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Terminado, el libro empieza
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Blog Terminado, el libro empieza - María José Barroso Crespo

María José Barroso Crespo

He vivido siempre entre palabras como periodista, documentalista, escritora ocasional y eterna aspirante a bibliotecaria.

Sobre este blog de Cultura

El escritor Carlos Fuentes da título a este blog porque esa frase es certera. Tras la labor del escritor, comienza la de cada lector que reinterpreta el libro y lo hace suyo. En este espacio quiero co


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  • 06
    Octubre
    2017

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    Cultura Literatura Premio Nobel Kazuo Ishiguro

    Lo que queda del Nobel

    Han pasado más de veinte años y el amarillento ejemplar de “Lo que queda del día” continúa en mi biblioteca, resistiendo estoicamente, mientras sus finas tapas recubren hojas que amarillean en contraste con el negro de sus letras. Lo adquirí barato gracias a una de esas promociones que antes eran tan habituales para ganar lectores entre los periódicos de tirada nacional. En su portada brilla el rostro sereno y joven de una Emma Thomson que baja la mirada ante el enigmático y siempre espléndido Anthony Hopkins, los protagonistas de la adaptación cinematográfica de James Ivory, que se estrenó en España en 1994. También la editorial Anagrama empleó la misma imagen de portada. El reclamo, por tanto, no era el delicioso texto de nuevo premio Nobel de Literatura, Kazuo Ishiguro, sino la película y el renombre de sus intérpretes. Y surtió efecto. Probablemente “Lo que queda del día” sea la novela más conocida (o la única) de Ishiguro en nuestro país, aunque ello suponga tener en la cabeza los fotogramas de la película con el rostro hierático y los ojos helados de Mr. Hopkins, mientras leemos el relato del mayordomo Stevens.

    Tal vez, los rasgos de nuestro mayordomo tendrían que haber sido anodinos, indefinidos y sutiles, de modo que pudieran mimetizarse con el decorado del salón de té en perfecta armonía con el resto de adornos. Unos rasgos que transmitieran la seguridad leal del protagonista y la dignidad que, a toda costa, quiere mantener en su profesión. Y ello, aunque el paso del tiempo le demuestre lo equivocado de su esfuerzo y el doloroso peaje de soledad que se paga por contener los sentimientos.

    El relato de Stevens, contado en primera persona, se desliza como un río subterráneo que nos implica en la búsqueda de los recodos y remolinos que oculta su impoluta persona y su cuestionado amo, lord Darlington. Por momentos ese río, que nace del pasado, se detiene como un lago en calma donde el mayordomo nada en el vacío, protegido por el orden, la planificación de cada paso, y la profunda convicción de que no existe nada más importante que flotar en ese lago, al servicio de su señor, hasta el fin de sus días. En otros momentos, ese lago sirve como espejo para ver cómo era la alta sociedad de entreguerras, la crisis política y el declive de un estilo de vida.

    Y mientras nos lleva la corriente del sutil y perfecto relato escrito por Ishiguro, surge la ternura y la comprensión hacia la figura del mayordomo, junto a la que habría sido su tabla de salvación: el ama de llaves miss Kenton. La relación entre ambos humanizará la vida de un ser capaz de bajar al salón a atender una cena, al tiempo que su padre agoniza en el piso de arriba. “Es una situación muy dolorosa, pero mi deber es ir abajo”, afirma cuando le comunican la gravedad de su estado. Y aunque con lágrimas en los ojos, y tras conocer el fallecimiento del padre, Stevens aún es capaz de sentir su “triunfo” por haber actuado con la “dignidad” requerida a gran mayordomo.  

    Sin duda, el jurado del Nobel acierta al reconocer la “gran fuerza emocional” de las novelas del escritor inglés, capaz de “descubrir el abismo bajo nuestra ilusoria percepción de conexión con el mundo.” Sus temas favoritos, la memoria y el tiempo, los ha desarrollado en tan solo siete novelas y un libro de cuentos, aunque en ellas demuestra su versatilidad abordando ciencia ficción o fantasía. En cualquier caso, y como dar satisfacción a todos es imposible, la Academia sueca ha vuelto a hacer un espectacular regate a los expertos que elaboran quinielas año tras año con los nombre de Philip Roth, el poeta Adonis, el keniano Ngugi wa Thiong'o y el inamovible Haruki Murakami. Una cruel ironía para el japonés que ha “perdido” un año más el galardón frente a un escritor también de origen nipón. Y también dolorosa, por cierto, la insistencia del jurado en ignorar el excelente grupo de escritoras que podrían haber sido reconocidas con todo merecimiento como Margaret Atwood o Joyce carol Oates. 

    Sea o no del gusto de todos, lo que nos queda del Nobel de este año es digno de una relectura y de una reflexión con brindis por la gran literatura.

     

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