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Terminado, el libro empieza
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Blog Terminado, el libro empieza - María José Barroso Crespo

María José Barroso Crespo

He vivido siempre entre palabras como periodista, documentalista, escritora ocasional y eterna aspirante a bibliotecaria.

Sobre este blog de Cultura

El escritor Carlos Fuentes da título a este blog porque esa frase es certera. Tras la labor del escritor, comienza la de cada lector que reinterpreta el libro y lo hace suyo. En este espacio quiero co


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  • 15
    Septiembre
    2017

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    Cultura Poesía biografía aniversario

    Ángel González, vuelve a nacer

    Cada mes de septiembre Ángel González vuelve a nacer. O debería. El poeta que manejaba los sentimientos más poderosos con ironía y lucidez tendría volver a nacer, tal como hiciera un 6 de septiembre de 1925 en Oviedo. Debería regresar para que algo de su sabiduría nos calase de nuevo, de modo suave y lento, hasta entendernos, hasta asimilar lo inevitable, como la lluvia de otoño que guardan las nubes grises, los días más cortos y la luz que se apaga poco a poco, junto al sol agotado y el futuro desconocido.  Como él, lo notamos: nos volvemos menos ciertos, más confusos, a jirones, deshilachados; llega septiembre viviendo un año más…

    “Yo comprendo: he vivido

    un año más, y eso es muy duro.

    ¡Mover el corazón todos los días

    casi cien veces por minuto!

    Para vivir un año es necesario

    morirse muchas veces mucho.”

     Ángel González tendría que volver a nacer para que su palabra se reivindique entre los que no le conocen. Esa palabra clara, de belleza melancólica, que “revela una mezcla de filósofo clásico y de anciano del lugar, superviviente estoico que lo ha visto todo.”  El mejor retrato del poeta asturiano lo escribió su amigo Luis García Montero, en una biografía novelada con un verso por título: “Mañana no será lo que Dios quiera”.  El sabio fue un niño que vio cómo se transformaba Oviedo en la Guerra Civil, y que sufrió el impacto de la tragedia en su propia familia.

    “Crecer es una tarea difícil, una fatalidad, una obligación de preguntarse no sólo adónde vamos, sino de dónde venimos y esas preguntas son como piedras que caen en la tranquilidad del lago y llenan el agua de inquietud.”

    El pequeño Ángel vivió la guerra en Oviedo, en el seno de una familia republicana,  cuando “los domicilios caían a la calle y las calles entraban en los domicilios porque se habían borrado las fronteras entre lo privado y lo público, y ahora el mundo se dividía entre el estado de guerra y el secreto.”

    Es entonces cuando las amistades cambian y la infancia termina. Un joven falangista al que conocía, le apuntó con una pistola en el pecho y le dijo: “Sois familia de rojos y os voy a matar”. Ángel supo que era un juego, sabía que no le iba a disparar, pero notó el significado de las lágrimas que le cayeron “hacia adentro…”

    “… Porque para cambiar de edad no hace falta que pasen los años, basta con unos días, con una tarde, con un mal encuentro, para que comprender que se debe llorar en secreto, que el tiempo de la infancia ha terminado.”

    La guerra es “saco sin fondo”, pero Ángel resistió. Descubrió los libros y, en torno a ellos, formó un grupo de amigos con los que compartir narraciones y versos, en una realidad que “se multiplicaba y se ensanchaba a sí misma…”

    “… Hasta llegar a convencerlos de que la verdad de Oviedo, de España o de sus propias vidas podía reescribirse y concluir de un modo diferente.”

    Ángel González superó incluso una grave tuberculosis tras la guerra, a base de aire puro, lecturas y soledad: “A veces la necesidad de ser feliz es más fuerte que la historia personal y que el propio cuerpo.”

    Esa historia es la de un superviviente que ha visto la peor cara de la vida y la conoce tanto como para resistirse a dejarla.  Es la de un lúcido pesimista que invoca la vida a versos y en ellos deja el testimonio de su pasión:

    “… Donde pongo la vida pongo el fuego

    de mi pasión volcada y sin salida.

    Donde tengo el amor, toco la herida.

    Donde pongo la fe, me pongo en juego.

    Pongo en juego mi vida, y pierdo, y luego

    vuelvo a empezar, sin vida, otra partida.

    Perdida la de ayer, la de hoy perdida,

    no me doy por vencido, y sigo, y juego

    lo que me queda: un resto de esperanza.”

    En Oviedo, en Asturias, en España, en una época de confrontación e incertidumbre, Ángel González tiene que volver a nacer para recordarnos que el futuro es diferente a ese porvenir que se espera y nunca llega. El  futuro no es resignación. Es “tiempo de verbo en marcha, acción, combate, movimiento buscado hacia la vida”. Y nada en él es definitvo... 

    “… Nada aún es definitivo.

    Mañana he decidido ir adelante,

    y avanzaré,

    mañana me dispongo a estar contento,

    mañana te amaré, mañana

    y tarde,

    mañana no será lo que Dios quiera”

     

     

     

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