaba. Y si finalmente el teléfono sonaba lo hacía para llevarme por algún derrotero del que tarde o temprano terminaba arrepintiéndome.

    Como cuando me salió lo de "la chica pajar". Me dieron un papel cuyo personaje no tenía nombre. Tampoco decía una sola frase. En resumidas cuentas, mi acción consistía en darme un revolcón con uno de los protagonistas en un pajar. Ahí fue cuando decidí que tal vez aquella profesión que yo tanto adoraba no era para mí. Afortunadamente, nunca llegué a rodar esa secuencia. 

    Una tarde, no aguanté más y tuve la tremenda suerte de llamar a la puerta adecuada.

    Nadie me la recomendó. Fue pura casualidad. La encontré gracias a un anuncio de la calle.

    Una pequeña mujer, de cabello rubio ondulado y vestida de blanco, me abrió la puerta. Fue amable y cariñosa.

    Nada más verla me pareció una persona auténtica porque no iba de nada en especial.

    Ni siquiera se había cambiado el nombre, como suelen hacer muchos profesores para dar una imagen más interesante, o internacional. Decidí ponerme en sus manos.

    Nunca olvidaré esa primera lección de sencillez y humildad que bajo mi punto de vista fue su mejor y más potente enseñanza. Ella decía, y yo misma pude comprobarlo más tarde:

    Al yoga hay quitarle todos los fuegos artificiales.

    Y, cuánta razón tenía...

    Mi profesora dominaba bien las distintas posturas o Asanas yóguicas, el Pranayama (ejercicios respiratorios), las Kriyas (ejercicios de limpieza), que no dejan de ser más que metáforas de la vida misma.

    Me enseñó todo lo que sabía en aquel pequeño salón de su casa, en Madrid.

    La primera vez que logré relajarme de verdad, lloré de emoción.

    Yo pensaba que la armadura y la tensión, en parte, me venían de serie. Por eso cuando logré quitármelas de encima fue liberador. Pensé, anda, pero si vivir es mucho más fácil de lo que parece.

    Tanto fue así que decidí que yo también quería poder causar ese mismo efecto en los demás. Y por ello seguí sus enseñanzas y finalmente me hice profesora. Abandoné Madrid y mis ansias actorales, y me puse a dar clases de Yoga en un estudio de Barcelona.  

    Practicar Yoga, y me atrevería a decir que cualquier disciplina físico-artística, es una forma de mover la energía y evitar que esta se estanque.

    La salud tiene una parte congénita que heredamos y no depende de nosotros, y otra que es el resultado de nuestras acciones. Ahí sí podemos y debemos incidir.

    El yoga afecta a los tres cuerpos; el físico, el emocional y el sutil o espiritual y por ello es una filosofía de vida tan completa. Porque parte del cuerpo físico aunque en última instancia se pretenda movilizar lo invisible; la energía vital, el Prana.

    Practicar yoga nos ayuda pero no nos asegura nada. 

    El Yoga suele ser compatible con casi todos los tratamientos aunque siempre bajo supervisión médica.

    La vida es lucha y el yoga sólo es una preparación para la batalla.

    No es la solución, es un camino. No es el único. Hay muchos.

    Yo lo elegí como camino de autoconocimiento en aquel momento de búsqueda en el que me sentía algo perdida y desde el principio me sedujo con su no juzgarte ni juzgar a los demás, ni compararte ni competir con nadie, ni siquiera contigo mismo.

    El yoga y el arte, a su vez, me dieron la oportunidad de conocer a gente entrañable de la que aprendí muchísimas cosas. Y en ese aspecto me sineto muy agradecida y no me malintrepreten, sigo respetando muchísimo el noble arte del actor aunque no siempre sea posible ni fácil abrirse camino. 

    Por en cualquier caso, si tuviera que morirme mañana, creo podría hacerlo tranquila.

     

     

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