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Terminado, el libro empieza
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Barroso Crespo

He vivido siempre entre palabras como periodista, documentalista, escritora ocasional y eterna aspirante a bibliotecaria.

Sobre este blog de Cultura

El escritor Carlos Fuentes da título a este blog porque esa frase es certera. Tras la labor del escritor, comienza la de cada lector que reinterpreta el libro y lo hace suyo. En este espacio quiero co


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  • 28
    Julio
    2017

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    Cultura Teatro Comedia Kevin Kline Miguel Mihura

    Gracias por enseñarme a reír

    En 1981, un joven y melenudo Kevin Kline se quitó el traje de “Pirates of Penzance” para recoger un Tony como mejor actor de musical y lo culminó una dedicatoria especial: ´Gracias a mi madre y a mi padre por el apoyo y por enseñarme a reír.” Quizá, sin ser consciente, esta frase se convirtió en una declaración de principios.  El actor que aprendió a reír ha dedicado su carrera a enseñar ese arte con una nutrida selección de obras en teatro y cine, guiado por buen gusto y talento, sorteando las trampas de Hollywood y saltando, con o sin bigote, del drama a su reverso, la comedia, porque jamás viven la una sin la otra. El mes pasado, a sus espléndidos 69 años, Kline recogió su tercer Tony como mejor actor por “Present Laughter”, una farsa escrita por Noel Cowardsobre un ídolo de matiné egocéntrico en medio de su propia crisis existencial. Transcurre entre batas, aventuras amorosas y diálogos ingeniosos.” ¿Les suena? Es la esencia común de la comedia clásica de enredo que nunca deja de representarse. Coward estrenó la obra en 1942, cuando aquí nuestro Miguel Mihura había guardado en un cajón “Tres sombreros de copa”, decepcionado por la incomprensión de su obra más personal, que no despegaría hasta 1952.

    Ni para un escritor ni para un actor es fácil hacer reír. Y lo que es peor, no siempre se aprecia su verdadero valor. El propio Kline consiguió un éxito insólito al ser galardonado con un Oscar en un papel cómico, en 1988, por “Un pez llamado Wanda”.  Ni siquiera los miembros de la Academia han sido capaces en su historia de reconocer con justicia la dificultad que supone hacer reír, ni premiar la felicidad que aporta.

    El título de “Present Laughter” es un verso de la obra “Noche de Reyes” de William Shakespeare: “La alegría presente tiene el reír presente”. Hasta para un actor como Kline, forjado en obras del bardo inglés o Chéjov, resultó un trabajo duro: "Se supone que debe verse fácil pero, de hecho, es como enhebrar una aguja". Una delicada labor con agujas o alfileres manejados con tiento para no pincharse, para no herir de la burla a la ofensa o quedarse en la simple tontería.  Así también se refirió al humorismo el genial Enrique Jardiel Poncela:

    “Intentar definir el humorismo es como pretender atravesar una mariposa, usando a manera de alfiler un poste telegráfico.”

    Tanto Jardiel Poncela como Mihura utilizaron el humor a modo de pantalla translúcida que protegía pero no escondía su visión cínica y un tanto amarga de la vida. En una introducción a sus obras para la Editorial Castalia, Mihura confiesa que todas “tratan de ocultar mi pesimismo, mi melancolía, mi gran desencanto con un disfraz burlesco”. A estas alturas, su valor no radica tanto en la innovación del “teatro del absurdo”, ni en sus personajes excéntricos, ni siquiera en su crítica social; ya casi hemos visto de todo sobre un escenario y estamos de vuelta de todo. No es lo revolucionario, es lo esencial lo que permanece eterno en una comedia en tres actos. Los tres actos necesarios para hacer bien el humor: humanidad, ternura y dignidad.

    En 1932, Mihura escribió “Tres sombreros de copa” durante una larga enfermedad que lo mantuvo tres años en cama. La escribió con facilidad, con alegría, “hasta con una cadencia especial que sonaba a verso.” “Me había encontrado a mí mismo”, confesaba. Pero no tenía un final feliz, no cumplía las expectativas los espectadores de entonces, dispuestos sólo a reírse para olvidar. La felicidad para Mihura era tan efímera como una noche de paso por una habitación de hotel: “En los hoteles, los cuartos son siempre iguales. ¡No dejan recuerdos nunca!”  Y la vida seguía, dejando a cada uno en su lugar…

    Tan difícil como enamorar al público fue encontrar actores que supieran darle el matiz especial que requería la obra, “sin exageraciones sin hacerse el gracioso. Mi teatro, por desgracia, es muy personal y, por consiguiente, muy difícil de interpretar”. El inolvidable Alberto Closas le dijo un día: “Cuando tú lees tus propias obras, todas parecen buenas. Todos los papeles son de lucimiento. Después, al representarlas ya no lo son tanto.”

    En el archivo de RTVE, -un parque de atracciones para los que amamos el teatro-, se pueden revisar esas obras interpretadas por nuestros grandes actores como Manuel Galiana, Amparo Baró, Luis Varela o Jaime Blanch, renacido para muchos jóvenes por “El Ministerio del Tiempo”. Y muchos de esos jóvenes aplauden ahora esas obras subidas a Youtube porque así preparan el examen sin tener que leerlas. A esta generación, sobradamente preparada para leer interminables diálogos por WhatssApp, parece que le cuesta asimilar las chispeantes réplicas de estas obras, bastante más inteligentes e ingeniosas que las de sus grupos. Carlos Arniches en “La señorita de Trevélez”, estrenada en 1916, dedica un breve sermón final a los jóvenes incultos y ociosos, a los vagos capaces de “amargar una vida con una broma”. Y, en cierto modo, nos da una colleja por reírnos de la tragedia grotesca que él mismo había urdido: “La manera de acabar con este tipo tan nacional del guasón es difundiendo la cultura. Es preciso matarlos con libros…”  Una receta perfectamente válida un siglo después.

    En realidad, leer teatro es un juego. El escritor nos marca las reglas y nos da libertar a la vez para imaginar, dominar nuestro escenario soñado, sentir emociones que ni reconocíamos, introducirnos en ellas, removerlas y sacarlas en voz alta, gritar o susurrar, reír o fingir que somos otros, que somos mejor, hasta que la diversión baja el telón o cerramos el libro, sanados por el bálsamo del teatro.

    Así pues, gracias a los escritores que hicieron posible que la literatura hable y la risa suene; gracias a la gente de teatro y a los actores que pusieron su vida en las palabras, a los inmortales secundarios, a todos los que nos enseñaron a reír y todavía lo hacen… Thanks, Mr. Kline.

     

     

     

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