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Guillermo Uruñuela Álvarez

La crítica, la sátira y el sarcasmo hacen esta profesión apasionante. Estudiante de periodismo, cuento lo que veo y como lo veo. Por el momento no escribo para nadie, sólo para mis lectores. En mi vida siempre he tenido una pluma en la mano y un balón en los pies, pero si tiene que caer alguno, que ...


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  • 13
    Noviembre
    2016

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    SOCIEDAD
    Mar
    Lanzarote
    Jose Luis

    El 'viejo' José Luis y el mar

    Desde Cuba nos llegó hace más de cinco décadas la obra maestra de Ernest Hemingway, “El viejo y el mar”. Con modestia y máximo respeto, me he tomado la licencia de hacer un guiño en estas líneas a uno de los referentes del mundo literario. Además no se puede enmarcar de mejor manera este breve escrito que narra las vivencias de un hombre de avanzada edad. Que cuenta una historia desarrollada en el mar. Que habla de la vida.

    Jose Luis, está ya jubilado. Ha dejado atrás las noches de marejada en alta mar para disfrutar merecidamente de su vejez. Nació hace más 60 años en la Graciosa. Su vida y la mía en poco, o mejor dicho, en nada se parecen y pertenecemos a dos mundos totalmente distintos. En los últimos meses hemos compartido mesa en más de una ocasión. El tipo te gana -o por lo menos a mí- desde el primer minuto.

    Aún guarda con recelo sus costumbres de lobo de mar. Un tipo rudo, de piel curtida y manos encallecidas por el trabajo y el paso del tiempo. Quemaduras recorren su torso. Mirada sincera, cristalina, que te genera confianza y ternura a partes iguales. Jose Luis y yo somos “colegas” como me gusta decir.

    El otro día, como relataba, nos sentamos a la mesa y compartimos impresiones, mantel, incluso un postre flambeado de estos modernos con el que los dos nos miramos con una sonrisa. Me contó cómo vivía él hace 50 años. De su trabajo. De temporadas de nueve meses lejos del hogar en lugares como Mauritania o Marruecos. De periodos de 40 días sin pisar tierra, pescando desde el alba hasta el anochecer para luego limpiar el pescado hasta las dos de la mañana y cerrar así jornadas de 19 horas de trabajo diario.

    De lo afortunado que se sentía cuando podía echarse algo a la boca. A veces gofio, mezclado con vino era suficiente para aguantar otro día en pie. También me habló de sus manos –no había recursos para unos guantes- llenas de sal y de heridas. De cómo no había opción de una ducha en esos 40 días, ya que el poco agua dulce del que disponían era para comer y a veces ni eso. Del descanso; otra odisea, buscando acomodo en colchones de paja, en el mejor de los casos o en el suelo. De los harapos que no hacían frente ni al frío, ni a la humedad de alta mar. De la necesidad de trabajar para poder subsistir, donde palabras como depresión, enfermedad o cansancio no encontraban acomodo. Y yo me pregunto. Cuando escuche a un joven –entre los que me incluyo- quejarse de lo dura que es la vida, o de que están agobiados con la selectividad, o de que son muchas las tareas que mandan los malvados profesores para casa… ¿Qué coño pensará?

     

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