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Terminado, el libro empieza
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Blog Terminado, el libro empieza - María José Barroso Crespo

María José Barroso Crespo

He vivido siempre entre palabras como periodista, documentalista, escritora ocasional y eterna aspirante a bibliotecaria. Soy lectora apasionada, ferviente y devota de todo lo escrito ante mis ojos. Los libros son y serán mi destino.

Sobre este blog de Cultura

El escritor Carlos Fuentes da título a este blog porque esa frase es certera. Tras la labor del escritor, comienza la de cada lector que reinterpreta el libro y lo hace suyo. En este espacio quiero compartir lecturas para enriquecerlas y buscar otras perspectivas del infinito mundo de las palabras.


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  • 17
    Febrero
    2017

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    amor Emily Brontë clásicos romanticismo

    Cumbres Borrascosas o el retrato de un maltratador

    Por suerte, sobrevivimos un año más a San Valentín y a sus efusiones comerciales, aunque en cuestión de libros, novedades aparte, he comprobado que repetimos los mismos tópicos. Se sigue recomendando la archiconocida “Cumbres Borrascosas” de Emily Brontë como referente del amor romántico y pasional. Y me sigue sorprendiendo. Tengo la impresión de que el tiempo ha borrado de esta historia lo que pudiera ser su verdadero mensaje, ha limpiado el trasfondo de sordidez de una relación que también puede verse como enfermiza,  y ha dejado incólumes a los dos enamorados, Catherine y Heathcliff, como imagen ideal del amor atormentado más allá de la muerte.

    He visto a muchas mujeres lanzar suspiros idealizando al protagonista, Heathcliff, por su intensa pasión. Y lo que yo he leído en las palabras de Emily Brontë es la descripción de un ser violento y cruel de principio a fin: el retrato de un maltratador.  Alguien que podría ser atractivo para cualquier mujer, pero extremadamente peligroso.

    Sólo cuando se cuenta su infancia es posible que mueva a la compasión. Un niño recogido en la calle al que llevan a vivir a Cumbres Borrascosas, donde es objeto de rechazos y castigos. Únicamente el afecto de Catherine parece mantener a raya sus demonios interiores. De adultos, triunfa el carácter inestable, terco y dominante de ambos. Tal para cual. Traiciones y dolor mutuo entre los amantes. “No sé qué composición tendrán nuestras almas, pero sea de lo que sea, la suya es igual a la mía”, confiesa Catherine. Es ese amor entre dos seres que se reconocen como iguales; ese amor de dependencia, donde egoísmo y celos llevan las riendas, hasta la separación convertida en tragedia.

    Pero la muerte de Catherine no liberará a Heathcliff; todo lo contrario. Se dedicará a someter a todos los que le rodean, hijos incluidos, amén de amasar una fortuna. Y mientras avanza la obsesiva locura del protagonista por su amada, hace gala de una excelente lucidez a la hora de maltratar al resto. Por ejemplo, a su mujer Isabel:

    “No dirá que le haya dado ni una prueba de amor. Lo primero que hice cuando salimos de la granja juntos fue ahorcar a su perro”  (…) ¿No constituye el colmo de la mentecatez de esta despreciable mujer el suponer que yo podría llegar a amarla? Alguna vez he probado a suavizar mis experimentos para probar hasta dónde llegaba su paciencia… La satisfacción de poderla atormentar no equivale al disgusto de tener que soportar su presencia.”

    Heathcliff utiliza sin miramientos la violencia física, en un entorno familiar opresivo,  y tampoco tiene reparos en usar a su hijo como instrumento de venganza:

    “Quiero ver a mi descendiente dueño exclusivo de los bienes de los Linton y a éstos o a sus descendientes cultivando las tierras de sus padres a las órdenes de mi hijo. Es lo único que me interesa de este chico. Le odio por lo que me evoca, y le desprecio por lo que es.”

    El “testamento vital” de Heathcliff tampoco deja lugar a dudas, ni al arrepentimiento, por supuesto:

    “He vencido a mis antiguos enemigos y ahora puedo, si quiero, redondear mi venganza en sus descendientes. Pero, ¿para qué? … No te figures que me propongo deslumbraros ahora con un gesto magnánimo. ¡Nada de eso! Lo que pasa es que he perdido el gusto de destruirles”

    Emily Brontë escribió, con crudeza y maestría poética en pasajes realmente hermosos, una novela rompedora para la época victoriana. Pero me inquieta pensar que si ella describió de forma tan transparente la personalidad de alguien como Heathcliff (tanto que parece una advertencia), y si ninguna de sus mujeres se muestra ciega o sumisa ante él, ni siquiera la propia Catherine, ¿por qué ahora seguimos “enamorados” de alguien así?

    “Es el hombre más diabólico que ha existido, y se goza en dañar y arruinar a los que odia aunque no le den motivos para ello.”

    Permítanme la comparación, salvando las distancias. Es como si encumbráramos como icono de bondad a un personaje como Hannibal Lecter, por muy brillante o fascinante que sea.

    Las obras maestras, los clásicos, se pueden y se deben revisar; no para colocarles la errónea etiqueta de políticamente incorrectos, sino para situarlos en su época y contexto, para cuidar su influencia “cuando se imponen por inolvidables o se mimetizan con el inconsciente colectivo o individual”,  y para que “nunca cesen de contar lo que tienen que contar”, como dijo el gran Italo Calvino.

     

     

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